De la Montaña baja a la Riviera Nayarit: reducir, reciclar, reutilizar

Texto: Beatriz García

Foto: Cortesía

Chilpancingo

 

En Los Mesones, municipio de Atlixtac, en la Montaña baja de Guerrero, hace siete años se comenzó a escribir una historia en pequeños de preescolar junto a su profesora Guadalupe Natividad Xantzin Flores, que los llevó a trascender fronteras para compartir la concientización de su medio ambiente, haciendo su hábito diario el uso de las tres erres: reducir, reciclar y reutilizar.

La educadora y sus pequeños alumnos nunca pensaron que la solución de un problema en el ambiente en su localidad, que comenzó siete años atrás, los llevaría a ser uno de los 30 proyectos que la Fundación Somos el cambio premió este año por su impacto en su comunidad de un conjunto de 2,200 proyectos similares que se presentaron en el país.

Somos el cambio es una fundación internacional que invita y guía a miles de personas del país a resolver los problemas de su comunidad, con proyectos o acciones sociales con sus propios recursos, de acuerdo con la información que la organización tiene pública en su página web.

Pero, en sí, el proyecto de la educadora y sus alumnos: El reciclaje como una forma de vida en la aplicación de las tres erres, reducir, reciclar y reutilizar, en realidad comenzó siete años atrás, justo el día que la profesora llegó a la localidad a laborar en el preescolar, cuando se percató y preocupó sobre a donde iba a parar la basura de los habitantes.

En entrevista telefónica, la profesora, luego de seis días de permanecer en la Riviera Nayarit junto a su alumna de cuatro años Melina Reyes Nava en la premiación por hacer un cambio en su comunidad, contó sobre el camino que recorrió en Los Mesones, nunca con el fin de participar en un concurso si no de resolver un problema grave: la quema de basura.

Los Mesones está ubicado en la Montaña baja de Guerrero, a unos 15 minutos de Atlixtac, cabecera municipal de es Atlixtac. En esta localidad, de acuerdo con los lugareños, habitan cerca de 85 familias.

Hace siete años, la profesora Guadalupe Natividad Xantzin, originaria de Chilapa a una hora y 15 minutos de distancia a Los Mesones, llegó a la localidad a dar clases en el Jardín de Niños José Guadalupe Flores.

La profesora de 32 años además de impartir clases es la directora del plantel, en el que asisten 11 niñas y niños.

Esa primera semana que vivió en la localidad la docente se percató del problema que había, no tenían un lugar donde depositar sus desechos mucho menos un centro de acopio para reciclar, tampoco en la cabecera municipal.

Cada viernes la profesora viaja a su casa, a Chilapa, y desde esa primera semana tomó la basura que generaba en la casa donde vivía en Los Mesones y la del preescolar, y se la llevaba con ella. Para empezar las tapitas de botellas las entregaba a un centro de acopio que ayudaba a niños con cáncer.

Así pasaron las semanas hasta que un día unas madres de familia se acercaron a la educadora y le preguntaron por qué se llevaba la basura a Chilapa.

Ese momento lo aprovechó la maestra para contarles lo preocupada que estaba porque las familias en Los Mesones quemaban su basura y contaminaban el ambiente, incluso, cuando tenían clases el humo de esa quemazón se colaba en las aulas.

A partir de ese momento algunas mamás llevaban los desechos que consideraban podían reciclarse, para que la maestra los llevara a algún centro de acopio.

Cuando el grupo creció a cinco madres de familia que se interesaron por lo que la maestra observó, que había una inminente necesidad de reciclar la basura y buscar soluciones a la contaminación generada, comenzaron a trabajar juntas a través de un Consejo de Participación Social.

El grupo de madres y la profesora hicieron un plan anual que no solo incluía el tema de la basura si no también se aprovechó para tener actividades con las madres y padres a través de la lectura o activación física. Al final ya eran ocho madres y padres de familia interesados en las actividades de la docente.

Tres años trabajó esta dinámica la profesora solamente dentro del preescolar, luego otros vecinos de la comunidad se interesaron y se integraron. Ahí empieza la expansión de las actividades en pro del medio ambiente.

Las pláticas de la profesora se expandieron en la comunidad sobre cómo reciclar la basura y los efectos de la contaminación, incluso hubo reuniones con los dueños de tiendas de abarrotes para adquirir compromisos, uno de ellos dejar de utilizar bolsas de plástico y desechables.

Por ejemplo, en el preescolar, cuando hay una actividad que implique consumir alimentos los niños, las niñas y las madres y padres de familia ya saben que deben de llevar sus recipientes. Se volvió un hábito.

La profesora dice que cambiar el hábito fue un camino arduo pero ha valido la pena. Lo único que espera es un beneficio en la comunidad.

Esta forma de trabajo en Los Mesones la presentó en la cabecera municipal hace tres años que derivó en que se dispusiera del preescolar como punto de centro de acopio. Previamente, las familias con la capacitación que recibieron llevan sus desechos separados.

Al llegar esta nueva forma de trabajo en pro del medio ambiente a la cabecera permitió que se concientizara de la problemática a otras localidades de ese municipio, como Petatlán y Duraznal.

Todos los desechos separados que llegan al centro de acopio se trasladan a Tlapa, que está a hora y media rumbo a la Montaña alta o a Chilapa, con apoyo de algunas autoridades del municipio.

Hace un año, la maestra se enteró de la existencia de la fundación Somos el cambio, y le interesó, porque pensó que de lo que se trataba era compartir experiencias del cambio que se generó en la localidad a partir del cuidado del medio ambiente en su escuela con trabajos similares en otras partes del país, nunca pensó que había un premio detrás de ello.

La profesora inscribió el proyecto en la plataforma de la fundación pensando que a través de ello podía conocer otras experiencias que sumaran al trabajo que en su comunidad.

La inscripción del proyecto incluía además de la profesora un equipo de alumnas y alumnos de su preescolar.

Además de Melina están María Fernanda, Fabiola, Amanda y José Miguel.

El pasado 3 de junio la educadora se enteró que de 2,200 proyectos inscritos en la plataforma de Somos el cambio, su proyecto “la aplicación de las tres erres” había sido seleccionada como parte de los 30 mejores proyectos, además eran el único preescolar en el país con este reconocimiento, y premiados con un viaje a la Riviera Nayarit.

El viaje se hizo del 20 al 26 de septiembre pasado, y podían asistir con todo pagado la profesora a cargo, los cinco alumnos y una madre o padre de familia para auxiliar al equipo.

La docente contó que desafortunadamente las niñas y el niño nunca habían salido de su comunidad, había temor por sus padres, quienes también muchos de ellos no habían hecho viajes largos.

Al final, solamente Melina y su madre asistieron a la premiación junto con la docente.

Para ir al viaje, aunque hospedaje, transporte y alimentación estaban cubiertos, hubo otros gastos que se generaron, como compra de vestuario, artículos de ambientación para instalar un stand del proyecto.

La profesora buscó a algunas personas que la apoyaron con algunos gastos, aunque no todo pudo cubrirse, entonces una parte la puso de su dinero y otra más hizo rifas.

Melina, la pequeña alumna de la profesora Guadalupe Natividad Xatzin, a sus cuatro años fue la primera vez que salió de su municipio y esta vez para viajar a la Riviera Nayarit, también por primera vez en un autobús y en avión por cerca de 11 horas.

Para la pequeña, de acuerdo con su profesora, fue la primera vez de varias experiencias, además del viaje conoció el mar, conoció otros proyectos similares al de su comunidad, conoció a otros niños y niñas.

Ahora más que nunca la profesora está convencida de seguir trabajando a favor de su comunidad, más allá del trabajo que implica ser directora y educadora.

San Miguel, las fiestas para “espantar el hambre” de La Montaña de Guerrero

Entre rituales, bailes, danzas y jaripeo tres pueblos indígenas de la región Montaña en Guerrero festejan a San Miguel y al maíz, el verdadero protagonista de las fiestas de septiembre, donde se pide alejar el mal y conseguir la prosperidad.


Texto y fotos: Isabel Briseño / Pie de Página

La Montaña, Guerrero

 

El día de San Miguel, 28 de septiembre, es el día en que se solicita al santo que termine con las lluvias para que la mazorca madure y la gente tenga buena cosecha. Tres pueblos que habitan en La Montaña de Guerrero -nahuas, tu’un savi y me phaa- realizan diferentes festejos que van desde el ritual hasta el baile y el jaripeo.

En la región nahua de La Montaña alta de Guerrero – cerca del municipio de Tlapa de Comonfort –, septiembre es un mes de celebración. Esta parte del año representa el último mes de la temporada húmeda, que además coincide con el periodo de las primeras cosechas de los cultivos agrícolas. Por fin, después de trabajar de sol a sol en los campos, las milpas y los otros cultivos están maduros. Lo que significa que pronto serán cosechados y utilizados por los habitantes para alimentarse.

El día 27 de septiembre, los habitantes del pueblo nahua recogen de sus parcelas un par de milpas con las que al día siguiente bailarán las mujeres, niñas y niños de cada hogar de Chiepetepec. Fotos: Isabel Briseño.

La fiesta de san Miguel, o mejor dicho, las celebraciones para “el agradecimiento a la lluvia” representan un rito de fertilidad. Rito que, al mismo tiempo, es “de propiciación y aseguramiento de la cosecha de maíz”.

A las 10 de la mañana del 28 de septiembre, la gente comienza a ingresar a la iglesia de Chiepetepec en donde se congrega todo el pueblo para iniciar con la celebración. Foto: Isabel Briseño.

Al interior de la iglesia, los hombres atavían a San Miguel con collares de flores, listones, globos y dinero, lo que representa una ofrenda para la deidad, quien forma parte de los santos católicos, impuestos por la Colonia. Foto: Isabel Briseño.

Estas fiestas representan la última etapa del ciclo agrícola anual. Se caracterizan por diversos ritos alrededor de la planta del maíz.

Para los habitantes, el santo es considerado un aliado de los campesinos y el principal trabajador del temporal. Gracias a sus poderes como guerrero y del rayo que se desprende de su espada, protege los cultivos y lucha contra los seres malignos que los afectan: El granizo, los malos aires, las tormentas y cualquier cosa que el cristianismo asocia con la imagen de Lucifer, el diablo.

Afuera de las casas por donde pasará la procesión, la gente decora con milpas pero también con globos. Fotos: Isabel Briseño.
Una mujer en la calle, espera el paso de la procesión que sale de la iglesia. Foto: Isabel Briseño.

Los habitantes comienzan su recorrido hacia la capilla del cerro, la procesión está encabezada por los músicos, las mujeres encargadas de los pendones, seguidas de los hombres que cargan a San Miguel que es seguido por el pueblo. Foto: Isabel Briseño.

Mijtotilistli, el ritual de los nahuas en Chiepetepec.

La banda de viento encabeza la procesión que sale de la iglesia. Mientras, avanza por las diversas casas de Chiepetepec. Este pueblo, como muchos otros de La Montaña, es un pueblo de migrantes. La mayoría de sus habitantes se van a los campos de Sinaloa y Chihuahua. La migración se observa en las casas que se ven al paso. Son pocas las que quedan tradicionales de adobe. La mayoría construye casas nuevas de material.

Mujeres nahuas cargando la milpa en la comunidad de San Miguel Chiepetepec, Guerrero. Foto: Isabel Briseño

Mujeres, niñas y niños abrazan y arrullan las milpas. La banda de viento suena. Las mujeres se hacen una con la milpa adornada con flor de cempasúchil, flor de pericón, pan rosquete de color rosa, ejotes, chiles, papálo y quelite que fueron cortadas una noche anterior.

Mijtotilistli, (Baile de la Milpa en Náhuatl) comienza. Una mujer con sahumerio lo mueve de arriba hacia abajo mientras las demás, incluidos los más pequeños, bailan alrededor de la capilla con las ofrendas que cargan en sus rebozos como muestra de agradecimiento por la buena cosecha que será su alimento. Foto: Isabel Briseño.

La capilla del cerro llamado Sacamatlapa –que un día antes estaba vacía y cerrada–, comienza a vestirse de verde. El sol no tiene piedad. Cae como plomo sobre los negros cabellos de los nahuas. A la pequeña explanada entran quienes “bailarán la milpa”, mientras el santo es colocado dentro de la capilla. Los cantores del pueblo entonan rezos que suenan a melodías. En tanto, los pies de los asistentes comienzan a fusionarse con las notas musicales que la banda entona una tras otra afuera del centro del ritual. Al igual que los hombres, los músicos deben permanecer en el exterior.

En el cerrito a un lado de la capilla, mientras la gente baila con sus milpas, se ofrenda pan, maíz, flores, velas. En La Montaña se siembra la milpa, o sea el maíz, la calabaza, el ejote y el frijol, en los meses de abril y mayo para cosechar entre octubre y noviembre. Foto Isabel Briseño
El ritual de la vida. El triunfo de la vida sobre la muerte pues la muerte es la hambruna y el maíz la esperanza de que habrá vida gracias al sustento. Foto: Isabel Briseño

Mujeres, niños y niñas, le agradecen a San Miguel Arcángel las cosechas. Con esta ceremonia se “espanta el hambre”, dicen algunos habitantes. Representa el triunfo del maíz sobre el hambre del pueblo.

Dos pequeñitas caminan tomadas de la mano mientras regresan hacia la parroquia después de haber bailado con sus milpas que cargaban en sus coloridos rebozos. Foto: Isabel Briseño.

Después de “bailar la milpa” durante unas dos horas la procesión se encamina de nuevo hacia la iglesia. Regresan a su santo a la parroquia. Posteriormente en casa ofrendan con mole y tamales nejos a la milpa que fue elegida para llevarla a bailar. Este ritual es único en la región de la Montaña de Guerrero, pues aunque en otros pueblos también se celebra a San Miguel, son distintos los festejos.

Los santos católicos son considerados en toda la montaña indígena de Guerrero potencias de la naturaleza. Foto: Isabel Briseño.
Los habitantes de Chiepetepec, aunque migran, todavía viven según los antiguos “usos y costumbres” del pueblo. Después del ritual en el cerro, en la comisaría de pueblo se prepara el chivo para seguir con la fiesta de san Miguelito, como cariñosamente le dicen los habitantes al santo. Foto: Isabel Briseño.

La danza de los chareros en Moyotepec

La temporada de secas, o de calor, como se le llama en la región, suele ser severa, si no es que extrema. Con temperaturas que alcanzan los 40 grados y vientos calientes que transforman el paisaje: la tierra se vuelve dura, hay polvo por todas partes y muy pocas plantas sobreviven todo el año. Ninguna que ofrezca alimento a las personas.

En esta región está la comunidad de Chilixtlahuaca, que tiene mil 500 hablantes del Tu’un Savi (mixteco). Son espléndidos. “Todos los hombres tienen cargo desde que se casan”, dice don Anastacio, quien come junto a otros hombres en un largo tablón de madera.

Los chareos es una variante de la danza de Moros y Cristianos, conocida prácticamente en toda la República Mexicana entre las poblaciones indígenas. Foto: Isabel Briseño

Más hombres llegan al festín con un cartón de cervezas al hombro, y sus familias sujetadas con la otra mano. Entregan el cartón y se sientan a disfrutar del manjar que desfila por las mesas: Mixiote de borrego, salsita verde y frijoles. Todo esto acompañado con tortillas, una pepsi y una cerveza que es sustituida en cuanto se termine la que está sobre el tablón.

Los cargos de mando en Moyotepec se reúnen a comer y beber, mientras los chareos bailan a un lado de ellos. En Moyo, como le dicen los habitantes, no solo se festeja con danza y baile en la cancha a San Miguel, también hay cambio de autoridades. Es por eso que hay bastante comida, banda de viento y la danza continua de los chareos.

La fiesta de los me phaa en Tototepec

Puede decirse que septiembre es el punto central del ciclo agrícola. De él depende el futuro y la supervivencia de la comunidad que se reúne y agradece a sus santos protectores más relevantes para el ciclo agrícola: San Marcos, santo de las semillas; y san Miguel, santo de la cosecha.

La fiesta de San Miguel se puede definir como una práctica religiosa, pero los Me phaa son fiesteros, dicen ellos mismos. Es por eso que a San Miguel los habitantes lo celebran con monta de toros y un baile al que nadie falta. Incluso asisten quienes radican en Tlapa.

“La tradición nunca se pierde. Año con año se festeja a nuestro Santo Patrón San Miguel Arcángel. Todos los vecinos y pueblos de diferentes lugares están invitados”, dice un anuncio en la página de facebook que lleva por nombre: Fiesta San Miguel Arcángel.

“Porque cada uno de estos valientes guerreros tendrán la oportunidad de demostrar su valentía y destreza montando los lomos de estos torazos” dice un hombre que anuncia a los jinetes. Foto: Isabel Briseño.

En la iglesia hay castillo, por lo que algunas familias lo esperan emocionados. Pero la mayoría de la gente está dividida entre la feria y la jineteada que anuncia que, en cuanto termine el espectáculo en donde los valientes jinetes suben al toro bronco, dará inicio lo verdaderamente bueno de la celebración al santo patrón: El baile.

Las tradiciones – o “la costumbre”–, persisten a pesar de los difíciles problemas que enfrenta cada comunidad de las diferentes zonas indígenas: pobreza, migración masiva al norte, violencia estructurada, narcotráfico, etcétera.

Así, entre rituales, bailes, danzas y jaripeo tres pueblos diversos de la región Montaña festejan la relación que existe entre San Miguel y el maíz; quien es el verdadero protagonista de las fiestas de septiembre con la intención de alejar el mal y conseguir la prosperidad.

 

Este trabajo fue publicado por el equipo de Pie de Página y lo reproducimos como parte de la Alianza de Medios de la Red de Periodistas de a Pie. 

Lauro Miranda, el último tejedor de rebozo de Chilapa

Texto y fotografía: Luis Daniel Nava

Chilapa

 

Lauro Miranda Miranda conoce todo el proceso del rebozo, desde su elaboración hasta su venta.
A mediados de los años 50, junto a su padre, Genaro Miranda, caminaba tres días cargando en la espalda una caja de unos 40 kilos, de Chilapa a Tlapa.

“Cada hora nos íbamos cambiando, cuando mi papá se cansaba decía ‘ahora si hijo, carga’. Me cansaba y ya después él cargaba hasta que llegábamos”, recuerda Lauro.

En el camino de veredas se topaban con toda clase de peligros, desde culebras, amenazas de soldados y asaltantes.

Una noche llegando a la “subida del tigre”, delante de Petatlán, Atlixtac, un par de bandoleros se les cruzó en el camino pero lograron escabullirse.

“Nos querían quitar la caja de rebozo”, rememora.

Ahora, Lauro Miranda tiene 84 años. Junto a sus cuatro hermanos trabajó en el taller que encabezó su padre desde los años 20.

Elaboraban los rebozos de bola, oriundo de Chilapa, el de media bola, el torsal, de niña, el coyote y el de lagrimita.

A mediados del siglo pasado y con una industria en auge, era uno de los 15 talleres familiares de rebozo que existían en la ciudad.

Aparte existían cinco talleres de empresarios que fabricaban a gran escala y empleaban a más personal.
En los 70, Lauro formó un matrimonio con Elia Rendón. Aunque los recién casados vivían aparte, Lauro continuó trabajando en taller de su padre tejiendo durante jornadas completas. Sólo iba a su hogar a comer y a descansar.

Lauro aprendió a elaborar diferentes tipos de rebozo, como el de tres óvalos, de principio a fin, paso a paso. Desde colgar las telas, remojar el hilo, cortarlo, tenderlo en un calegual, esperar a que secara para hacer cañones y urdir.

En ese tiempo, Chilapa ya era famoso en el estado, también en el Estado de México, Puebla y Veracruz por la calidad y belleza de sus rebozos.

En esos años, era característico que en las calles hubiera tiras de hilo teñidas de unos 30 metros que se colocaban a lo largo de las banquetas y fuera de las casas.

Ahí los obreros amarraban y desataban la hilaza. Los reboceros de esa época jugaron un papel importante en la historia de la ciudad: ayudaron con mano de obra a construir la actual catedral.

Trabajo para hombres

Elia Rendón recuerda que el oficio de rebocero no era para mujeres. “Elaborarlo era cosa de los hombres”.

Su trabajo consistía en ayudarle a vender a Lauro. El matrimonio distribuía su producto artesanal en Tlapa, Xalpatlahuac, Igualita, Xochihuehutlán, Colotitlipa.

En el centro de la ciudad tenían un puesto de tres por cuatro metros en un corredor comercial instalado en la avenida José María Andraca, fuera de la Ferretería Villalva de Don Chanito. Ahora venden al interior del mercado nuevo.

Me hubiera gustado seguirlo

Lauro Miranda Rendón es el único hijo varón de don Lauro y Elia. A él ya no le tocó el proceso de elaboración, pero conserva recuerdos de aquella época: como que su papá siempre andaba con las manos pintadas del añil al grado que la gente no lo saludaba porque temía contagiarse de tinta azul.

En esos años, dice, el rebozo era asequible para las personas de todas las clases sociales. Era parte de la vestimenta para ir a misa, cargar niños, comprar y para hacer ver más elegante a la mujer.

Del rebozo de bola elaborado en el taller de su abuelo Genaro recuerda:

“La punta es fina, tiene que pasar por un anillo. Significa que el hilo es delgado, el empuntado es delgado. Cuando ya está elaborado se dobla y a pesar que es rebozo entero queda bien dobladito y cabe en tu mano. Cosas que hacen extraordinario al rebozo”, dice.

Lauro hijo describe el oficio como muy bonito y que lo marcó.

“A mí me ha marcado, porque me hubiera gustado seguirlo pero ahora que entiendo el procedimiento del rebozo, sé que no es fácil y se necesita mucha inversión”.

Actualmente, dice, ya no es tan fácil vender o ver a alguien portando un rebozo.

“La moda, los estereotipos actuales ya no te llevan a utilizar un rebozo, ya no es parte de la vestimenta.

“Una que otra mujer utiliza su rebozo, otras utilizan mantas o rebozo de estambre pero un rebozo fino caro, ya muy poca gente”.

El precio de un rebozo similar al de bola y con punta fina oscila en 1,500 pesos pero ya no son producidos en Chilapa.

Ahora, lamenta, todo es comercializado, y en Chilapa ya no hay quien lo teja.

“Se desconoce el procedimiento del rebozo, no hay quien te amarre, no hay quien te ate, quien te hurda, quien te haga los cañones, quien azote el hilo, quien lo achine, ya no existe el procedimiento”.

Incluso, dice, si se hiciera una inversión monetaria sería difícil reactivar la industria del rebozo.

El declive

Lauro hijo estima que el declive de la industria empezó hace por lo menos 20 años cuando empezó a llegar a Chilapa una variedad y cantidad de rebozo de otros lugares.

Pero también ve otro factor:

“Empezaron a morir las personas de mayor edad que lo trabajaban y de ahí el negocio del rebozo de vino para abajo”.

Su papá es el único de los cinco hermanos que vive, y aunque ya no elabora sigue tiñendo, planchando y vendiendo rebozo. Y Emilio Barrera, un heredero del oficio en otra parte de la ciudad, que elabora el rebozo de Acatlán.

Para el historiador Jesús Hernández Jaimes la industria del rebozo en Chilapa estuvo muy vinculada con la cultura pues hubo un momento que la religiosidad era muy fuerte.

“A las mujeres se les exigía y estas acataban la disposición eclesiástica de usar la mayor parte del tiempo el rebozo para cubrir la cabeza, particularmente para entrar al templo”, explica.

De ahí que cuando estos hábitos comenzaron a modificarse, continúa el catedrático de la UNAM, el mercado del rebozo cayó.

“Ahora pocas mujeres se cubren la cabeza para asistir al templo y eso explica el declive de la producción en serie que afecto muchísimo la actividad artesanal”, comenta Hernández Jaimes.

Un nuevo auge

El rescate, indica el académico, lo ve muy difícil porque con el paso del tiempo es difícil restaurar hábitos de tal forma que el rebozo vuelva a ser parte de la vestimenta, una prenda utilitaria o de necesidad.

No obstante, dice Jesús Jaimes, ve más posibilidades que el rebozo retome un impulso pero como artesanía de lujo.

“Es decir, el rebozo como una prenda elegante, sofisticada, que acompaña cierto tipo de vestimenta con propósitos artísticos o artesanales.

“Un accesorio, una prenda suntuaria, elegante, lujosa. De hecho hoy el rebozo sigue provocando cierta sensación, como un elemento estético muy notorio. Es ahí que el rebozo puede tener un nicho de mercado importante”, explica.

La resistencia del oficio

Un día de enero de 2022, la familia Miranda Rendón se organiza para una jornada laboral. Teñir los paños, planchar, extender, rociar y doblar rebozos negros que venden en el mercado de Chilapa.

Entre los tres le dan vueltas a las dos estrellas de un antiguo y pesado tórculo de madera de unos dos metros de altura. Ahí planchan los famosos rebozos que identifican a las mujeres de la zona de San Jerónimo Palantla, municipio de Chilapa.

Son vendidos en el mercado nuevo junto a otros modelos de estambre, de artícela o los de puntas finas como el Nevado, el Tenancingo o el Santamaría, estos últimos rebozos son similares a los que Lauro, sus hermanos y padre produjeron hace décadas pero que ahora son traídos del Estado de México.

En la despedida de este reportero a la familia, una comerciante de Atliaca llega para escoger y comprar decenas de rebozos por una cantidad de 10 mil pesos.

Parece que los años no han pasado en este hogar chilapeño que aún se sostiene de un oficio que se niega a desaparecer.

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La catedral de Chilpancingo, un homenaje a José María Morelos y Pavón

“Nos toca demostrar que somos un buen equipo y a la afición ir”: Los Avispones

Texto: José Miguel Sánchez

Fotografía: Oscar Guerrero 

Chilpancingo

 

El presidente del Club Deportivo Avispones de Chilpancingo, Sergio Alcaraz Soberanis, informó que el gobierno del estado cumplió con remodelar el pasto sintético de la cancha donde juegan y reconoció que falta mucho por hacer de parte de los jugadores y la afición para justificar la necesidad de remodelar el estadio.

Explicó que el próximo sábado Los Avispones jugarán su partido de presentación en casa, como equipo de segunda división, contra un equipo del estado de Michoacán.

“El primer paso fue hacer lo de la cancha y la gobernadora nos apoyó en eso, ahora nosotros tenemos que demostrar y la afición ir, porque de nada sirve tener un estadio para 15,000 si van 4,000”, mencionó Alcaraz Soberanis, al término de la ceremonia de entrega de uniformes a Los Avispones.

Con el pase de Los Avispones a la Liga Premier (Segunda División), la Federación Mexicana de Futbol pide como requisito a los equipos una serie de adecuaciones a sus estadios.

Entre esas adecuaciones están un pasto sintético de primera calidad, aumentar la capacidad de las graderías y mejoras en los vestidores.

De esas adecuaciones, el gobierno del estado apoyó en un primer momento con la instalación del pasto sintético, el cual prometen terminar antes de este sábado; día del partido de presentación de Los Avispones.

Hasta el día de ayer, el Polideportivo, lugar donde se ubica la cancha de Los Avispones, estaba cerrada por las remodelaciones.

“Para que el gobierno pueda hacer la siguiente parte de la inversión se tiene que ver si es suficiente, por eso, hacemos el llamado a la gente para que llenemos el estadio”, dijo Alcaraz Soberanis.

Actualmente, las graderías del estadio tienen una capacidad para 4,000 personas, el requisito de la Federación Mexicana de Futbol para un equipo de segunda división es tener capacidad mínima para 14,000 asistentes.

La cancha donde juegan Los Avispones y la que pretenden sea remodelada lleva el nombre de David Josué García Evangelista, joven de 13 años, asesinado el 26 de septiembre de 2014, la noche que crimen organizado y fuerzas policíacas desaparecieron a los 43 normalistas de Ayotzinapa. El autobús de Los Avispones regresaba de un partido, en Iguala, cuando fueron atacados a balazos.

El debut de Los Avispones en el torneo de la Liga Premier fue la semana pasada en Cancún, donde no anotó ningún equipo.

El día de hoy se realizó la entrega de los uniformes oficiales con los que Los Avispones jugarán en el torneo.

En la ceremonia estuvo Alma Rocío López Bello, directora del Instituto del Deporte de Guerrero (INDEG); el primer síndico procurador de Chilpancingo, Andrei Marmolejo y, en representación de la gobernadora, la secretaria de Desarrollo y Bienestar Social, Maricarmen Cabrera Lagunas.

 

Arlette, una joven de Acapulco que fue seleccionada en un proyecto para la NASA

Texto: José Miguel Sánchez

Fotografía: Oscar Guerrero 

Chilpancingo

 

Arlette Pamela Silva Hernández tiene 25 años, y es parte de 60 jóvenes seleccionados de todo el mundo para participar en el Programa Internacional del Aire y el Espacio de la NASA en Alabama, Estados Unidos.

Fue por un proyecto para realizar procedimientos oncológicos no invasivos y al vacío que Arlette logró ser seleccionada por la NASA.

El proyecto fue su tesis por el que se graduó de ingeniera bioquímica del Instituto Tecnológico de Acapulco.

El tema de procedimientos oncológicos no invasivos fue porque tuvo una perdida familiar a causa del cáncer y veía los complicados tratamientos que utilizan para tratar a los pacientes.

En febrero pasado Arlette fue seleccionada para participar en el Programa Internacional del Aire y el Espacio de la NASA en donde hará una estancia para desarrollar su proyecto.

Si su proyecto tiene éxito y es funcional para la NASA Arlette tendrá la posibilidad continuarlo con el financiamiento de este organismo estaunidense.

Este viernes Arlette participó en el Parlamento Juvenil organizado por el Congreso del estado donde pidió a las autoridades dotar de recursos y apoyo a las instituciones dedicadas al arte, la ciencia y la tecnología.

Entrevistada al término del Parlamento, Arlette mencionó que su propuesta es porque ella vive en carne propia la falta de apoyos para los jóvenes.

“Tuvimos que tocar muchas puertas y pedir el apoyo a todas las instituciones para lograr recaudar el dinero para el traslado a Estados Unidos”, comentó.

Hasta el momento el Congreso del estado, la Secretaría de Educación Guerrero (SEG) y la Secretaría de Migrantes y Asuntos Internacionales la han apoyado.

Se necesitan 3,950 dólares para cubrir sus gastos, los cuáles reconoce es difícil de conseguir.

Al principio Arlette pensó en no participar por falta de recursos, pero se animó y a través de diversas solicitudes y oficios dirigidos a las instancias de gobierno pretende juntar el dinero requerido.

Arlette es originaria de Agua Caliente, comunidad de la zona rural de Acapulco. Dijo que en las comunidades rurales existen jóvenes talentosos que por falta de herramientas no pueden desarrollar su conocimiento.

“En Guerrero somos muchos jóvenes talentosos, por eso mi propuesta de que se debe apoyarlos con todo el recurso necesario”, afirmó.

Este viernes, la joven se reunió con la titular de la Secretaría de Migrantes y Asuntos Internacionales (SMAI), Celeste Mora Eguiluz.

En las oficinas de esa dependencia Arlette recibió un recurso para su traslado a Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lupita Soto: a un paso de la competencia internacional

Texto: Carlos Navarrete Romero

Fotografía:

30 de junio de 2022

Chilpancingo

 

La guerrerense Lupita Soto Miranda ganó el Campeonato Nacional de Artes Marciales Mixtas celebrado la semana pasada en Monterrey, Nuevo León.

Después de una destacada participación en la justa deportiva, avalada por la Federación de Artes Marciales Mixtas (FAMM), la originaria de Chilpancingo se hizo del primer lugar en el podio de la categoría avanzados, peso mosca.

En breve entrevista, Lupita Soto dijo que está a la espera de que la FAMM informe sobre el ranking nacional y reiteró su interés por representar a México y a Guerrero en competencias internacionales, como lo dijo en una entrvista previa publicad en Amapola periodismo.

«Me siento muy contenta, es algo que había estado buscando. El entrenamiento, la voluntad y la disciplina, todo relacionado, hizo que esto se volviera realidad”, comentó.

Lupita Soto tiene actualmente 29 años y es cinturón negro tercer grado de Kung Do Lama, arte marcial de la que es maestra, y cinturón azul en Jiu Jitsu brasileño.

Además de ella, el guerrerense Gibran Hernández logró el subcampeonato nacional en la categoría avanzado, peso walter.

Sanzekan Tinemi: el mezcal colectivo

Sanzekan Tinemi busca a través de proyectos de reforestación de maguey, de producción del mezcal y elaboración de artesanías con diferentes tipos de palma, crear mejores condiciones económicas para la población dedicada al campo.


Texto y fotografía: José Miguel Sánchez

Chilapa

 

Sanzekan Tinemi, palabras en náhuatl que significan en español siempre juntos, es una asociación civil campesina que ha establecido un trabajo colectivo, comunitario y sustentable en apoyo, principalmente, a los productores mezcaleros de Guerrero.

Su principal producto es el mezcal, el trabajo es colectivo a través de 32 fábricas ubicadas en la región Centro del estado que se aglutinan en la marca Sanzekan Tinemi con la intención de comercializar y dignificar la tradición del mezcal.

El mezcal y su marca son lo más visible de la asociación, sin embargo Sanzekan Tinemi apoya a los campesinos en la construcción de huertos familiares para garantizar un sistema de alimentación sustentable, sistemas de riego, proyectos de reforestación, talleres para la creación de abono e insecticida orgánico y la conservación de alimentos tradicionales.

“La organización cuenta con 1,200 agremiados a los cuales el apoyo les beneficia directamente, pero cada uno de ellos tiene familia y si lo vemos de esa manera al final resultan beneficiadas 30,000 personas”, explica la presidenta de Sanzekan Tinemi, Sofía García.

Sanzekan Tinemi también apoya en la confección de artesanías con palma: bolsas, tortilleros y sombreros, así como en su comercialización dentro y fuera del estado.

García cuenta que esta agrupación surgió en 1990 con el objetivo de organizar y garantizar a los campesinos de la región los apoyos económicos a los que difícilmente podían acceder, como el fertilizante y productos de Diconsa y créditos.

Ahora, a través de Sanzekan Tinemi, los campesinos se organizan para gestionar fertilizante gratuito, así como de una caja popular, tiendas rurales y la cría de pollos o puercos.

Mezcal en colectivo

Dentro de la marca Sanzekan Tinemi hay 32 mezcales. Todos son diferentes. De entrada porque lo elaboran maestros mezcaleros diferentes.  Cada uno lo produce de forma distinta: unos utilizan el agave cupreata (papalote), otros el espadín y unos más los endémicos de la región.

De esta forma se protegen las tradiciones de las distintas familias que desde hace siglos trabajan el maguey, cada una con sus propias recetas.

La etiqueta del mezcal es genérica pero respeta la identidad de cada productor: viene el nombre y firma del maestro mezcalero que lo elaboró, además de nombre de la localidad de origen, la cosecha y el número de hornada de producción, todo eso está escrito a mano en color rojo.

El objetivo es hacer patente que se trata de una elaboración artesanal.

En las oficinas centrales, ubicadas en la ciudad de Chilapa, hay estantes con botellas de todos los tamaños, desde los 100 mililitros hasta los 750.

El precio puede variar, de 300 pesos a granel a  750 y los 950 el envasado, dependiendo de la cosecha y el tiempo de maduración. La cosecha más antigua es del 2007.

Emiliano Cerros Nava es fundador de Sanzekan Tinemi, actualmente dirige el área de producción de mezcal. Explica que los precios fueron establecidos de esa manera porque cuentan con todos los permisos oficiales para su venta al mercado.

Cada maestro mezcalero produce su mezcal, a su gusto y condiciones, a partir de 100 litros se lo vende a Sanzekan Tinemi y la organización se encarga de certificarlo luego lo envasa y lo comercializa.

A las afueras de Chilapa,  se ubica la cava de Sanzekan Tinemi, un monumental edificio construido exclusivamente para resguardar alrededor de 1,800 litros de mezcal que producen al año.

La bodega tiene forma piramidal, una altura de alrededor de veinte metros y en la puerta principal recibe una pintura de Mayahuel, Dios del mezcal.

Dentro, la temperatura es de diez grados, “para resguardar las propiedades del mezcal, además de cuidar la temperatura se tiene que tener lo mínimo de luz”, explica Cerros Nava.

El mezcal es almacenado en garrafones de vidrio, en altos estantes, todo tiene un tamaño descomunal, la razón: conservar el frío y la oscuridad

Cada garrafón tiene todos los datos del maestro mezcalero que lo elaboró.

Cerros Nava cuenta que todo el proceso de producción del  mezcal es supervisado por los propios agremiados.

Desde la semilla

El maguey que se utiliza para el mezcal tarda en madurar entre siete y trece años, y se reproduce únicamente por semillas, por lo que Sanseka Tinemi cultiva plantas en sus propios viveros y tienen un sistema de reforestación que garantiza su uso sustentable.

“Para su producción utilizamos magueyes papalote silvestres (agave cupreata), esta especie es endémica de la zona y su crecimiento se da entre los 1,400 y los 2,000 metros sobre el nivel del mar, entre encinares pastizales y selvas bajas. El maguey papalote necesita entre siete hasta trece años en madurar y se reproduce únicamente por semillas, por eso aquí en Sanzekan cultivamos plantas en viveros y cuenta con un programa de reforestación”, explica Cerros Nava.

A través de proyectos de reforestación de maguey, de producción del mezcal y para la elaboración de artesanías con diferentes tipos de palma, Sanzekan Tinemi pretende crear mejores condiciones económicas para la población dedicada al campo.

Sanzekan Tinemi agrupa a maestros mezcaleros de Chilapa, Zitlala, Ahuacuotzingo y Tixtla.

“Los mezcales de la marca colectiva Sanzekan Tinemi son elaborados de manera artesanal siguiendo la tradición de siglos, la cual se ha ido transmitiendo y respetando de generación en generación”, comenta el fundador.

Sanzekan Tinemi se considera una empresa responsable, apuestan por el manejo racional y sustentable de los recursos naturales.

Cuenta con un programa de reforestación de maguey donde anualmente reforestan 1,5 millones de plantas, construye obras de conservación de suelos y retención de agua, el bagazo que resulta de la producción del mezcal lo utiliza como abono en los campos y cada una de las fábricas cuenta con biofiltros para el tratamiento de aguas residuales.

La esencia de Sanzekan Tinemi es el trabajo colectivo y responsable.

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Lupita, la campeona de las artes marciales de Chilpancingo en la ruta de títulos internacionales

La primera vez que peleó era una niña de tres años: hacía sparring (peleas de entrenamiento) en las salas donde entrenaba a otros jóvenes su padre. Dos años después participó en su primer torneo de artes marciales en Veracruz, donde ganó después de derrotar a todos sus adversarios, la mayoría niños. 


Texto y fotografía: Carlos Navarrete Romero

Chilpancingo 

 

Lupita Soto tenía tres años la primera vez que se puso los guantes, cinco cuando participó en su primer torneo de artes marciales y entre 13 y 14 cuando impartía su primera clase de Kung Do Lama. Ahora que tiene 29 años ya es cinturón negro tercer grado en Kung Do Lama y cinturón azul en Jiu Jitsu brasileño. Antes fue campeona nacional de Full Contact (2013) y subcampeona de Shootfighting (2016) y busca conquistar el Campeonato Nacional de Artes Marciales Mixtas de los próximos días en Monterrey, Nuevo León.  

De conseguir este último título significaría la posibilidad de Lupita de representar a Guerrero y a México en torneos internacionales de artes marciales.

Lupita es originaria de Chilpancingo, es la tercera de cuatro hermanos (un hombre y tres mujeres) en una familia donde todos practican Kung Do Lama, una arte marcial mixta creada por el mexicano Rigoberto López y de la que su padre, Silvestre Soto Contreras, es precursor en Guerrero. 

La primera vez que peleó era una niña de tres años: hacía sparring (peleas de entrenamiento) en las salas donde entrenaba a otros jóvenes su padre. Dos años después participó en su primer torneo de artes marciales en Veracruz, donde ganó después de derrotar a todos sus adversarios, la mayoría niños. 

Estaba habituada a combatir contra niños. En los 90, la presencia de mujeres en los deportes de contacto era mínima y los entrenamientos y peleas de Lupita casi siempre fueron con varones, incluso más grandes, lo que le permitió desarrollar habilidades para enfrentar a personas más altas, pesadas y corpulentas. 

Lupita recuerda que por ser mujer muchos de sus adversarios minimizaron su habilidad y fuerza durante las competiciones, lo que, al principio, le generó malestar, después le sacó ventaja. Porque no hay nada más errado que un advesario confiado.

“Siempre me pasaba que en los torneos los niños se ponían atrás de mí, porque como era niña pensaban que me iban a ganar, pero se llevaban su sorpresa. Era parte del bullying por ser niña, a veces me hacían caras o decían cosas, yo me acuerdo que me daban ganas de llorar, pero mi hermano o mis papás me decían que tenía que aguantar. Así que cuando yo entrenaba mi papá me hacía caras y me sacaba la lengua, lo hacía para prepararme mentalmente, para que eso ya no me afectara, y sí me sirvió”, comparte en entrevista.

Con 26 años de experiencia en las artes marciales es difícil llevar la cuenta de todas las peleas y todos los triunfos, pero son muchos. En cada competencia ha logrado un lugar en el podio; tiene medallas y trofeos de sobra. 

En 2019 llegó al segundo lugar del ranking nacional femenil de peso mosca, en la categoría de avanzados, posición que le permitió ser seleccionada para el campeonato Panamericano que se celebraría en 2020 en Cancún, sin embargo éste fue cancelado por el confinamiento de la pandemia por la Covid-19.

Este año retomó el camino de las competencias, ahora en busca de representar a México y a Guerrero en las ligas internacionales de Artes Marciales Mixtas (MMA por sus siglas en inglés).

El año pasado intentó mantenerse en el ranking, que es la antesala de cualquier torneo internacional, pero por  falta de patrocinadores y apoyo gubernamental no pudo participar en el Torneo Nacional de MMA que se celebró en Monterrey, lo que le hubiera permitido defender su puntaje.

Hoy dice sentirse en excelente forma para recuperar su posición, por lo que participará en el Campeonato Nacional que se llevará a cabo en Monterrey entre el 24 al 26 de junio.. Hace unos días publicó un video en sus redes sociales pidiendo apoyo de patrocinadores a fin de solventar los gastos que implican su preparación física.

“He estado trabajando duro, he estado entrenando fuerte, me siento fuerte, me siento segura, voy contra personas que son experimentadas, pero en lugar de que eso me haga sentir con miedo o desmotivada, me siento con ganas de poner en práctica todo lo que he estado entrenando. Estoy muy emocionada de regresar a la competencia y poner otra vez al estado en un buen lugar”, comenta.

La evidente buena condición física y mental de Lupita no es casualidad. En su preparación la acompañan un entrenador físico, un psicólogo deportivo, un nutriólogo y un profesor de artes marciales.

 

La disciplina también ha jugado un papel importante: todos los días inicia su entrenamiento a las ocho de la mañana. Durante casi cuatro horas realiza ejercicios enfocados a deportes de contacto para mejorar la técnica y la fuerza de sus golpes, perfeccionar sus derribes y manejar la explosividad, muy necesaria en las MMA. Para a las 11:30 horas.

Por la tarde retoma sus ejercitación desde otta posición. De cinco de la tarde a ocho de la noche es maestra de Kung Do Lama de estudiantes desde los cuatro hasta los 30 años, y de las nueve a las 22:30 horas entrena Jiu Jitsu brasileño. A veces le agrega una hora más de combate con costal.

De ganar el próximo Campeonato Nacional en Monterrey, Lupita pelearía contra la actual campeona para disputarse la representación del país en el siguiente Campeonato Panamericano o algún otro torneo internacional. 

La siguiente competencia es muy importate para Lupita no sólo por el título, porque el triunfo le interesa más allá. De ganarlo su historia serviría de inspiración para que más mujeres ingresen a las filas de las artes marciales.

“Es necesario que haya más niñas, más mujeres inmersas en este deporte, porque a veces tienden a pensar que una mujer que hace artes marciales pierde su feminidad, pierde cosas estéticas y para nada, una puede ser fuerte sin perder la estética que la hace mujer. Buscamos ser un punto de referencia para que ellas puedan ver que las mujeres pueden estar en ese tipo de eventos”, agrega.

Lo que debe saber Lupita es que ella ya es una referencia.

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Emilio Barrera continúa tejiendo la tradición del rebozo

 

Texto y fotografía: Luis Daniel Nava 

Chilapa 

 

Emilio Barrera es el último rebocero de Chilapa, Guerrero.

Hace 33 años, la tradición del rebozo se pudo terminar cuando Emilio, entonces un joven de 25 años, pensó en probar suerte en Estados Unidos. Era el único de los cuatro hermanos que le ayudaba en el taller de rebozo a su padre, don Cirilo Barrera.

Esa vez, don Cirilo le dijo que desconocía a qué iba al norte pero que ya estaba grande para saber qué hacer con su vida.

Emilio se despidió de su padre y amigos pero el plan se frustró esa misma tarde. Las personas que lo recibirían avisaron que no había trabajo en aquel país debido a una nevada. Decidió ir a tomarse unas cervezas y regresó a su casa por la madrugada.

Por la mañana, Emilio entró al taller. Don Cirilo trabajaba y al verlo abrió los ojos y la boca sorprendido. Enseguida vino un semblante de felicidad.

–¡Ora qué cosa, cabroncito!, ¡yo ya te hacía en no sé dónde!

–Pues si, fíjese que no se pudo, pero el sábado ahora sí.

–¡Pues órale!, ¿ya almorzaste?

–No, respondió Emilio en plena resaca.

La alegría de su padre detuvo a Emilio de otro intento de partir. Recibió su primer telar de pedal, una redila, dos paquetes de hilo y tres kilos de tinta para trabajar por su cuenta. Desde entonces elaborar rebozos es su oficio. Ahora a sus 58 años es el único rebocero en Chilapa.

* * *

En los años 30 y hasta principios de los 80, Chilapa era la sede de la industria del rebozo de bola en Guerrero, llamado así porque el algodón, su materia prima, venía en bola. Casi 90 por ciento de la población participaba en el proceso de elaboración que va desde deshacer la hilaza, deshilar la madeja en un carrete, encanillar –juntar hilos de la madeja–, teñir, urdir o preparar los hilos para tejer, tejer, atar, repasar y vender.

Los talleres eran propiedad de hombres adinerados que contrataban gente para todo su proceso y ellos se encargaban de su venta, pero también eran de familias donde participaban todos sus integrantes; las viviendas eran pequeñas fábricas y las calles donde se ataba la hilaza talleres comunitarios.

Jesús Meza Pineda, quien ha seguido con atención los cambios sociales en la ciudad, rememora que hace más de 50 años, la sociedad chilapense era muy apegada a la religión católica y vivía en un ambiente sano, de calma. De la casa al trabajo y viceversa, los sábados eran de raya o de cobro y los domingos se asistía a misa en familia.

El rebozo, asegura, era una prenda imprescindible en la vida de los pobladores. Era usado para cargar a los recién nacidos, guardar dinero, ir a misa y hasta para envolver a difuntos. Para las familias de abolengo el rebozo de tejido fino era un accesorio de lujo.

Jesús Hernández Jaimes, profesor de Historia de América Latina en la Universidad Nacional Autónoma de México, explica que a finales del siglo XVIII en Tixtla y Chilapa se empezó a producir manta en telares, con la ventaja de que en las costas se producía algodón en grandes cantidades.

“Durante la guerra de Independencia, en los meses en que las tropas insurgentes encabezadas por (José María) Morelos estuvieron asentadas en Chilapa, en 1811, se pusieron a producir en todos los talleres mantas para vestir a las tropas. Esta producción se va a extender a lo largo del siglo XIX.

“Mi hipótesis es que aprovechando esa experiencia local en algún momento, por ahí de finales del siglo XIX o principios del XX se introdujo la actividad de los rebozos en Chilapa.

“Y se empezó a producir el rebozo que satisfizo la demanda de toda la región e incluso gran parte de la producción se enviaba a Puebla y a la Ciudad de México”.

* * *

Emilio es el menor de los seis hijos de Cirilo Barrera, dos mujeres y cuatro varones. Las primeras se volvieron profesionistas y de los cuatro que se iniciaron en el taller, dos se hicieron maestros y uno mecánico. Sólo Emilio continuó el oficio al que se adentró a los 13 años.

Cirilo Barrera empezó como tejedor en los 40 en uno de los muchos talleres que existían en Chilapa. Después de los 50 le propusieron realizar el rebozo conocido como acateco o de cocol y a ese se dedicó hasta que falleció a los 71 años.

El acateco, a diferencia del de bola, en el que intervienen unas 10 personas de principio a fin, se puede realizar con la ayuda de hasta una persona. Don Cirilo sólo empleaba a tejedores, él y sus hijos se encargaban del resto.

A más de medio siglo, el taller de don Emilio conserva tres telares: El Bronco, el Gavilán y El Cobarde. Don Cirilo trabajó en El Bronco que se lo había vendido un tío, quién lo recibió de su patrón. El aparato tiene al menos 100 años y está hecho con la madera del pino Ayacahuite.

* * *

Hubo otro momento en que Emilio estuvo a punto de dejar todo. Después de la muerte de su padre en 1998.

Los clientes pensaron que con el fallecimiento de don Cirilo el taller había cerrado. Emilio no sabía dónde vivían. Poco a poco los rebozos se fueron acumulando. Emilio decidió terminar la hilaza y la tinta que le quedaban para dedicarse a otra cosa.

Un día apareció la señora Basilisa Abundis, una cliente de la comunidad de Acatlán radicada en la Ciudad de México.

–¿Con quién puedo hablar?… mira yo le quedé a deber a tu papá 100 rebozos y vengo a pagar, pues. No quiero tener cuentas con difuntos.

–¿Y sigues trabajando?

–Sí, sigo trabajando

–Ahora nomás vine a pagar, no traigo dinero, pero si no desconfías…

Emilio pensó: “¿qué más muestra de honradez que venir a pagar una deuda a un difunto”:

–Si, pues si quiere…

–¿Tendrás 50?

–Sí

–¿100?

–Sí, hasta 200 si quiere

–Le digo que no venía a comprar, nomás me llevo 100.

La comerciante llevó los rebozos a Acatlán y a la Ciudad de México para su bordado. Ahí los clientes se dieron cuenta que se seguían elaborando rebozos en Chilapa y regresaron.

“No, ya pura chingada. Ya no me fui. Ya había chamba y me rete rogaban, tienen una forma muy sencilla de decirte las cosas”, cuenta Emilio.

“Yo ya le fui a amarrar sus patitas a san Dimas para que no te vayas y si te vas para que regreses luego. No nos vayas a dejar, don Cirilito”, le dijo doña Basilisa.

Es la tarde del 16 de octubre del 2021. Emilio escucha de fondo la canción Perdida de Agustín Lara. Descalzo, con un short futbolero y una camiseta del Atlas, se da tiempo de hablar, de deshilar recuerdos, los trae al presente como si ocurrieron ayer.

También muestra las etapas de la elaboración del rebozo y las faldas de acateca. Y hasta cuenta la historia de una bicicleta que le empeñaron. No deja de trabajar y lo hace con gusto.

Tiene dos hijos Emilio de 16 años y José Miguel de 18, quien ahora le ayuda.

“En su descanso le está entrando, me ayuda a tejer, sabe hacer varias cositas, le falta mucho. No lo quiero inquietar tanto por si quiere seguir estudiando pero sino pues aquí en el taller se va a venir quedando”.

 

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El herbario de la Uagro, un espacio de memoria sobre la conservación verde de Guerrero

La colección de plantas con las que cuenta el herbario van desde plantas conocidas en el centro de Guerrero, como el toronjil, el huamuchil, el lináloe y diferentes tipos de maguey, hasta las menos conocidas, como pega hueso, limoncillo, cascalote, temanicatzin que crecen en el campo y que identifican los campesinos y lugareños o, en su caso, especialistas; pasan desapercibidas para muchas personas.


Texto y foto: José Miguel Sánchez

13 de mayo del 2022

Chilpancingo

 

En un rincón de Ciudad Universitaria en Chilpancingo se ubica el Herbario de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro), un espacio de conservación y divulgación científica que pretenden convertir en un “centro de referencia de la flora de Guerrero”, de acuerdo con su directora, Natividad Herrera Castro.

Entre los edificios grises de las facultades de Ingeniería y Filosofía y Letras se abre un camino empedrado donde hay un letrero en el que se lee “Jardín botánico de la Uagro”. Está lleno de plantas, flores, arbustos y árboles como si se tratara de un cuento. Al final hay un pequeño edificio de dos plantas, rodeado de más vegetación, es el Instituto de Investigación Científica Área de Ciencias Naturales adscrito a la Uagro; en su segunda planta está el herbario universitario.

El edificio alberga varios proyectos que, a la vez, representan uno colectivo, el jardín etnobiológico que contempla un jardín botánico, un museo paleontológico y un herbario. El herbario está considerado como un espacio de conservación científica donde resguardan plantas endémicas o representativas de la región, con el objetivo de realizar investigaciones, estudios o análisis de una zona o especie de planta determinada para conocer su identidad taxonómica, es decir a qué familia pertenece, y con información de en qué zona se reproduce y el uso que puede darle la sociedad.

En estos sitios suelen conservar las colecciones de plantas secas –usualmente una rama con flores y frutos, depende de las particularidades de cada planta–, que son prensadas entre cartón corrugado y papel secante deshidratado en secadora y una ficha con los datos más importantes de cada especie. También la información de las especies es debidamente sistematizada y organizada para ser consultada de manera eficiente.

En el caso particular del Herbario de la Uagro, las hojas con las plantas ya prensadas y montadas en cartulinas blancas están en folders que son resguardos en grandes gavetas que abarcan todo el espacio. La colección actual es de 12,000 plantas únicas del estado, colección exclusiva a nivel estatal.

En México cada estado cuenta con uno o varios herbarios locales y a nivel nacional el referente es el Herbario Nacional de México (Mexu), donde su colección de plantas asciende a un millón 500 mil ejemplares en conservación. La colección oficial data de hace 100 años, pero hay plantas recolectadas de 200 años atrás.

“Para el estado de Guerrero queremos tener una muestra bastante representativa de su riqueza”, menciona Herrera Castro.

La directora reconoce el esfuerzo de la colección de 12,000 plantas a los estudiantes que realizan tesis sobre etnobotánica o taxonomía, porque son quienes recolectan las plantas y al término de la investigación depositadas para su resguardo en el Herbario.

Otra forma de obtener plantas es a través de intercambios o donaciones que realizan con herbarios de otros estados y universidades.

También Herrera Castro y Elvia Barrera Catalán, ambas encargadas del proyecto, hacen recolección de plantas por cuenta propia; muchas veces a través de proyectos e investigaciones que les financian las institución de investigación científica, y aprovechan su trabajo de campo para hacerlo.

Por la inseguridad y las condiciones geográficas del estado hay regiones como Tierra Caliente o la Sierra donde es riesgoso el acceso para recolectar plantas.

La colección de plantas con las que cuenta el herbario van desde plantas conocidas en el centro de Guerrero, como el toronjil, el huamuchil, el lináloe y diferentes tipos de maguey, hasta las menos conocidas, como pega hueso, limoncillo, cascalote, temanicatzin que crecen en el campo y que identifican los campesinos y lugareños o, en su caso, especialistas; pasan desapercibidas para muchas personas.

“Aquí hay plantas que muchas personas no conocen, pero en comunidades originarias tienen un gran valor, nuestro trabajo es preservar esas plantas ligadas al conocimiento antiguo”, dijo Herrera Castro.

Historia del herbario universitario

En Guerrero, el herbario universitario lo iniciaron los biólogos Manuel Blanco y Carlos Toledo entre 1977 y 1978 quienes trabajaron en un proyecto de investigación sobre las burseras lináloe y copal de la depresión del Balsas en la región Norte del estado.

La Bursera linanoe es una planta endémica de la región sureste del país, crece en los estados de Guerrero, Puebla y Oaxaca. En Guerrero, pueblos de la Montaña utilizan la madera de este árbol para realizar artesanías como las populares cajitas de Olinalá.

Los biólogos se retiraron y dejaron el primer antecedente de una colección de plantas que fue el primer paso para crear lo que hoy es el herbario universitario.

Herrera Castro recuerda que fueron alrededor de 100 ejemplares con los que se inició la colección, principalmente de árboles como lináloe, pochote y distintos tipos de agaves.

Aquella colección propició muchos intentos para darle continuidad al proyecto, pero la falta de expertos en el tema, como curadores de la colección del Herbario y la crisis universitaria de 1984, cuando el gobierno federal y el estatal encabezado por Rubén Figueroa retuvo el presupuesto a la Uagro, como una medida de contención a la institución que en aquella época apoyó a diferentes movimientos de izquierda en Guerrero y su estrecha vinculación con la sociedad guerrerense.

Sin más personal capacitado para las colecciones de plantas y sin presupuesto para los especialistas terminaron por guardar el proyecto.

Herrera Castro, quien realizó su servicio social registrando las plantas en el herbario, regresó de una maestría en 1992 y reactivó el herbario universitario. “Empezamos de cero, tuvimos que ver lo que había y tratar de sacar adelante el proyecto, logrando recuperar 600 plantas”, comenta.

El Herbario de la Uagro ha tenido varias etapas (la de 1970 y la de 1993). En la actualidad está registrado oficialmente a nivel internacional en el Índice de Herbarios Internacionales (Index Herbariorum) donde le asignaron las siglas UAGC como acrónimo que lo identifica; es único apuntado de todo Guerrero.

A pesar que otras dos unidades académicas de la Uagro cuentan con colecciones de plantas estas aún carecen del registro en el Index Herbariorum.

Por la riqueza natural del estado, al herbario universitario llegan investigadores de países como Brasil, Polonia o Estados Unidos para conocer las especies de plantas regionales, con el avance de las comunicaciones el herbario presta servicio de consulta enviando fotos de las especies de interés.

Algunos de los envíos fueron al el Mexu, al Centro de Investigaciones de Yucatán (CICY) y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM).

Herrera Castro recuerda que en una ocasión se acercaron al herbario investigadores de la Universidad de Guadalajara para preguntar sobre una planta denominada Aximifilum sagitalobum, la cual se creyó extinta porque el único registro que había era de principios del siglo XX.

La sagitalobum resultó ser una especia endémica de Guerrero, que fue hallada en la Sierra de San Miguel Totolapan, en la región de Tierra Caliente.

Aunque la planta no sea tan conocida ni relevante para muchas personas, para los especialistas en botánica o taxonomía resulta ser un objeto de estudio muy importante, y constituye la herramienta principal y pretende ser el puente entre los especialistas y las especies de plantas.

El esfuerzo por un archivo digitalizado

El herbario universitario es un pequeño salón de clases adaptado, está lleno de grandes gavetas que van del piso al techo del edificio. En otro rincón tienen plantas en papel periódico, que pasan por todo un proceso de investigación antes de entrar a las gavetas.

Dichas gavetas están ordenadas de manera alfabética y por familia botánica, lo que permite tener un orden al momento de buscar alguna planta específica.

Los herbarios modernos tienen ya un registro digital de las etiquetas de información de sus colecciones para facilitar la investigación. Ante ese panorama, Herrera Castro y Barrera Catalán se dieron a la tarea de digitalizar la colección del Herbario de la Uagro y próximamente piensan en digitalizar las imágenes de cada ejemplar para su consulta en línea.

Las académicas, en algunas ocasiones, son ayudadas por estudiantes apasionados por la biología que realizan su servicio social y prácticas profesionales en el lugar.

El herbario creció de la mano de estudiantes y con proyectos de investigación científica que consiguen las académicas. Es la manera en que se financian para adquirir gavetas, aire acondicionado o deshumidificadores para reducir la humedad, importante para conservar las colecciones de plantas, así como algunos recursos para  realizar las colectas en campo.

Las academias esperan el apoyo institucional para el crecimiento de las colecciones científicas del Instituto de Investigación.

Con este panorama en medio de necesidades institucionales, las académicas buscan convertir el herbario universitario en un espacio de consulta para la sociedad guerrerense, y lograr que la población conozca las plantas potencialmente útiles para fines curativos, alimentarios, entre otros

El proyecto pretende que el conocimiento sobre plantas no se pierda.

“El día de mañana que una persona requiera información sobre plantas de su comunidad ésta pueda estar debidamente ordenada para su consulta y resguardo”, comenta Herrera Castro.

En busca de un nombre

El herbario universitario no cuenta con un nombre oficial y está en proceso de ser nombrado, pero Herrera Castro sabe que no es una tarea fácil.

La directora pretende que el nombre que lleve el herbario sea un homenaje a los defensores del medio ambiente que son asesinados defendiendo su territorio.

Texto patrocinado por la Uagro

Tixtla: productor de flores y hortalizas de Guerrero

Don Casimiro un sembrador de estos cultivos cuenta su historia


Texto: Beatriz García

Fotografía: Amílcar Juárez

25 de abril del 2022 

Chilpancingo

 

Las tierras de siembra de Casimiro Romero Cosme, ubicadas a un lado de la parte baja de la laguna en Tixtla, están repletas de margaritas y matsumoto moradas y blancas, y surcos de cebolla, quelites y lechugas.

En Tixtla, durante el año, los campesinos conocen cada una de las épocas donde venderán sus productos, como los días de las Madres, de Muertos, de la Virgen de Guadalupe.

En el estado, este municipio sobresale porque los campesinos hacen producir sus tierras todo el año, en temporada de riego y en tiempo de lluvias. La venta de hortalizas y flores es uno de los principales sustentos económicos de las familias, y aunque han tenido que pasar días buenos y otros malos, siempre buscan la manera de retomar esta actividad agrícola.

Además de ser sustento económico principal de las familias, las siembras de hortalizas de este municipio son fundamental en la alimentación saludable de los lugareños, no solo de Tixtla, si no de la región Centro. Se sabe por los pobladores, que Chilpancingo, es uno de los principales lugares donde se distribuyen las cosechas de esa cabecera municipal, y entonces podría decirse que estas hortalizas siempre están presentes en las mesas de las familias. 

En el caso de las flores son un símbolo importante para los rituales religiosos y otras celebraciones de las familias en esta región, como se mencionó al principio en diferentes fechas del año.

Al llegar al centro de la cabecera municipal de Tixtla está el mercado municipal. Lo primero que salta a la vista es el verde de las lechugas frescas, manojos de quelites y las calabacitas tiernas recién cortadas por los sembradores. También hay coles blancas y moradas, elotes y cebollas.

El olor de romero, albahaca y ruda se perciben en el ambiente. Al igual que de las nubes, matsumoto, margaritas moradas, blancas y rosas en distintos tonos.  

De acuerdo con el registro del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) en el estado, durante 2021, en Tixtla sembraron los campesinos tanto de riego como de temporal 4,888.99 hectáreas de tierra, y cosecharon la misma cantidad. En lo que va del 2022 han sembrado 827.84 hectáreas y  han cosechado hasta ahora 40.76 hectáreas, posiblemente porque el resto de la siembra sigue en crecimiento.

Mientras Daría Morales López guarda las margaritas blancas y moradas que llevó a vender al mercado la mañana del 8 de abril pasado. Casimiro Romero, su esposo, trabaja en sus terrenos de siembra. Ella, en medio de la venta, todavía se da el tiempo para llevarle almuerzo a su esposo hasta los terrenos de siembra.

El camino del centro de la cabecera municipal, donde está el mercado, a la parte baja donde están las tierras de labor, se ven las hileras de hortalizas, lechugas, coles, albahaca, romero, y los puntos rojos de los rábanos.

Casimiro Romero, con 54 años, es sembrador desde hace 30. Le colabora su esposa en el trabajo con la tierra, además que se hace cargo de la venta de los productos y de otras partes de proceso. Ambos sacaron a sus dos hijas adelante con su labor en el campo.

De lunes a domingos, desde temprano, el campesino toma su bicicleta y se traslada a las tierras que siembra para regarlas, revisarlas y limpiarlas.

El sembrador no tiene tierras propias, desde 1990 le prestan poco más de media hectárea para sembrarla. Antes fue migrante en Estados Unidos. El trato que tiene con el dueño de las tierras es que por cada cuatro surcos que siembra, le entrega uno a manera de pago.

Esa mañana, Casimiro, con los pies y las manos embarradas de tierra, mostró los surcos de los terrenos, principalmente de margaritas. Las hortalizas comenzaban a salir de la tierra; en un mes estarían cosechando cebolla, pipitza (o pipicha), lechugas, col y cilantro. Los rábanos y la albahaca ya estaban listas para el corte.

Casimiro heredó el oficio de sus padres Pedro Romero y Eugenia Cosme. Recordó que de niño veía como las personas acarreaban agua de los pozos con latas para regar su siembra, porque no había motores que permitieran trasladar en mangueras el agua hasta los surcos.

Cuando regresó a Tixtla de los Estados Unidos decidió sembrar la tierra para tener sustento económico, así como lo heredó de sus padres y la actividad que les da de comer en el municipio, de manera principal en la cabecera a unos 1,000 habitantes, de acuerdo con los cálculos de Casimiro. 

Casimiro y Daría siembran rábano, pipitza, cilantro, col, albahaca, cebolla, pápalo, lechugas. Además de flores de temporada, como margarita, matsumoto, nube, cempasúchil y terciopelo.

El sembrador compartió que sembrar la tierra es de tiempo, cuidado, dedicación y amor. Técnicamente algunas cosechas las obtiene más rápido que otras. Por ejemplo, para el cilantro, después de regar la semilla sembrada espera 28 días para que retoñen las plantitas; el rábano  da frutos en un mes, mientras que la lechuga tarda mes y medio para convertirse en pachole –brotes que después serán trasplantados en un lugar más amplio–, luego otro mes y medio para que crezca.

En días pasados, en las tierras que siembra el campesino abundaban las flores, por la cosecha para la temporada de Semana Santa. También brotaban las hortalizas.

“Se aprovecha la humedad de la laguna que está enfrente, aprovechamos que la tierra es fértil, tenemos bastante agua, porque en la parte alta hay mucho animalito (plagas) y se necesita mucha medicina (pesticidas) y sale muy caro para lograr la siembra”, menciona.

Para Casimiro Romero sembrar la tierra es sinónimo del sustento familiar, y entre más bonitas crezcan las flores y hortalizas mejor demanda tendrán en el mercado, comparte mientras camina entre los surcos de su siembra.

La jornada de trabajo en prticular del sembrador es desde que amanece hasta que anochece, pero cuando se trata de cosechar la flor lo hace por la noche para que amanezca fresca.

El destino de las hortalizas y las flores

Dentro del mercado de Tixtla están los negocios de comidas y en medio de las mesas casi nunca faltan los quelites y rábanos que se producen en sus tierras.

En la región Centro se consumen mucho las hortalizas, principalmente de Tixtla, aunque otros municipios, como Chilapa, también las siembren. Son la compañía de los tacos de pollo y las enchiladas ahogadas, tostadas y quesadillas de especial sabor en la región.

En las iglesias del municipio también están las flores que los sembradores oriundos cultivaron en su territorio.

Así como Casimiro y Daría, el resto de los sembradores venden sus productos en el mercado municipal de Tixtla para propios y foráneos.

Daría espera a los compradores a mayoreo provenientes de Chilpancingo, quienes sueleven revenderlos en otros mercados fuera de Tixtla.  Los sembradores salen a vender al mercado de Tixtla desde las tres o cuatro de la mañana.

Casimiro recordó que en los años noventa llegaba a Tixtla una pareja de Acapulco y compraba a los campesinos lo de dos camiones llenos de flores y hortalizas. Pero, “ese mercado ya nos lo quitó Puebla hasta parte de Chilpancingo, hasta Tixtla. Que según es más barato”, comenta.

Consideró que es “una invasión” porque los campesinos locales necesitan su mercado local para vender las cosechas.

El campesino mencionó que cuando deja de llover, como hay humedad, se dan plantas más bonitas, además porque no hay plagas como en temporada de calor.

 De hecho, de acuerdo con su experiencia, esta época es la más complicada, porque deben cuidar minuciosamente las plantas por las plagas; eso provoca que los precios de sus productos aumenten. Una de las plantas delicadas en este tiempo es el cilantro. Casimiro cree que pronto encarecerá su precio en el mercado. 

En el caso de las flores, las margaritas puede costar en 30 pesos por racimo, pero hay veces que baja hasta 10 pesos, por la abundante demanda en Tixtla.

En los 30 años que lleva en la siembra, Casimiro ha pasado buenas como malas épocas no sólo con los costos, también con los desastres naturales, como las lluvias de 2013 con las que perdió sus cosechas y los motores que utiliza para el riego. Aun con todo lo ocurrido seguirá en este oficio que le concede a su municipio el lugar de productor de hortalizas y flores para la región Centro.

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Gobierno de Morelos le otorga galardón a guerrerense

Texto y fotografía: Amapola Periodismo

19 de abril del 2022

Chilpancingo

 

Delia Gamboa Guerrero, directora del IMSS en Cuernavaca, fue una de las personalidades que por su aporte, esfuerzo y compromiso con la ciudadanía recibió este martes el galardón de la Venera «José María Morelos y Pavón» por parte del gobierno del estado de Morelos.

Gamboa Guerrero, originaria de Chilpancingo recibió este reconocimiento de manos del gobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco Bravo en un acto que se desarrolló en el Centro Cultural Teopanzolco (CCT) en Cuernavaca, capital de esta entidad.

Este reconocimiento que recibió Delia Gamboa en la categoría de Servicio Público fue con motivo del 153 aniversario de la creación del estado de Morelos.

En esta ocasión otorgaron la distinción a los ganadores de 2021-2022, debido a que el año pasado no se pudo llevar a cabo la premiación derivado de las restricciones por la emergencia de la Covid-19.

El gobernador Cuauhtémoc Blanco expresó su reconocimiento a las galardonadas y galardonados por su valioso aporte a la sociedad.

A cada uno de los galardonados les entregaron una presea de plata ley 0.95 con la efigie de José María Morelos y Pavón en su anverso y en el reverso el escudo del estado de Morelos, además una roseta de oro en forma de botón con la misma efigie y la leyenda «Morelense de excelencia».

También les entregaron un diploma.

Al evento asistieron titulares de las diversas secretarías de la administración estatal así como los titulares de los poderes Judicial y Legislativo.

Las categorías de los premiados son: arte y cultura, deporte, desarrollo humanístico, desarrollo comunitario, educación investigación, justicia y derechos humanos, modernización tecnológica, salud, seguridad y medio ambiente, servicio público y valor civil.

En la categoría de deporte le otorgaron el premio póstumo a Pablo Larios Iwasaki quien fue portero del equipo de futbol de la selección nacional y jugador del Zacatepec.
Pablo Larios, falleció el 31 de enero del 2019.

La doctora Delia Gamboa Guerrero, una de las premiadas en la categoría Servicio Público tiene una larga trayectoria en el servicio público en el sector salud de Morelos.

 

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