Pobladores retornan a sus casas en la Montaña baja; surgen dudas de la versión de Cipog-Ez sobre agresores

En la imagen, en el momento en que las familias de Xicotlán están reunidas en la cancha del pueblo, al retornar después de días de desplazamiento. Foto: Margena de la O.

Familias regresan a sus pueblos después de vivir por unos días el desplazamiento forzado. Para los habitantes de Xicotlán, la agresión vino de arriba, es decir, de Alcozacán, en donde están asentados integrantes de Cipog. Se evidencia que los constantes hechos de violencia atribuidos a los grupos criminales de Los Ardillos y Los Tlacos han desarticulado a las comunidades. Las autoridades evaden su responsabilidad de explicar el origen y causas de la violencia en la Montaña baja.


Texto y Foto: Margena de la O 

Xicotlán, Chilapa

Viernes 15 de mayo del 2026


Rosa está en la cancha de la comunidad de Xicotlán, recién llegada de Coatzingo, un pueblo de al  lado cuesta abajo, donde se refugió con su familia, como la mayoría de lo habitantes, cuando huyeron por los disparos de hombres armados que les disparaban desde los cerros.

Es jueves 14 de mayo al mediodía. Cuando Rosa ve a los reporteros que llegan a cubrir su retorno, pregunta si la caravana de médicos también arribó. Trae ataviado en un rebozo a su hijo Francisco, de dos años, inconsciente por la temperatura que comenzó a subirle esta mañana. 

Pensó que los periodistas éramos servidores públicos. En ese momento, en el pueblo no había más que militares, guardias nacionales y algunos policías estatales que los acompañaron en su regreso, quienes también preparaban unas oficinas del Bienestar que hay en el pueblo para quedarse.

Rosa, que no se llama Rosa y que su hijo, tampoco es Fabián, sus nombres fueron cambiados para proteger su seguridad porque, como dijeron varios habitantes, el riesgo en que viven los pueblos nahuas de la subregión conocida como Montaña baja, de manera principal Chilapa, es grande. Esta madre y su hijo solo son dos de las 118 personas –según datos de la Secretaría de Gobernación en México– que volvieron a Xicotlán alrededor de las once y media de la mañana. 

Los ataques habrían comenzaron el 6 de mayo y eso expulsó de manera gradual a los habitantes de diferentes lugares de la zona nahua de Montaña baja. Por todo lo que atravesaron, los habitantes de Xicotlán no recuerdan con exactitud qué día salieron, pudo ser miércoles, jueves, viernes o sábado pasado.

La mayoría de los desplazados estaba en Coatzingo. Las primeras versiones proporcionadas por el Consejo Indígena Popular de Guerrero Emiliano Zapata (Cipog-EZ) indicaba que huyeron hacia Alcozacán, donde, en efecto, hay desplazados, pero era un grupo menor. Hasta este jueves quedaban 51 personas, según el comisario de Alcozacán, Lorenzo Coxihuite. Precisó que esta mañana salieron de su comunidad solo nueve personas.

Después de hablar entre ellos en el centro de la cancha, los habitantes de Xicotlán cargaron con las despensas y cobijas que servidores públicos del gobierno federal y estatal les dieron el martes y miércoles que fueron a visitarlos, y subieron a ver sus casas. Hasta el miércoles, la gobernadora Evelyn Salgado Pineda subió a reunirse con los desplazados junto a la secretaria de Gobernación, Rosa Isela Rodríguez, enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum.

Rosa, como otras personas recién llegadas, prefirió quedarse en la cancha, a ver si llegaba un médico que atendiera a su hijo. 

Las razones por las que habitantes se quedaron en la cancha en lugar de correr a sus casas eran diferentes. El de Rosa era su hijo, pero Amalia –que tampoco es Amalia– tenía miedo entrar a su vivienda de carrizos, porque no aguantaría un balazo más si volvieran a atacarlos; por esa misma razón huyó con sus hijos a pie por el monte la semana pasada.

Otros esperaban noticias de sus familiares, porque les llamaban por teléfono y no contestaban. Comenzó a correr la versión de que hay personas desaparecidas, porque cada quien tomó el rumbo que pudo.

 


Los habitantes recién llegados salen de la cancha y se dirigen a sus casas.

El reto de volver a abrir las puertas

Francisco va solo a casa para confirmar que todo esté en orden. Prefirió correr el riesgo solo, antes de que subieran su esposa, hija e hijo, todos adultos, quienes lo esperaron en la cancha del pueblo.

“No quisieron venir (su familia) porque están teniendo miedo, por eso me vine. Como están enfermas no pueden correr. Ya ahorita les voy avisar que no hay nadie y ya pueden entrar ellos”, dice con un español atropellado, porque su lengua materna es el náhuatl.

Su casa, que está a orilla de una calle del pueblo, sobre una lomita, la componen varios cuartos de tierra, madera y lámina. Cuando se asoma al primero que, por lo que se ve, es la cocina, dice: “Pos aquí todo bien”. Sigue por los demás y confirma que todo está como lo dejó el día que huyó hacia Coatzingo.

 


El momento en que Francisco llega a su casa después de refugiarse en Coatzingo.

Francisco sube a uno de los cuartos de su casa para abrir la puerta y cerciorarse que todo esté bien.

Francisco fue el último de su familia que salió de casa, porque su esposa e hijos huyeron un día antes hacia Alcozacán. Su rumbo fue hacia el otro lado, junto a la familia de su hermana María, que vive cerca.

María llegó a su casa, ubicada a unos metros de la de Francisco, directo a darle de comer a sus pollos, guajolotes y cerdos. Mezcló maíz molido con agua hasta hacer una masa densa. “Quería ver mi casita cómo está, a mis animalitos”, dice mientras le pone la masa y agua a sus aves domésticas.

La nuera de María, también presente, hace lo mismo y lamenta haber dejado a sus animales. “Nos fuimos por miedo, no porque queremos”, suelta mientras alimenta a unos pequeños pollos.

En el recuento de los perjuicios al volver, María tiene uno grave: no sabe nada de su hermano Bernardo, que también es de Francisco, porque nadie de la familia se ha comunicado.


 

María alimentó a sus pollos y guajolotes tan pronto llegó a casa.

La huida y un territorio atomizado

Los disparos que provocaron que los habitantes de Xicotlán huyeran, venían de los cerros, repiten todos los que fueron consultados sobre lo que pasó. Todos saben que les disparaban desde arriba pero no pudieron identificar a nadie. 

Arriba de Xicotlán está Alcozacán, un territorio donde tiene presencia e influencia el Cipog-EZ. La primera versión de los desplazamientos en la zona nahua de la Montaña baja fue proporcionada por el Consejo Indígena, y fortalecida por una serie de videos que circularon en redes sociales donde pobladores dijeron que estaban refugiados en Alcozacán y que hasta ahí llegaron Los Ardillos, uno de los grupos criminales que opera en esta subregión, incluida la cabecera municipal de Chilapa, de acuerdo con fuentes oficiales. 

Esta primera versión significa que los habitantes subieron en busca de auxilio. Lo que, de algún modo tenía sentido si huían de Los Ardillos, con una presencia férrea cuesta abajo hasta la cabecera de Chilapa.

Pero los habitantes de Xicotlán insistieron que los ataques a ellos, en particular, porque desconocen qué ocurrió en los demás pueblos, venían de arriba, por eso huyeron hacia Coatzingo, que está cuesta abajo.

Cuando los pobladores de Xicotlán hablan de la gente de arriba, en dirección hacia Hueycantenango, la cabecera municipal de José Joaquín Herrera, atribuyen la agresión a miembros del Cipog-EZ, que tiene relación con las guardias de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias–Pueblos Fundadores (CRAC-PF), un sistema de seguridad y justicia comunitaria que nació en 2014 en los pueblos nahuas de Montaña baja justo para defenderse de criminales. En mayo de 2015 está documentado en la prensa local el ingreso de Los Ardillos a la cabecera de Chilapa, y después de eso el sistema y seguridad comunitaria fue una resistencia.


En la imagen se ven los cerros desde donde habitantes de Xicotlán dicen que les disparaban los hombres armados.

En ese 2014, la mayoría de todos esos pueblos que hoy están en conflicto pertenecían a la CRAC-PF con el mismo propósito. Pero todo ha cambiado, contó uno de los habitantes de Xicotlán, quien denunció que Cipog-EZ, CRAC-PF y Los Tlacos, son los mismos. Los Tlacos es otro grupo criminal que opera en Guerrero.

El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, informó el martes anterior que el conflicto en la zona nahua de la Montaña “sí se deriva de dos grupos criminales, que son Los Ardillos y Los Tlacos”, pero que había pobladores que no tenían nada que ver con ellos.

Victoria, otra mujer a quien se le cambió el nombre por seguridad, dijo que su familia fue la última en refugiarse en Coatzingo –solo estuvieron los últimos dos días–, porque el primer día de los balazos huyeron hacia Alcozacán, pero volvieron al día siguiente a su casa en Xicotlán, porque sintió que simplemente no tenían a dónde ir, para donde le dieran había peligro. 

Para Victoria, también la Cipog-EZ está de lado de los agresores de su pueblo porque, según dijo, cuando venían de vuelta a pie a Xicotlán con la esperanza rota se toparon con armados de Los Ardillos y los dejaron pasar sin problemas.

Es decir, que mientras de un lado señalan a los otros como causantes de su desplazamiento, del otro responden con la misma acusación, pero cada uno con bandos diferentes, lo que tiene a la zona nahua fragmentada en partes pequeñas, aisladas y desarticuladas, en un territorio disgregado.

Falta de atención

El recorrido de estos días por Montaña baja hizo innegable los daños por la violencia reciente, con los habitantes en medio de todo. Tula, por ejemplo, un pueblo ubicado cuesta abajo, está despoblado. Las casas fueron quemadas.

María, acompañada de su esposo, una pareja que vive en Colotepec, subió la mañana de este jueves a Xicotlán, en el contexto del retorno de los habitantes, a buscar a su madre, de 85 años, que huyó a pie de su pueblo, Tula, después de los balazos. No estaba en Xicotlán, entonces los militares y los guardias fueron a buscarla a Alcozacán. 

La señora salió con dos de sus hermanas, también adultas mayores. De Tula a Alcozacán, es decir, cuesta arriba, son más de cinco kilómetros sobre una carretera que parece una brecha rural por su mal estado.

También es evidente la carencia de servicios y la falta de acceso que tienen los pobladores de la región. Rosa, la mujer del inicio del texto, nunca consiguió atención para su hijo. 

Hasta Xicotlán llegó una ambulancia después de que todos los habitantes que regresaron bajaron sus cosas, al igual que algunos empleados de los programas Bienestar. Cuando Rosa llevó a su hijo a la ambulancia para que lo atendieran, solo lo tocaron y le dijeron que era posible que tuviera alguna infección. No hicieron más porque no llevaban medicamentos. 

Rosa ya sabía que Fabián tenía algo, porque se quejaba de un dolor en la garganta, malestar que asoció a todo lo que vivieron: el susto y salir a prisa. Cuando huyeron de Xicotlán hizo caminar de a ratos a Francisco porque la caminata le agotaba y el niño estaba descalzo. Todos los miembros de su familia, esposo y cinco hijos, salieron solo con lo que llevaban puesto. 

La mujer untó a su hijo un tomate verde repleto de aceite para hacer que la temperatura le baje. El niño abrió los ojos después de horas tumbado en el rebozo de su madre, pero pronto comenzó a llorar y volvió a cerrar los ojos. 

Para entonces, a eso de las tres de la tarde, ya no había personal del Bienestar ni la ambulancia en Xicotlán. Apenas un día antes, la gobernadora y la secretaría de Gobernación les había prometido presencia permanente del gobierno federal.


 

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