Una travesía por la búsqueda de Yulissa y su familia en Acapulco

Alberto y Valentina, de 10 años, un reencuentro con final feliz, después de varios días que el abuelo no tuvo noticias de su nieta.
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Texto y foto: Marlén Castro

Acapulco

30 de octubre del 2023

 

A Yenny Reyes Marcial le flaquean las piernas y su ansiedad aumenta cuando está a punto de llegar a su objetivo.

–Tengo mucho miedo, –confiesa a Próspero Barrera, su esposo.

–Debes estar tranquila. Todos van a estar bien, –la reconforta.

La ansiedad de Yenny tiene mucho sentido. Es viernes 27 de octubre. Tiene tres días sin noticia de su hermana, desde el martes en la noche, cuando el huracán Otis entró a Acapulco, dejó de tener comunicación con Yulissa, debido a que se cayeron las señales de teléfono, internet y la ciudad completa se quedó sin energía eléctrica. Para el viernes, el gobierno tenía confirmadas 39 personas fallecidas y 10 desaparecidas.

Su hermana es madre de dos menores, una niña de 10 años y un bebé de 12 meses. El jueves y el viernes comenzaron a circular en las redes fotografías de personas desaparecidas y fallecidas durante el huracán. Algunas personas posteaban la foto de alguien y preguntaban si lo habían visto y otras avisaban de personas fallecidas sin identificar.

El jueves, Yenny y Próspero intentaron llegar a la casa de Yulissa por primera vez. Escucharon que los tramos de la Autopista del Sol y de la carretera federal que sucumbieron por las lluvias de Otis, ya habían sido habilitados. No lo pensaron, sólo tomaron su auto y salieron a buscar a su familia.

Yenny y Próspero llenaron la cajuela con algo de despensa, jugos, aguas, galletas, sardinas, atún, papel higiénico. Desde el miércoles comenzaron a llegar noticias de que las tiendas departamentales y las de conveniencia, como Oxxo, 3B y Netos, después de la destrucción de Otis, fueron saqueadas, así que se previnieron con algo de víveres para Yulissa, su esposo, su sobrina y su sobrino.

Salieron de Chilpancingo como a las doce y a las 12:40 llegaron a la entrada de Acapulco. “La Autopista ya estaba en buenas condiciones, no tuvimos problemas para llegar”, contó Próspero.

El problema comenzó en La Venta, la comunidad pegada al puerto. Desde ahí, la circulación fue lenta. De La Venta a la Zapata hicieron cinco horas. Como Yenny y Próspero, mucha gente se fue a Acapulco a buscar a su familia y otra tanta, después de los daños que dejó el huracán, quería salir del puerto. En la Zapata la situación se complicó aún más. Ahí estuvieron como una hora y media totalmente varados.

Cuando estaba a punto de dar las siete de la noche en el mismo punto, Yenny y Próspero tomaron la decisión de regresar. Acapulco era un caos y, sin luz, se sumió en una oscuridad profunda.

Segunda travesía

El viernes 27 de octubre, la Estrella de Oro reanudó las salidas a Acapulco. Yenny y Próspero decidieron intentarlo de nuevo, ahora en el transporte público. Se sumó Alberto, el abuelo paterno de Valentina, la niña de 10 años. Llegaron temprano a la terminal. No eran los únicos con la misma idea. La Estrella de Oro estaba llena de gente que quería llegar a Acapulco a saber de algún familiar. Lograron salir a las 09:45 de la mañana.

El autobús llegó al punto conocido como Paso Limonero alrededor de las 11:20.

“A partir de aquí el camino está muy complicado, quienes quieran bajarse, adelante”, indicó el operador del autobús. Una hora después varados en el mismo punto, la mayoría decidió bajarse.

Yenny, Próspero y don Beto se bajaron para moverse en el transporte local. El taxi estaba descartado, el día anterior, la pareja vio esa posibilidad. El chófer quería cobrar 1,500 pesos por acercarlos hasta donde las condiciones de las calles se lo permitieran.

El viernes corrieron con suerte, al cabo de unos 30 minutos de caminata, espacio en el que vieron a gente ir y venir con mercancías de diferente índole, hallaron un autobús. Esta no era su ruta y tampoco sabían qué camino iba a tomar. El mismo conductor, lo desconocía.

–Vamos a llegar hasta donde topemos. Son 20 pesos, –advertía al pasaje, el que sin pensarlo mucho se subió.

Una cuadra, dos cuadras, las que fueran eran buenas. El calor abrazaba y un polvo fino se pegaba a los rostros sudorosos.

Estas personas caminan en una de las calles de Acapulco para buscar a sus familiares, de los que no tienen noticias después del paso del huracán Otis. Entre ellas van Yenny, Próspero y Alberto.

La suerte jugaba de su lado. La ruta por donde circuló el autobús fue lo más cercana a su destino. Paró por completo en el puente de Ejido. De ahí, a caminar. El recorrido a pie acrecentaba los temores de Yenny. Las barrancas llevaban todavía aguas bravas. Las tiendas destrozadas. Las casas sin azoteas. Vidrios rotos. Las estructuras de estas casas en la calle. Árboles caídos. Carros varados. Mucho lodo.

La avenida Ejido seguía interminable en tales condiciones. En varias de las calles paralelas no pudieron subir por los árboles atravesados. Finalmente, la Calle 7, de la colonia Bella Vista, parecía despejada. Por ahí subieron. En la calle Santa Cruz doblaron a la izquierda.

Ahí, a pocos pasos del domicilio de Yulissa, alrededor de las dos de la tarde, Yenny flaqueó.

–Tienes que llegar. Ten fe, –aconsejó Próspero que parecía calmado.

Pero cuando dieron la vuelta, fue Próspero el que soltó un silbido alto, descontrolado. Al parecer, era costumbre avisar a la cuñada y los sobrinos de esta forma que llegaban.

Fueron unos segundos largos y unos silbidos para ensordecer.

Entonces, en el cuarto piso de un edificio blanco, se asomó Yulissa. Los vio y soltó una sonrisa de felicidad.

–¿Están bien?, –preguntaron todos desde abajo. -Sí, suban, –indicó Yulissa con entusiasmo.

Alberto y Valentina, de 10 años, un reencuentro con final feliz, después de varios días que el abuelo no tuvo noticias de su nieta.

Aparte del techo que se voló, los muebles que se mojaron, la comida que se le echó a perder por falta de refrigeración. Yulissa y sus hijos estaban bien. El abuelo pidió que Valentina se viniera con él a Chilpancingo para hacer más fácil la situación a Yulissa.

El retorno era lo que seguía. El último autobús salía de la terminal a las cuatro de la tarde. No había taxis, por lo menos no accesibles. Caminar rápido era la única opción. Desde este lugar estaban como a una hora de la terminal de autobuses.

Llegaron a las cuatro en punto, como si el tiempo se hubiera acomodado a la medida de sus necesidades, pero ya no hallaron boletos. Volvieron a caminar hasta hallar un taxi disponible que los llevó a la entrada. Ahí estuvieron cuatro horas parados, hasta que un autobús los subió, alrededor de las doce de la noche llegaron a Chilpancingo. Cansados, sudados con las piernas temblando por el esfuerzo. Felices. La desgracia, a ellos, no los tocó.

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