Texto:Margena de la O
Foto: Especial
Chilpancingo
Jueves 12 de marzo del 2026
Hoy, Raquel Martínez Lázaro cumple 23 años, y tu madre, Celia Martínez, tiene un mensaje para ti o para quien te haya visto o te tenga: “Si alguien lee esto y sabe dónde está, apiádense de esta madre y manden un mensaje anónimo. No quiero culpables, solo quiero a mi hija de regreso a casa”.
Raquel es la joven universitaria, alumna de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro), que está desaparecida desde el 27 de enero pasado, la última vez que tuvieron contacto con ella.
Su madre lo ha denunciado, esa tarde fue a reinscribir a su hermano al plantel de bachillerato que cursaba en esta ciudad (CBTIS 134) y después le llamó para decírselo. En esa llamada no hubo ningún indicio que alertara a Celia que algo le ocurría o que sería la última comunicación que tendrían. “Estaba muy contenta”, dice sobre esa llamada.
Este cumpleaños de Raquel, dadas las circunstancias, le remueven muchas emociones, porque recuerda cómo pasaron otros cumpleaños. El que más tiene presente es el de sus 18 años, porque después de nueve meses de cama se la arrebató a la muerte.
Pero las emociones que se hacen presente de manera intempestiva en la conversación, porque también las verbaliza, son el coraje, la impotencia, la frustración al no tener respuestas efectivas de la Fiscalía General del Estado (FGE), dependencia que, sigue pensando, no actuó con la celeridad necesaria durante las primeras horas para localizar a su hija.
Lo más reciente que logró es que mandaran la información de su desaparición a otros estados, para que la busquen, porque su teléfono celular, que sabe ya está sin actividad, marcaba fuera de Guerrero. Lo que tenía que confirmar la Fiscalía, menciona, es que el movimiento del teléfono móvil sea realmente el de su hija; el equipo lo puede traer cualquiera.
“A veces siento que a la Fiscalía simplemente no le importó ni le importa tu vida (la de Raquel). Después de tanto dolor, hoy no puedo llorar; siento coraje, siento impotencia, no entiendo nada. Los malos comentarios siempre están presentes, pero para mí sigues siendo mi bebé, estés donde estés”, es un párrafo de un texto que Celia escribió dirigido a Raquel por su cumpleaños y que comparte en entrevista.

El año pasado que cumplió 22 años, Raquel le pidió a su madre unos patines de regalo para aprender andar en la ciudad. En ese tiempo todavía vivían todos aquí, Celia y sus tres hijos; aún no le cambiaban su trabajo docente a Iguala.
Pero el cumpleaños especial, al menos es como lo asume Celia, es el de hace cinco años. Raquel se vistió con un largo vestido rojo quemado y una tiara. Partió su pastel acompañada de varios familiares, porque el festejo era más especial.
Raquel estuvo nueve meses grave. Cuando publicamos su desaparición se expuso que padecía de crisis de epilepsia, una condición que desarrolló de niña, después de la muerte de uno de sus tíos, en Tijuana, al intentar cruzar la frontera de Estados Unidos de manera ilegal. También que en busca de un mejor tratamiento durante la pandemia por Covid-19, le suministraron un medicamento que le provocó una reacción severa: quemó un porcentaje de sus órganos.
La aquí la primera parte de la historia de Raquel Martínez
Fue el síndrome Stevens-Johnson, que la dejó sin poder caminar por varios meses y con fuertes dolores por las quemaduras. “Pensé que un mes en el hospital y seis meses en andadera era el golpe más grande que nos podía tocar”, menciona Celia en el texto para su hija.
Para este cumpleaños no tenían plan específico para celebrarlo. Pero en alguna ocasión, Celia le dijo que le gustaría festejarles un cumpleaños a ella y a su hermana menor, quien es una niña, con una fiesta de princesas. Cuando se lo mencionó solo sonrió.
Raquel, como muchas personas jóvenes, tiene planes. Estos son algunos de los que compartió con su madre: en la escuela tenía previsto hacer una estancia de investigación en otra universidad del país durante el verano, su madre le había compartido la convocatoria Delfín, enfocada a jóvenes que cursan su licenciatura. En su carrera tenía interés en el derecho familiar y pensaba orientar la estancia a esa rama del derecho civil.
A Raquel le surgió el deseo de hacer la carrera universitaria en Derecho a finales de su bachillerato. Antes, su deseo estaba puesto en Filosofía y Letras, porque le gustaba escribir, hacía una especie de historietas; quería ser escritora.
En lo personal y en lo familiar, su madre sabía de su deseo de viajar por primera vez fuera país. El plan a corto plazo era que tramitaran su pasaporte para que en un verano, no muy lejano, visitaran Colombia.
Celia también recuerda a la Raquel niña, a quien define como amistosa, inteligente, inquieta. Le gustaba participar en los festivales de la primaria.
Pero las circunstancias la sitúan de golpe en su realidad actual, en la de una madre llena de incertidumbre, sin entender nada, que desconoce el paradero de su hija, de quien las autoridades siguen sin explicarle qué pasó. Y de pronto suelta:
“No importa lo que haya hecho o lo que esté haciendo ahorita, lo que quiero es tenerla. No sé ni siquiera qué está pasando, me imagino muchas cosas malas y, de repente, imagino que a lo mejor está bien. Pero dentro de todo, yo la quiero ver, tengo ese anhelo de volverla a ver y a abrazar, y platicar con ella otra vez, decirle que aquí estoy, igual que siempre”.













