Lucio Cabañas de mediador matrimonial a guerrillero

Emilia Agustín y Micaela Cabañas este domingo 3 de septiembre.

En 1957, Lucio Cabañas prestó su servicio social como maestro en la comunidad nahua de Zacatzonapa, municipio de Tixtla, ahí medió a favor de Sebastián Agustín para que su esposa Emilia Esteban, a quien había intentado golpear, regresara con él


Texto y fotografía: Marlén Castro

Chilpancingo 

 

-¡Está bien! ¡A ver pues, pégame…!

Dijo Emilia Esteban con voz sumisa, apenas perceptible, a Sebastián Agustín.

Uso ese tono de voz para que Sebastián, su esposo, se confiara. Ella ya tenía una piedra en la mano derecha para defenderse, la que ocultaba atrás de su espalda.

Sebastián, de 19 años, se fue contra Emilia, bajita, delgada, de apenas 14. Cuando la mano de Sebastián iba a tocar el rostro de Emilia, ella ágil, brincó para alcanzar la cara de su agresor y sorrajó la mano con todo y piedra contra su cara. De inmediato un borbollón de sangre surgió de los labios reventados y la mejilla abierta. El líquido purpura escurrió por la camisa y los pantalones.

Después de eso, Emilia se alejó y Sebastián se salió de la casa hecha de lodo y paja. De manera incomprensible, Sebastián, así como estaba fue a la casa de doña Natividad, la mamá de Emilia, a enseñarle cómo lo había dejado su hija.

Doña Natividad seguro habría sonreído, pues, justo eso, le había enseñado; a defenderse.

Emilia después de que Sebastián se salió, sin saber a dónde había ido, también se fue para su casa.

Tocó. Su madre tranquila, antes de dejarla entrar, advirtió: “Si te dejaste golpear, yo aquí te completo”.

No. Emilia estaba ilesa, pero su breve matrimonio con Sebastián, probablemente, había concluido.

Emilia Agustín y Micaela Cabañas este domingo 3 de septiembre.

Seis meses después

Sebastián fue varias veces a buscar a su mujer para que regresara.

Emilia, firme, despachaba a Sebastián de regreso. No iba a volver con él.

Una tarde, tocaron a su puerta. Salió Natividad a abrir. Era el maestro que hacia su servicio profesional en Zacatzonapa. Él y sus estudiantes habían terminado una fajina (trabajo comunitario colectivo). Preguntó por Emilia.

Lucio Cabañas, originario de Atoyac, municipio de la Costa Grande, estudió en la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, cuando aún se ingresaba desde la secundaria, de acuerdo con sus biógrafos, se graduó como maestro rural en 1964.

-Emilia te habla un joven, le dijo Natividad extrañada. Era el año 1957. Emilia no recuerda de qué mes.

-Soy Lucio. (Lucio Cabañas, entonces, de acuerdo con su biografía, tenía 19 años) ¿Tú eres Emilia? -preguntó el joven profesor rural.

Le dijo que había hablado con Sebastián y que estaba arrepentido y que él estaba ahí para interceder por él. Para que regresara con su marido y retomaran su vida de pareja.

-Y usté va a meter el lomo por mí, –recuerda Emilia que interpeló.

-No, ya no te va a volver a pegar, aseguró.

-Que yo no le pegué, ella me pegó a mí, aclaró Sebastián que para entonces estaba al lado de Lucio.

La platica siguió por un largo rato, hasta que Emilia, después de las razones de Lucio, aceptó regresar.

-Me regreso, está bien, pero si intenta alguna vez volverme a pegar, ahora sí ahí va a quedar, aseguró Emilia.

-Jajajaja, -recuerda Emilia que río el profesor rural, -eres canajita muchacha, pero está bien a una mujer no se le pega. A la mujer se le cuida, ya bastante sufren las mujeres porque no hay qué comer, porque no hay agua y hay que irla a buscar, para que encima de todo, el marido les pegue. No, eso no se hace, a una mujer no se le pega y si le vuelves a pegar ya escuchaste que es lo que te va a pasar.

-Que yo no le pegué, a mí me pegaron, insistía Sebastián en aclarar.

Lució Cabañas. Fotografía: Memoria Política de México

63 años después

Micaela Cabañas, hija única de Lucio Cabañas, saluda emocionada a Emilia Esteban, quien ahora tiene 79 años y vive en la segunda calle de la colonia del PRI, en Chilpancingo. Ella y Sebastián tuvieron ocho hijos y en su larga vida juntos, Sebastián nunca más intentó pegarle de nuevo. Uno de los ocho hijos de Emilia y Sebastián es el periodista Rogelio Agustín Esteban.

A Micaela Cabañas se le iluminan las ojos cuando escucha cómo su padre, un jovencito aún y cuando estaba lejos de hablarse de ello en México y en el mundo, era un defensor de los derechos de las mujeres.

Rogelio Agustín contó la anécdota de su mamá y papá con Lucio Cabañas a Nicolás Chávez Adame, coordinador de la Asamblea Popular de los Pueblos de Guerrero (APEG) y Nicolás se la contó a Micaela y, Micaela, quien conoce de su papá a través de los recuerdos de otros, porque ella nació el año que él falleció, en 1974, quiso escuchar de forma directa a doña Emilia.

En mayo de 1974, el Partido de los Pobres, liderado por Lucio Cabañas secuestró al entonces candidato a gobernador y senador priísta, Rubén Figueroa Alcocer, quien es liberado en septiembre y en diciembre del mismo año, después de varios enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla, Cabañas cae en combate.

Micaela llega a casa de Emilia Esteban acompañada de Diana Hernández, hija del luchador social Ranferi Hernández Acevedo, asesinado en 2017, ambas recibirán el próximo 13 de agosto la Presea Sentimientos del Pueblo, que se otorga de manera paralela a la presea que entrega el Congreso local en el aniversario de los Sentimientos de la Nación dictados por Morelos en Chilpancingo, en 1813. También va con ellas Nicolás Chávez.

Los ojos chiquitos y dormilones que se ven a Lucio Cabañas en las fotografías disponibles se repiten en Micaela y en el hijo de Micaela, o sea el nieto del guerrillero, quien también vino a la visita a escuchar algo del abuelo. Cuando ambos ríen los ojos se pierden en la frente amplia y los pómulos prominentes.

-¿Y cómo es que Sebastián consiguió que Lucio intercediera por él? -preguntan en la plática.

Doña Emilia, a pesar de los años, lo recuerda con claridad, aunque no lo vio de forma directa.

-Lucio tocó en la casa de mi marido para que le dieran algo de alimento para él y para sus estudiantes.

Sebastián ofreció lo que tenía, pero no había tortillas y no había quién las hiciera.

Entonces le contó que su mujer se había ido seis meses atrás y le pidió al maestro que lo acompañara a ir a hablar con su mujer para que lo perdonara.

El maestro accedió pero le hizo prometer algo.

-Yo voy y hablo y la convenzo, pero tú promete que nunca más intentarás pegarle de nuevo.

Sebastián, quien falleció en 2015, de 76 años, ofreció que nunca más le alzaría la mano a su mujer y lo cumplió.