El pequeño paso de la humanidad

La humanidad aquilató su lugar en el Sistema Solar con la llegada de Neil Armstrong a la Luna. El hombre descubrió su grandeza, pero también con ese suceso, se marcó un hito histórico.


 

Texto y fotografía: Paul Antoine Matos

26 de julio del 2019

 

Hace 50 años Neil Armstrong pisó la Luna. Se asombró ante el vasto infinito.

Por primera vez, el ser humano salió del pequeño punto azul, como le llamó el astrónomo Carl Sagan, a nuestro planeta, para mirarse como uno. El 20 de julio de 1969, la Tierra, dividida entre comunistas y capitalistas, con las revueltas del ‘68, los derechos civiles y Vietnam como telones de fondo, se unía para admirar la proeza más grande de la que hemos sido testigos hasta ahora.

Neil Armstrong dejaba el módulo lunar Eagle para pisar otro mundo, inhóspito y gris.

"Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad", imprimió para la historia el astronauta.

La gente ha perdido esa sensación de asombro cuando vuela. La mayoría de la gente ya no ve por la ventana de los aviones, ni se maravilla por las geografías, ríos, islas y montañas que están fuera. Estoy en un avión. Desde mi sitio, veo a muchos en la pantalla del asiento de enfrente, viendo una película o jugando un juego de mesa digital, otros duermen con sus audífonos puestos, unos más leen.

Hace poco más de un siglo volar era un sueño imposible. Hace 75 años un avión era accesible para unos cuantos privilegiados, como soldados, millonarios y aventureros. Ahora, en Estados Unidos, es fácil volar. Vengo a Washington DC invitado a un programa de periodismo, el Edward R. Murrow, para conocer a la prensa y sociedad estadunidense.

El avión aterriza de noche en Washington DC. Por la mañana camino por sus calles: la Casa Blanca se erige como símbolo del poder político, mientras los turistas la visitan, van y se toman fotos. También hay protestas que parecen estar ahí todos los días: a favor del muro en la frontera con México, por los derechos civiles, por Palestina.

En el National Mall, la avenida monumental, camino por los museos que recorren la historia de la Tierra: desde los dinosaurios hasta la Era Espacial.

El Museo Smithsoniano del Aire y Espacio tiene una réplica del módulo lunar Eagle, aquel que alunizó– término que define el descenso controlado de un vehículo sobre la superficie de la Luna– hace 50 años.

Es un escarabajo metálico con un fulgor estelar, plateado, negro y dorado. Tiene tres patas que se posan sobre el suelo. En una máquina-insecto, igual a ésta, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron lentamente a la Luna, mientras Michael Collins observaba en primera fila, desde el Apollo 11, sobrevolando a sus compañeros astronautas.

Un abuelo le cuenta a su nieto la historia de aquella noche en que se llegó a la Luna. Millones en la Tierra observaban atentamente sus televisores en blanco y negro.

El museo recorre la historia de la humanidad soñando con tener alas y poder volar, surcar los cielos y luego las estrellas.

Desde los hermanos Wright probando su primer modelo de aeroplano hasta los trajes de la era espacial, pasando por The Spirit of St. Louis, el avión usado por el piloto Charles Lindbergh para el primer vuelo trasatlántico de la historia, todo el registro del aire y espacio está en este museo. También los orígenes de la navegación, cuando era por mares para descubrir nuevos mundos dentro de este, explorando otras civilizaciones.

Desde niño me fascina mirar las estrellas. Recuerdo que, con seis años, acercándose el año 2000, le pedí a mi mamá una revista National Geographic sobre el origen del universo, con un mapa gigantesco mostrando el Big Bang. Por esa época se creaba la Estación Espacial Internacional que debió maravillar a la nueva generación pero quedó opacada por el terrorismo, el cambio climático y la incertidumbre económica en la que vivimos los millenials.

En el museo, una caricatura del New York Times, del 13 de octubre, 1957, muestra al Tío Sam –representación gráfica de Estados Unidos– siendo levantado de su cama a medianoche, por un sonido potente del espacio exterior. En la ventana, el primer satélite en órbita, el Sputnik soviético, suena: “¡Beep! ¡Beep!”. En la inscripción del cartón se lee: “¡despierto, por fin!”.

Fue cuando Estados Unidos se dio cuenta que perdía la carrera espacial frente a los soviéticos. El cosmonauta Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en el espacio, al circular la Tierra, entonces Estados Unidos quedaba aún más retrasado.

La carrera espacial inspiró a científicos rusos y estadunidenses y al presidente John F. Kennedy, quien el 12 de septiembre de 1962 dio uno de sus discursos más recordados.

“Nos encontramos en una era de cambios y retos… En una década de esperanza y miedo, en una era de conocimiento e ignorancia, al mismo tiempo. Mientras mayor es nuestro conocimiento, mayor es nuestra ignorancia”, dijo el ex presidente.

Seguimos en una era de esperanza y miedo, de conocimiento e ignorancia, en un mundo que intenta cambiar, pero que se resiste a reconocer su diversidad; el racismo y el miedo al otro siguen presentes. Ya no es la amenaza roja desde Rusia, ahora es el migrante y el otro a quien se le teme.

“Hemos prometido que (la luna y los planetas más allá) no serán gobernados por una bandera hostil de conquista, sino por una de libertad y paz. Hemos prometido que no veremos al espacio repleto de armas de destrucción masiva, pero sí con instrumentos de conocimiento y entendimiento”.

Kennedy, en ese discurso, lanzaba un doble mensaje: que Estados Unidos era una tierra de libertad y paz, distinto a lo que ofrecía la Unión Soviética, pero también proyectaba al espacio como un territorio libre de guerra, y cubierto por la ciencia en la búsqueda por mejorar a la humanidad.

La gente entra y sale del museo Smithsoniano del Aire y Espacio, cada año recibe 8 millones de visitantes, el equivalente a toda la población de Nueva York. Hay personas de 60 años que eran apenas niños cuando vieron a Armstrong pisar la Luna, y se convierten en los guías de las nuevas generaciones. La fascinación por el Universo persiste, a pesar de que hemos dejado de mirar al espacio.

 

Hay otros nacimientos: familias conscientes del cambio climático y el medioambiente

En Austin, Texas, fui invitado a una cena con una familia. Kathi, una mujer demócrata, preocupada por el medio ambiente, y Mark, su esposo, quien también ha sido parte de la política comunitaria, nos recibieron a mí; a Ale, una colega de Bolivia; y a Charles, nuestro guía.

Viven en una casa alejada de la ciudad, en el campo, rodeado de árboles y animales. Por el camino aparece un venado que corre a esconderse al escuchar el coche.

Mark era un niño hace 50 años. En una pared de su hogar tiene una réplica de la placa conmemorativa del alunizaje, y también otra que compró hace un par de años en una subasta. La placa la consiguió poco después de la llegada a la Luna, en una visita al Centro Espacial Kennedy de la NASA, en Cabo Cañaveral, Florida.

El librero de Mark está lleno de libros sobre el espacio, como Endurance, del astronauta Scot Kelly, quien pasó todo un año en la Estación Espacial Internacional, mientras su hermano gemelo Mark se quedaba en la Tierra. Ambos son parte de un experimento científico para ver las diferencias entre estar en órbita o en el planeta.

Mark y Kathi son personas preocupadas por el medio ambiente y que actúan para mejorar el mundo. Toman agua de lluvia y conducen un auto híbrido, han sido parte de los consejos del agua rurales en Texas que vigilan la extracción del manto acuífero y su conservación.

Les encanta recibir a gente de todas partes del mundo. Tienen un almanaque con todos los países y cada vez que tienen invitados, por medio de los programas de intercambio, les invitan a plasmar su firma indicando de dónde son. México y Bolivia estaban, también China, y naciones de África, Europa, Oceanía: su hogar es como mirar al planeta desde el espacio, sin esas fronteras ni divisiones.

Ese momento en que Mark, un niño, miraba junto a millones de personas hacia la televisión y hacia el cielo, imaginando a las tres personas al otro lado, a 384 mil kilómetros. En esa época nada parecía imposible.

“Llevamos a una persona al espacio, repetían nuestros padres y abuelos, cuando durante milenios nadie se imaginaba que pisar otro planeta era factible, o siquiera tenían el concepto de un planeta distinto al nuestro”. Ahora se había convertido en una realidad.

 

El mundo dejó de creer en la ciencia

El mundo creció. Logramos el sueño de llegar a la Luna y parecía que el espacio exterior sería la última frontera a cruzar. En 1972, la NASA dejó de enviar astronautas al satélite terrestre y se enfocó en la órbita. La Carrera Espacial fue ganada por los Estados Unidos y la Unión Soviética se quedó en tierra.

“Volveremos: con paz y esperanza”, dijo el comandante Eugene Cernan, las últimas palabras del ser humano en la Luna. La promesa para toda la humanidad.

Estados Unidos dominó el espacio, perdió dos tripulaciones en accidentes de transbordadores –el Columbia a principios del milenio y el Challenger en los 80’s–, y abandonó su asombro. Dejó de enviar naves al espacio y el Universo no era tan interesante, después de todo.

Se construyó la Estación Espacial Internacional, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea comenzaron a colaborar, se les sumó Japón, China y la India, y una serie de países menores alrededor del mundo.

El mundo dejó de creer en la ciencia. Regresaron los viejos espíritus del pasado, virales y mentirosos, que ponen el pie en cada pequeño paso que intentamos dar.

Dejar de soñar con volar, perder ese asombro de viajar en un avión o poder llegar a la Luna, de ir más allá de los límites conocidos, provocó que el oscurantismo se apropiase de vuelta de nuestros pensamientos. El cambio climático es real, la crisis global del medio ambiente es obvia, pero todavía hay gente, hasta gobernantes, que la niegan.

Compañías derraman ácidos en los mares del mundo, las selvas arden para ser deforestadas y construir más trenes y ciudades, el plástico se apodera de los océanos y cada vez el 2030 –año que las Naciones Unidas han advertido como límite para revertir una catástrofe global “irreversible”– está más cerca, pero las acciones se quedan en carpetas acumuladas en oficinas públicas y en los hogares de las personas que ya no usan popotes.

Personas como Mark y Kathi, inspiradas cuando niños por la proeza más grande del ser humano, son quienes mantienen esa mirada al cielo capaz de revertir la crisis ambiental, sus ojos se iluminan con la posibilidad de volar de nuevo entre planetas y volver a la Luna, llegar a Marte, ir más allá del Sistema Solar.

Durante mi viaje descubriría que el mundo es más complejo que la lucha entre dos poderes fácticos, la derecha y la izquierda, el capitalismo y comunismo. Como decía Kennedy, a mayor el conocimiento, mayor la ignorancia. Descubrí que es, a su vez, más simple: que, más allá, o a pesar, de sistemas políticos, la gente sólo quiere ser feliz.

Ese 20 de julio de 1969, en ese momento, tan minúsculo en el tiempo del Universo, pero tan gigantesco en la Humanidad, todo el mundo se detuvo para volverse uno.

 

 

 

 

 

 

 

Este trabajo fue elaborado por el equipo de Amapola. Periodismo transgresor. Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor.

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