Con el corazón en la tierra: comunidades que resisten al avance del concreto


En el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), la defensa de un área natural puede durar décadas. En el Mirador de San Isidro, la comunidad se organizó en 2026 contra un proyecto de diez torres y 200 departamentos; en el Bosque Nixticuil, la defensa del territorio acumula más de 21 años, y en Huentitán, colectivos llevan alrededor de 15 años enfrentando proyectos públicos y privados sobre zonas arboladas.

 Aunque cada conflicto tiene una historia distinta, los tres revelan una misma tensión en el Área Metropolitana de Guadalajara: las decisiones sobre el territorio suelen avanzar antes de que las comunidades tengan una participación real en ellas. En ese proceso aparecen patrones de despojo marcados por intereses económicos y omisiones gubernamentales que terminan afectando no solo a los espacios verdes, sino también a las comunidades que dependen de ellos.

Amparos, plantones, denuncias, reforestaciones y vigilancia constante del territorio se han convertido en algunas de sus herramientas. Sus testimonios también revelan decisiones tomadas con poca participación vecinal, áreas grises en la aplicación de las normas y obras que avanzan sobre el dicho de las comunidades. Este reportaje recorre tres resistencias del AMG para entender: ¿qué pasa cuando una ciudad crece a costa de sus áreas verdes y de quienes las habitan?


Texto: Daniela Arriaga, Mia Barrera, Jacob Norman y Lucio Lecuona/Zona Docs

Guadalajara

03 de noviembre


“Yo no le digo área verde al Nixticuil, le digo mi corazón, mi territorio, mi bosque” dijo Sofía Herrera, defensora del bosque Nixticuil desde hace más de 20 años.

El Área Metropolitana de Guadalajara se convirtió en el nuevo escenario de una disputa por el uso de las áreas verdes.. Los fraccionamientos, edificios, departamentos y establecimientos se están comiendo a los bosques y los parques. Espacios que no solo son columna del ecosistema de la zona sino también parte de los derechos de la ciudadanía y elementos fundamentales para una vida digna.

El Programa del Desarrollo Metropolitano del AMG 2024 (POTmet) plantea que las áreas verdes no deben entenderse como espacios aislados dentro de la ciudad, sino como parte de un sistema verde metropolitano integrado por áreas de alto valor ambiental y relevancia para la conservación de los ecosistemas. Dentro de este sistema, los bosques urbanos cumplen una función que rebasa el paisaje: son ecosistemas que contribuyen al bienestar de la población mediante servicios como la regulación de la temperatura, la retención de carbono, el control de la escorrentía, la recarga de aguas subterráneas, la formación de suelos y la reducción del ruido.

El instrumento también reconoce el valor cultural y recreativo de estos espacios, esto significa que forman parte de los lugares donde las personas conviven, se recrean y habitan la ciudad. Bajo esta perspectiva, conservarlas no significa únicamente mantener árboles o superficies sin construir, sino preservar una infraestructura ambiental que participa en el funcionamiento de la ciudad y en la calidad de vida de quienes la ocupan.

La protección de las áreas verdes está contemplada en distintos niveles de la legislación. La abogada y defensora del Bosque Nixticuil Ana Cabral, señala como una de las principales normas la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, que contempla procedimientos como la declaratoria de áreas naturales protegidas, además de la Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable. A nivel estatal se encuentra el Código Urbano del Estado de Jalisco, mientras que los municipios cuentan con reglamentos propios en materia ambiental y los ayuntamientos con reglamentos de construcción.

Sin embargo, Cabral advierte que la existencia de estas normas no garantiza por sí misma la protección del territorio: habla de leyes que pueden convertirse en “letra muerta” y de normas que dejan ciertos huecos que permiten otras interpretaciones o acciones. Para ella, parte del problema está también en que al decidir sobre estos espacios se privilegia su valor económico, antes que su relevancia ambiental, social y comunitaria.

Aunque México cuenta con un amplio marco jurídico para la protección ambiental, esta protección desaparece cuando se prioriza el crecimiento económico, como lo denuncian las defensoras e integrantes del Comité en defensa del Bosque Nixticuil Sofía Herrera y Ana Cabral. En los conflictos documentados dentro del Área Metropolitana de Guadalajara, las comunidades han recurrido a distintas acciones para defender los espacios que consideran parte de su patrimonio ambiental.


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¿Quién protege el territorio cuando la protección existe solo en el papel?

Desde julio de 2026, las personas vecinas del Mirador de San Isidro se organizaron para impedir la construcción de diez torres con capacidad para 200 departamentos destinados a policías, un proyecto impulsado por el Instituto Jalisciense de la Vivienda (IJALVI).

El predio, señalan quienes habitan, había sido destinado durante años como área verde y funciona además como zona de recarga natural de agua. La protesta comenzó con un campamento vecinal que posteriormente fue desalojado el 30 de julio por un operativo en el que participaron más de 100 elementos policiales que ingresaron durante la madrugada al predio para retirar las carpas y pertenencias del campamento. De acuerdo con los testimonios recogidos por medios de comunicación, la tensión escaló hasta el punto de la represión policial.

El Bosque Nixticuil, ubicado al norte de Zapopan, ha enfrentado distintas afectaciones durante más de 21 años. Conforme la urbanización ha avanzado alrededor de su territorio. Aunque una parte del bosque es un Área Natural Protegida, en sus límites se han construido fraccionamientos y desarrollos habitacionales que, de acuerdo con los testimonios recabados, han generado impactos como el vertimiento de aguas negras y residuos dentro del ecosistema. A esto se suman obras de infraestructura y ampliaciones de vialidades que han fragmentado el territorio, además del depósito de escombros provenientes de obras públicas.

El bosque abarca aproximadamente 2000 hectáreas, pero 500 fueron cedidas para el desarrollo de proyectos inmobiliarios “sustentables” y “sostenibles”, transformando una zona forestal por fraccionamientos con nombres que aluden a la naturaleza. Pero este cambio en el uso de la zona hace ruido en las comunidades, “pues es muy difícil que se sostenga esta estructura del desarrollo sustentable, porque justo el capitalismo para funcionar se vale de esa destrucción” comentan Ana Cabral y Sofía Herrera.

En Huentitán, la defensa de las áreas verdes se ha extendido por alrededor de 15 años y abarca distintos espacios amenazados por proyectos públicos y privados. Uno de ellos es el Parque Natural de Huentitán, un terreno de 11.5 hectáreas que la comunidad logró recuperar después de años de organización y que actualmente se mantiene como parque; otro se encuentra detrás del Zoológico Guadalajara, en una zona boscosa donde se proyecta una avenida que conectaría con Belisario Domínguez.



De acuerdo con Arturo Mendoza, integrante del colectivo ÚNETE Huentitán, esta vialidad tendría dos propósitos: aliviar el tránsito relacionado con la Arena Guadalajara y abrir esa zona a futuros desarrollos inmobiliarios. La Arena también forma parte del conflicto: Mendoza señala que el proyecto recibió alrededor de 22 hectáreas y que la organización mantiene un amparo vigente para proteger el arbolado de las áreas colindantes.

“La disputa, no termina con la construcción de un megaproyecto, sino con las transformaciones que este provoca alrededor: nuevas vialidades, estacionamientos, presión inmobiliaria y mayor intervención sobre el suelo todavía arbolado” explica.

En otro de los espacios protegidos por ÚNETE Huentitán existe un proyecto que consiste en construir 20 torres de departamentos de 24 pisos. Integrantes de la resistencia han reportado que existe la presencia de un ojo de agua dentro del área donde se planea construir. La impermeabilización del suelo, por lo tanto, no sólo transforma el espacio verde, sino que también puede alterar procesos naturales de infiltración y escurrimiento del agua. En el caso de Huentitán, y como menciona Arturo, las empresas llegan a acuerdos con las autoridades de gobierno en turno y no reciben ninguna sanción.

Estos son solamente tres conflictos en los que los intereses inmobiliarios se ponen antes que el patrimonio ambiental. El AMG ha vivido distintos conflictos alrededor de espacios verdes y proyectos de urbanización, pero cada vez son más recurrentes:

“Desde hace unos años para acá, estimo unos 20, unos 15 años más o menos para acá se ha acelerado mucho el crecimiento de la zona urbana, tanto de zonas que solían ser destinadas a cultivo, como las áreas verdes, incluso bosques, zonas forestales.” señala Violeta Meléndez, periodista medioambiental que ha acompañado estos movimientos desde su profesión.

Aunque cada conflicto ocurre en diferente contexto, en los tres aparecen coincidencias que permiten identificar un mismo patrón.

Primero, la consulta simulada, “un día van y entregan unos volantitos ahí como engañosos con tal de no alertar a la población de lo que va a suceder y ya de pronto la gente se entera porque ya están afuera con maquinaria, ya están desmontando vegetación, cuando realmente en ningún momento se les cita en tiempo y en forma para hacerles de su conocimiento” explica Violeta Meléndez.

Considera que estas formas de socialización pueden funcionar como una simulación de consulta. En San Isidro esto se repite casi palabra por palabra: brigadistas del partido Movimiento Ciudadano llegaron de forma “exigente” y hasta “soberbia” para repartir folletos con información sobre el proyecto a desarrollar, sin mesa directiva de la colonia ni diputada presente. Las personas vecinas hicieron preguntas, y la única respuesta que obtuvieron fue “esto va sí o sí”.

El bosque de Nixticuil documentó la misma lógica pero a través del uso de figuras legales como las Áreas Naturales Protegidas, las cuales existen en el papel, pero se “validan destrucciones” en medio de vacíos y recovecos dentro de las mismas leyes. En esta primera fase del patrón también aparecen los trámites “por debajo del agua”.

Violeta Meléndez explica que algunas decisiones pueden pasar casi desapercibidas: las permutas se aprueban “a oscuritas”, dentro de sesiones legislativas y como un asunto más entre muchos otros, sin que la ciudadanía conozca realmente lo que se está decidiendo.



En San Isidro, algo similar ocurre con la propuesta de intercambiar el predio en disputa por otro terreno, planteada entre el alcalde de Zapopan, Juan José Frangie Saade y el gobernador, Pablo Lemus como una posible solución al conflicto sin que las y los vecinos formaran parte de esa negociación.

Después ocurre la imposición y el uso de la fuerza policial y estatal. En San Isidro, entre 100 y 150 elementos de la policía estatal arribaron alrededor de las 2:00-2:30 am a desplazar a  4-5 personas de la resistencia, sin orden de desalojo, violentando a los, las y les vecines.

En Huentitán, el patrón se trasladó a los árboles mismos: tala nocturna con trituradoras para eliminar evidencias, calles cerradas para impedir registro fotográfico, es el mismo patrón: “hacerlo de noche, sin testigos, rápido” aplicado al territorio en vez de a las personas.

En Nixticuil se repite: “en un par de ocasiones nos topamos con gente armada que nos impedía el paso a la hora que íbamos a los incendios.” comenta Sofía Herrera. Sucede también el incumplimiento de resoluciones judiciales. En Huentitán el amparo conseguido por la resistencia ya había parado las obras del ayuntamiento y: “no paran, están incumpliendo la resolución del juez” afirma Arturo Mendoza. Esto se relaciona con el “estirar la liga” que describe Meléndez: aunque exista una resolución que ordene detener las obras, estas continúan avanzando y, mientras pasa el tiempo, el proyecto se vuelve cada vez más difícil de revertir.

A ello se suma el despojo y el cercamiento de las áreas.  En San Isidro: barreras negras y alambrado fueron colocados minutos después del desalojo, arrasando con la vegetación en tan solo 2 o 3 horas. En Huentitán: bardas y enrejados construidos de forma acelerada tras la tala nocturna, con “montajes” para simular que el terreno ya estaba ocupado.

En la tercera fase ocurren diferentes cosas. Una de ellas es que los terrenos terminan utilizándose para algo distinto de aquello para lo que originalmente fueron destinados.

El Código Urbano para el Estado de Jalisco establece condiciones y límites para que las áreas de cesión puedan ser intercambiadas por otros predios. Entre otras cosas, la autoridad debe justificar que el terreno dejó de ser útil para fines públicos y la permuta debe ser aprobada por los ayuntamientos. En San Isidro, el predio donado en 1995 por la constructora Nipro fue destinado para área verde y escuela; incluso, el propio ayuntamiento negó anteriormente un permiso para construir ahí por tratarse de una “zona no urbanizable”, Es decir, la misma autoridad que en un momento reconoció que el terreno no debía urbanizarse después permitió que se planteara un proyecto sobre él.

También aparece un problema de falta de responsabilidad entre las instituciones. Meléndez explica que dependencias como Procuraduría de Desarrollo Urbano (Prodeur), Procuraduría Estatal de Protección al Ambiente (Proepa) y Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) pueden aprovechar los “huecos legales” y la llamada “concurrencia de atribuciones” para pasarse la responsabilidad unas a otras y evitar intervenir o sancionar. Para la periodista, esto forma parte de una brecha más amplia entre lo que establecen las leyes ambientales y lo que realmente ocurre en su aplicación, atravesada también por prácticas de compadrazgo, negligencia y corrupción.

A su vez ocurre un impacto ambiental aceptado. Quienes defienden San Isidro y el Bosque Nixticuil coinciden en las consecuencias: pérdida de zonas de absorción de agua y desplazamiento de fauna. Además en Nixticuil y en Huentitán, hay una contaminación por aguas negras de nuevos fraccionamientos o establecimientos y uso del área verde como vertedero de escombros.

En todos los casos, la comunidad suele entrar en la toma de decisiones tarde, cuando ya tiene que organizarse para frenar una transformación del territorio que comenzó sin ella. La constante no es solamente la presencia de proyectos inmobiliarios, sino la aparición de organizaciones vecinales que intentan intervenir en las decisiones sobre el territorio.

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