Víctor Hugo Quecha Peza sembraba cuatro hectáreas de cempasúchil y cresta de gallo; este año solo pudo con una. Cultivadores del Istmo cuentan que la sequía mató la flor de quienes no tienen pozo y que el ramo costará más para el altar de Día de Muertos.
Texto: Diana Manzo/ Página 3
Oaxaca
28 de octubre del 2026
Los campos de Puente Madera, en el Istmo de Tehuantepec, están pintados de amarillo y guinda: los campesinos están listos para cortar cempasúchil y cresta de gallo, como cada año. Pero este 2026 las lluvias escasearon, cuentan, y solo quienes pudieron regar con agua de pozo lograron salvar su cultivo.
Una hectárea de cuatro
Víctor Hugo Quecha Peza siembra flor de muerto desde hace 14 años. Cada año cultiva cuatro hectáreas; en esta ocasión solo pudo con una, y eso, dice, es muy valioso, porque más que un negocio se trata de una tradición que repite año con año, aunque el cambio climático los afecta cada vez más.
«Ahora sí estuvo difícil, casi no llovió, nuestras flores las regamos con agua de pozo, pero mira, sí se lograron», cuenta. Para regar, excavó un pozo en su terreno y reparte el agua con manguera. Explica que quien no tiene esa posibilidad perdió su cosecha: la flor se murió por la sequía. Tampoco, añade, el agua de riego que viene de la presa Benito Juárez los benefició este año.
Más de treinta campesinos de la localidad siembran cempasúchil y cresta de gallo, y para ellos, dice, no hacerlo «sería un pesar».
«Vender las flores de cempasúchil y cresta de gallo no es negocio, pero lo hacemos porque es herencia para nosotros.»
Un ramo más caro
«Ahora tenemos la flor cara, o al menos eso pienso», dice Víctor Hugo. Cada ramo lo vende en 20 o 25 pesos y las floristas locales lo revenden hasta en 35 o 40. El año pasado estuvo más económico, explica, pero esta vez la lluvia también los afectó: primero llovió poco y, al final de la cosecha, dañó gran parte del cultivo.
La familia entera y el altar
Para la siembra, el corte y la venta se une toda la familia. Mientras Víctor Hugo recorre el cultivo revisando que las flores sigan fuertes y sin plaga, su esposa y su suegra las eligen y las arman en ramos. Su esposa los lleva a vender a los mercados de Juchitán y de Tehuantepec, y también llegan compradores directamente al campo, porque ya saben, dice, que ahí encuentran flor buena.
Víctor Hugo cuenta con orgullo que sus flores viajarán varios kilómetros para adornar los altares de cientos de personas. En la tradición de los binnizá, los zapotecas del Istmo, las almas llegan a convivir con los vivos en su hogar del 24 al 31 de octubre.
Mientras esperan que las pocas cosechas se vendan y cubran de color las ofrendas de las familias zapotecas, los campesinos hacen los últimos arreglos: algunos juntan tierra a las plantas, otros riegan con mangueras los surcos y otros desmontan lo que no creció. Además de flor de muerto, en el resto del año cultivan camote, maíz, jitomate y flores como margaritas y azucenas. En sus hogares, las yuntas de buey están listas para recorrer los surcos y las mujeres no dejan un solo día de hacer tortillas de totopo.
Del surco al altar






Este es un texto original de Página 3, un medio independiente de Territorial-Alianza de Medios, de la cual formamos parte, y lo reproducimos con su autorización.














