Cafetería El Edén: un espacio de encuentro y buen café en la capital de Guerrero

Aspecto de la matriz de la cafetería El Edén, ubicada en la colonia Ruffo Figuera, en Chilpancingo

Sus granos son cosechados en las tierras que crían uno de los mejores cafés de la entidad. La prioridad de sus creadores es la calidad, por encima de todo


Texto y foto: Beatriz García

Chilpancingo

Viernes 20 de febrero del 2026


En una mañana de febrero, en la colonia Ruffo Figueroa, afuera de la cafetería El Edén unas 10 personas, entre oficinistas, profesores y deportistas hacen fila en espera de que den las 7:30 de la mañana, para que el establecimiento abra sus puertas.

Este sitio, con 16 años de historia, es conocido en la ciudad como el lugar donde se consume uno de los mejores cafés, proveniente de la Sierra de Atoyac de Álvarez, Guerrero.

Llegó la hora, abren las puertas de la cafetería. Mari, la encargada del establecimiento, ubicado en la avenida Vicente Guerrero, y el resto de las empleadas se apresuran. Los clientes empiezan a pedir americanos, espressos y capuchinos.

De inmediato el aroma a grano de café tostado impregna y enciende los sentidos, como un interruptor biológico por la mañana.

El Edén abrió en 2010. Joaquín Gómez Zamora, quien falleció el 26 de noviembre pasado, dejó una herencia a su familia de un legado que, en realidad, comenzó hace 75 años en la Sierra de Atoyac.

Joaquín murió a los 91 años, después de dedicarle la mayor parte de su vida a la siembra, cosecha y venta de café.

Cilvia Gómez Reina, de 62 años y Diego Adame Gómez de 31 años, la hija y el nieto de Joaquín, son quienes impulsan El Edén, ya con dos sucursales en la ciudad. La segunda es más pequeña y reciente; abrió en 2020, en avenida Ignacio Ramírez, en el centro de la capital.



 

Los cafetales en la familia

Gómez Reina comenzó con la adquisición de huertas de café en Atoyac, municipio de la Costa Grande, tierras conocidos por proveer de los mejores cafés de Guerrero, además de productora de los granos más grandes.

Desde los 15 años Joaquín se involucró en la producción del café en las huertas de su madre y padre, localizadas en la Pintada, un poblado de Atoyac productor de café. Ellos vivían en Izotepec, municipio de Heliodoro Castillo, en la región Centro, pero comunicados por la Sierra Madre del Sur. Se transportaban los cafetales en bestias, como burros,  mulas y caballos.

El café que sembraban y cosechaban lo vendían en los beneficios, punto de compra masiva de grano de café que cosechaban las familias locales.

Joaquín tenía una comisión dentro de la labor familiar, iba a municipios de la región Montaña a contratar personas que quisieran trabajar a los cafetales.

Pasó el tiempo, la madre y el padre de Joaquín le vendieron las huertas. Ahora era el dueño.

Se hizo adulto y se casó con Gudelia Reyna, y permanecieron en Izotepec hasta que nació su primera hija, que llamó Cilvia, cuando cumplió tres meses de nacida se mudaron a Chilpancingo. Pero las huertas no las abandonó.

A Joaquín siempre le gustó el trabajo del campo y entonces se mudó a la comunidad de Cajelitos, en Chilpancingo, donde crío animales de granja al mismo tiempo que atendía sus cafetales en la Pintada.

En los noventas hubo una crisis en los precios del café.

A finales de 1989 en México desapareció el Instituto Mexicano del Café (Inmecafé) que regulaba el cultivo, beneficio y comercialización del grano en el país, además establecía precios, lo que provocó que estos cayeran, entraran productores de otros países y los cafeticultores locales ya no pudieron cubrir sus costos de producción, muchos tuvieron que abandonar el cultivo o migrar.

Joaquín vendió sus huertas.

Pasó el tiempo, pero Joaquín aun tenía la actividad asumida, empezó a comprar costales de granos de café a productores de Atoyac que conocía, para traerlos a vender a la región Centro.

Sus primeras ventas fueron en el tianguis dominical de Chilapa, hace unos 18 años. Las ventas no fueron buenas, porque la población de esa zona consumía el café comercial, o sea, envasado y soluble; quienes tomaban de grano consumían a productores de la región.

No desistió, siguió en el café.


Don Joaquín junto a su máquina para tostar café.

Regalo de un cliente a don Joaquín. La colocó en la cafetería que atendió en la Ruffo Figueroa


 Cafetería El Edén

El murmullo de diferentes conversaciones y la fragancia del café son dos distingos  de la original cafetería El Edén. Aquí no hay conexión a internet, entonces, los clientes dialogan, leen, conviven.

Esta cafetería, con dos niveles en la actualidad, las mesas y sillas son de madera y en las paredes hay pinturas alusivas a las plantas de café y a los granos. Los colores son cálidos, destacan los marrones.

Es un ambiente sobrio, natural, orgánico, solo con lo necesario para estar bien. El Edén más que distraer con el lugar, ofrece calidad en el café, lo que no todos los establecimientos ofrecen.

El Edén para quienes no lo sepan, es el nombre de otra comunidad de la Sierra de Atoyac, que goza también del prestigio de tierras que crían buen café.

El café que se vende en esta cafetería proviene principalmente de la localidad de El Edén, y otro poco de otras localidades también de Atoyac como La Pintada y El Paraíso, todas ellas reconocidas por la producción de granos.

La voz popular señala al café El Edén como uno de los sitios donde se toma un buen café y a un buen precio. Aurelia, antes de entrar a la escuela donde labora procura pasar a la cafetería de la Ruffo Figueroa para que le llenen su termo, “es el mejor café de Chilpo”, suelta.

Cilvia y Diego recuerdan la vez que don Joaquín, después de regresar de Chilapa, ideó vender café en la capital.

Rentó el local y comenzó a vender café de grano. Su primer tostador era manual, tenía un molino y una báscula.

El primer día de venta le fue mal, un hombre llegó y le robó, pero dicen que era resistente y siguió hasta que empezaron a llegar los clientes.

Diego dice que desde que recuerda el atractivo de la cafetería es el penetrante olor a café.  Fue la primera cafetería de la ciudad donde exhibían el grano de café cuando lo tostaban y molían.

Agradaba también a los clientes la amabilidad y la habilidad de Joaquín para entablar una plática. Hizo muchos amigos como el señor Lupe o la doctora María Fernanda y su esposo Fernando.

Ante la demanda de la venta de granos, Joaquín adquirió una cafetera percoladora para ofrecerle a sus clientes la bebida lista, porque además se lo pedían. Los clientes aumentaron y al año comenzó a equipar el establecimiento, adquirió una máquina de café espresso, y contrató más personal.

La prioridad en El Edén es el café: cuidar los granos que ingresan al establecimiento para que no absorban otros sabores y su calidad persista, por esa razón no ofrecen alimentos, solo algunos postres, galletas y pan.

Hace seis años, para hacer espacio en la cafetería, la tostadora de café se la llevaron a otro sitio, pero el aroma dulce e intenso de los granos siempre está presente.

Antes de El Edén en Chilpancingo, la familia Gomez Reina tuvo otra cafetería, la que fundó Cilvia junto con su hermano Bernardo en el 2010, en Cuernavaca, Morelos. En la actualidad persiste, con el nombre Cafetería Arábica, en alusión a la especie de café más cultivada y valorada del mundo. El legado que su padre incluye conocer la historia del café.

Allá venden café de Atoyac, y de otros sitios del país que también gozan con prestigio de buen café, como Veracruz, Oaxaca y Chiapas.


Atención al cliente en la segunda planta de la cafetería El Edén, de la colonia Ruffo Figueroa

La segunda sucursal de El Edén

En la cafetería de Ignacio Ramírez se escucha cómo pesan los granos de café. Después, los pasan a una máquina de molienda que rítmicamente quiebra cada grano, y el olor también impregna el ambiente.

La cafetería del centro, que es más pequeña, funge, sobre todo, como un punto de venta para quienes van de prisa al trabajo, a casa u otro sitio y quieren llevar un vaso de buen café.

La idea de montar una segunda sucursal de la cafetería surgió porque en 2016.

Cilvia, que vivía en Cuernavaca, empezó a venir seguido a Chilpancingo hasta que se mudó. La salud de su padre se deterioró y tenía que acompañarlo al médico.

Cuando regresó a esta capital le impresionó ver cada mañana las largas filas, “como en las  tortillerías”, afuera de la cafetería original. Vio la posibilidad de tener su propio negocio de café. Su padre le sugería que lo abriera en el mercado Baltasar R Leyva Mancilla, pero no quiso. Consiguió un local dentro del mercado San Francisco, en el 2018, donde estuvo dos años.

En el 2020 le ofrecieron el de la avenida Ignacio Ramírez, donde permanecen.


Segunda sucursal de la cafetería El Edén, en la colonia centro de Chilpancingo.

 

Clientes esperando turno en la segunda sucursal de la cafetería El Edén


Relación c
alidad y precios

Una particularidad del café de El Edén es sin duda el buen sabor, pero también sus precios.

Cilvia acepta que de las bebidas de café no se obtiene mucha ganancia, pero en el grano sus ventas aumentan, aunque sus precios también son justos. “Muchas veces van por un kilo de café y también piden un capuccino, un pan, es decir, se llevan algo más, entonces vas vendiendo cantidades de poquito en poquito”.

Decenas de clientes han pasado por El Edén, justo por la calidad y los precios del café. Algunos clientes ya murieron, señala Silvia, otros más recuerdan a su padre como un hombre amable y que siempre tenía un tema de conversación. “como el señor que me saludó”, era amigo de mi papá y lo conoció como cliente”.

La hija de Joaquín sabe de clientes que cuando van a la capital antes de irse a sus municipios pasan a comprar café de grano, como la familia de Mónica que religiosamente pasa por su bolsa de café recién molido cuando viene a Chilpancingo de Chilapa.

Laura, otra clienta, asegura que el único café que consume es el de grano y suele comprarlo en el Edén; en ocasiones aprovecha para sentarse a tomar una taza.

A inicios de este año, los precios del café de grano en El Edén aumentaron –lo suben cada dos años–, pero las bebidas siguen en los mismos precios.

Cilvia asegura que si estuviera su padre no permitiría que aumentaran los precios de manera abrupta. Entonces, en respeto de su memoria, dice Diego, lo precios no son elevados

Los granos de café que venden en El Edén son arábicas, la principal especie que se cultiva en el mundo y de mayor antigüedad.

Entre las variedades de granos y tostados que hay en las dos sucursales está el oro natural, granos que se ponen a secar con todo y cáscara, así como se cortaron; el caracolillo que proviene de plantas de más edad y que está en sus últimos ciclos de producción; el prima lavado, grano que antes de secarlo se extrae su pulpa, y el cubano, aquel que por su tueste queda más oscuro.

Conforme avanzan los minutos, las mesas y sillas de la cafetería de la Ruffo Figueroa se llenan y así permanecen durante toda la mañana. El aroma del café prevalece que el reloj marca las 20:00 horas, cuando la  jornada terminó. La rutina vuelva al día siguiente.


Cilvia en el mostrador de la matriz de la cafetería El Edén

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