“Moverse entre violencias: ser mujer y migrar en México”

 


En los últimos años, el tránsito de mujeres migrantes por México se ha incrementado de manera sostenida, en un contexto marcado por la violencia en los países de origen, el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos y la precariedad de los sistemas de protección en las rutas migratorias. De acuerdo con datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México corresponden a mujeres, muchas de ellas acompañadas por hijas e hijos.

Este reportaje documenta, a través de testimonios de mujeres migrantes y de especialistas, las distintas violencias que enfrentan antes de salir de sus países, durante su tránsito por Centroamérica y México, y en su llegada a territorios como Jalisco. Secuestros, extorsiones, violencia sexual, discriminación institucional y obstáculos para el acceso a derechos básicos forman parte de un entramado que convierte la movilidad humana en una experiencia de alto riesgo para miles de mujeres.


Por Nubia Villaseñor / @nubiavillaseñor (IG), Grecia Zamarripa / @greciazamaa (IG), Paola Del Río / @pao.delrio (IG), Montserrat Aburto / @montse.aburtoo, Valeria Álvarez / @vale_alpez y Sofia Arana / @sofia.aranaa (IG)

Fotografías: Mario Marlo/@Mariomarlo


Para muchas mujeres migrantes, la frontera más difícil no es la que se cruza con los pies, sino la que se cruza con el miedo. Antes de salir de sus países, se enfrentan a una violencia tan cotidiana y extrema que migrar deja de ser un proyecto y se convierte en una necesidad de supervivencia. La certeza brutal de que, si se quedan, la vida puede acabarse no solo para ellas, sino también para su familia.

En Venezuela, Alba lo entendió mucho antes de empacar una parte de sus cosas. La vigilancia, la presión institucional y el acoso laboral habían dejado de ser señales aisladas: se habían vuelto un mensaje directo del Estado hacia ella y muchos otros. Pertenecía al grupo de venezolanos que no estaban de acuerdo con el Gobierno y lo pagó con sospechas, recortes y hostigamientos.

La denuncia que presentó no la protegió. Al contrario, la colocó en una posición aún más vulnerable. Con las elecciones venezolanas  del 2025 a la vuelta de la esquina, Alba sintió que la ciudad en la que había vivido toda su vida cambiaba de temperatura.

“Aquí va a suceder un desastre y pues así fue, hay miles de personas que están desaparecidas, otros están detenidos en condiciones infrahumanas en sótanos donde no tienen luz ni sol, no tienen derecho a que el abogado converse con ellos. Y lo pensé muy bien y dije yo me voy”.

Salir no fue un acto impulsivo. Fue una conclusión dolorosa: quedarse era más peligroso que cruzar la selva del Darién -ubicada entre el sur de Panamá y el norte de Colombia-  es conocida por los riesgos extremos que enfrentan quienes la cruzan: presencia de animales ponzoñosos y salvajes, condiciones naturales hostiles y el control que ejerce el crimen organizado, que cobra por permitir el paso.

En ese lugar, Alba tuvo que enfrentar policías desconocidos, dormir en lugares improvisados o avanzar por carreteras donde nadie responde por nadie. Tomó a sus dos hijos, de 14 y 28 años, y comenzaron una ruta terrestre que prometía ser larga, pero no imaginaban qué tan oscura podía llegar a ser.

Apenas cruzaron a Colombia enfrentaron la primera extorsión. Alba lo recuerda con la conciencia fría del que aprende rápido las reglas del camino: “Gracias a Dios ahí tenía dinero”.

Sabía que, sin pagar, no seguirían. Y sabían también que estaban solos: la ley en tránsito es débil, impredecible y, a veces, parte del mismo riesgo.

Pero lo verdaderamente inimaginable para ella llegó en México, un país del que nadie le habló con la crudeza necesaria. Venía mentalizada para atravesar dificultades, pero no para vivir lo que vivió.

En cuestión de horas fue secuestrada junto a su familia en Suchitlán. Pasó cinco días con un grupo que la movía de un lugar a otro, prostíbulos simulados, moteles, habitaciones de paso. La sometían, tocaban y amenazaban.

“Estuve cinco días secuestrada donde hacían la simulación de ir a un prostíbulo y después ir a un motel donde me metían las manos a mis partes, me rompían el sostén y entonces así estuve hasta que tenía los 12,000 dólares y nos dejaron ir”.

Ese horror, donde los cuerpos de las mujeres se convierten en territorio de intercambio o de castigo. En 2024, la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem) documentó que entre las mujeres migrantes registradas en sus albergues, los tipos de violencia denunciados en su tránsito incluyen secuestro (50.8 %), agresiones físicas (31 %), violencia sexual (14.3 %) y tortura psicológica (9.5 %).

Según el Instituto para las Mujeres en la Migración, A.C. (IMUMI): “la violencia de la que están escapando no termina en el cruce de una frontera, sino que las va persiguiendo a lo largo de su tránsito”. 

México suele representar el punto más crítico, como lo resume Mariangel Vielma mujer migrante de Venezuela e integrante de Caminantas, la cual es una organización en Guadalajara que acompaña y orienta a las mujeres migrantes y refugiadas: “Muchas personas nos han reportado que han hecho el viaje completo desde Colombia, cruzando el Darién, Panamá y llegan a México, y dicen que la parte más difícil es México”.

En esas condiciones, denunciar no es una opción real. Las mujeres que viajan sin papeles enfrentan la paradoja de necesitar protección de un sistema que, en la práctica, las excluye. Alba lo expresa así:

“Si fuera por mí denunciaría, pero quién resguarda la integridad de mi familia y de mis hijos, aun cuando yo ya tenga un permiso de permanencia o voto o una identidad aquí, ¿realmente van a ocurrir acciones o sencillamente va a haber una resolución en contra mía?”

El miedo a denunciar no sólo nace de la desconfianza institucional: proviene también de la experiencia empírica de quienes desaparecen sin dejar rastro, como explica Gauri Porras Co-directora ejecutiva de FM4 Paso Libre (organización que en Jalisco ofrece atención humanitaria, jurídica y psicosocial a personas migrantes en tránsito y refugiadas dentro del estado): “ya no es necesario borrarles la identidad, porque están sin identidad”. 

Para personas en tránsito, no figurar en el sistema significa estar al margen, incluso, de su propia desaparición. Y aun así, el motivo que las empuja a huir suele ser más grande.

Para algunas mujeres es escapar del crimen organizado, de un esposo violento, del abuso sexual, de la censura, del hambre o del simple estancamiento en un país sin futuro posible para ellas o para sus hijos. Migran porque quedarse significa morir de alguna forma y migrar significa al menos intentarlo.

Estos hechos —la combinación de violencia social de origen, violencia en ruta, violencia sexual, secuestros, extorsiones y desapariciones— muestran que migrar implica jugarse la vida con la esperanza de salvarla. La migración forzada ocurre entre la necesidad de encontrar un lugar seguro y el riesgo constante del camino: para muchas mujeres no se trata de buscar una vida mejor, sino de mantenerse con vida. Salen porque las condiciones en sus países son más peligrosas que cualquier ruta, y el objetivo es tan básico como urgente: sobrevivir. Tal y como quería hacerlo Alba.

 México y Guadalajara como punto de tránsito prolongado

El mapa migratorio en México ha cambiado. En los últimos años, el país ha presenciado el incremento del flujo de mujeres en situación de movilidad humana. De acuerdo con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México, desde hace al menos una década, son de mujeres.

Es decir, el 40% de las solicitudes de asilo”, explica Miriam González, coordinadora de IMUMI. Aclara que esta presencia ayuda a entender la migración con otros matices:

“Las mujeres han estado vinculadas a la migración históricamente. Muchas quizás no realizaron directamente los procesos migratorios, pero siempre ha habido un vínculo cercano, y eso genera dinámicas distintas”. 

Estas dinámicas tienen múltiples raíces: Las personas migran por diversos temas, en mi caso fue toda la situación de mi país. Yo me fui de Venezuela porque ya era muy complicado vivir”, menciona Mariangel Vielma.

El panorama de la migración en el país revela un movimiento que se ha extendido y diversificado. Según los registros disponibles del Gobierno Federal, la mayoría de las mujeres en situación migratoria, por lo menos en el 2024, son principalmente de Sudamérica y Centroamérica, siendo países como Venezuela, Ecuador, Honduras, Colombia y Guatemala los principales lugares de origen de las personas migrantes.


Mapa mundial del origen de las mujeres migrantes registradas en el país por “Eventos de personas en situación migratoria irregular en México en 2024 por país de origen”.

En este contexto, emerge otro panorama para las personas en situación de movilidad humana en su paso por México: los tránsitos prolongados. 

Ahora el país se ha convertido también en un territorio de espera y es que la llegada de nuevas políticas migratorias de Estados Unidos ha impuesto un cambio en las dinámicas de movilidad, ocasionando que las personas migrantes tengan que aplazar, en la mayoría de los casos, su estancia en los países que inicialmente eran de paso.

De acuerdo con la investigadora Iliana Martínez, del Programa de Asuntos Migratorios del ITESO, con el cambio de administración, los programas para pedir asilo en EU fueron cancelados, por lo que las personas ahora tienen que reformular sus planes migratorios”. 

Además agrega que parte de estos cambios incluye evaluar si la mejor opción es cruzar sin documentos o quedarse en México bajo protección internacional. Esto ha modificado profundamente los planes y posibilidades de quienes migran.

El cambio ha transformado la estancia de migrantes en los distintos estados de la república como Jalisco, que ha dejado ser únicamente un punto de paso.

Karina Arias, también investigadora del ITESO, lo resume así:  En Jalisco se dan las cuatro facetas de la movilidad humana: es un estado de origen, de tránsito, de destino y ahora también de retorno”. 

En Guadalajara, estas funciones dan paso a entenderlo como una ciudad con distintas oportunidades, como educativas y laborales. Mariangel comenta que: algunas mujeres migran aquí por estudios y porque es un lugar donde hay empresas transnacionales que buscan a gente de todas partes, muy especializadas en ciertas áreas”. 

Sin embargo:

“muchas veces, cuando no tienes apoyo, se pueden aprovechar de ti en estas áreas, y la gente también pues agarra el trabajo que encuentra. Vamos a estar claros que aquí en México se trabaja muchas horas y la remuneración, por lo menos en Guadalajara, no es alta”, afirma. 

Estas experiencias que reflejan la complejidad de permanecer en un territorio desconocido y ahora este tránsito prolongado, abren distintas situaciones, pues la realidad es que para las migrantes, el llegar y permanecer en México significa enfrentar riesgos que surgen desde el desplazamiento de su región, en el proceso de tránsito y en la llegada al país.



Mujeres y familias, el cambio en el perfil migratorio

En la última década, la migración en México se ha transformado. Lo que antes se percibía como un fenómeno masculino ahora incluye cada vez más a mujeres que viajan solas, mujeres que sostienen a sus familias y familias enteras que se mueven juntas.

 

Este cambio, observado en albergues, así como en los testimonios y organizaciones civiles, responde a motivos diversos: conflictos políticos, desigualdad, falta de acceso a la educación, el crimen organizado, crisis económicas, desplazamiento forzado, persecuciones y, como es evidenciado en este trabajo, también se da a causa de la violencia de género, pues de acuerdo a los datos recabados por REDODEM de mujeres que ingresan en albergues en México, algunas razones que motivaron su migración fueron: la violencia doméstica, así como el haber sido víctimas de agresión y violencia sexual.

“Moverse entre violencias: ser mujer y migrar en México”

#Reportaje

En los últimos años, el tránsito de mujeres migrantes por México se ha incrementado de manera sostenida, en un contexto marcado por la violencia en los países de origen, el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos y la precariedad de los sistemas de protección en las rutas migratorias. De acuerdo con datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México corresponden a mujeres, muchas de ellas acompañadas por hijas e hijos.

Este reportaje documenta, a través de testimonios de mujeres migrantes y de especialistas, las distintas violencias que enfrentan antes de salir de sus países, durante su tránsito por Centroamérica y México, y en su llegada a territorios como Jalisco. Secuestros, extorsiones, violencia sexual, discriminación institucional y obstáculos para el acceso a derechos básicos forman parte de un entramado que convierte la movilidad humana en una experiencia de alto riesgo para miles de mujeres.

Por Nubia Villaseñor / @nubiavillaseñor (IG), Grecia Zamarripa / @greciazamaa (IG), Paola Del Río / @pao.delrio (IG), Montserrat Aburto / @montse.aburtoo, Valeria Álvarez / @vale_alpez y Sofia Arana / @sofia.aranaa (IG)

Fotografías: Mario Marlo/@Mariomarlo

Para muchas mujeres migrantes, la frontera más difícil no es la que se cruza con los pies, sino la que se cruza con el miedo. Antes de salir de sus países, se enfrentan a una violencia tan cotidiana y extrema que migrar deja de ser un proyecto y se convierte en una necesidad de supervivencia. La certeza brutal de que, si se quedan, la vida puede acabarse no solo para ellas, sino también para su familia.

En Venezuela, Alba lo entendió mucho antes de empacar una parte de sus cosas. La vigilancia, la presión institucional y el acoso laboral habían dejado de ser señales aisladas: se habían vuelto un mensaje directo del Estado hacia ella y muchos otros. Pertenecía al grupo de venezolanos que no estaban de acuerdo con el Gobierno y lo pagó con sospechas, recortes y hostigamientos.

La denuncia que presentó no la protegió. Al contrario, la colocó en una posición aún más vulnerable. Con las elecciones venezolanas  del 2025 a la vuelta de la esquina, Alba sintió que la ciudad en la que había vivido toda su vida cambiaba de temperatura.

“Aquí va a suceder un desastre y pues así fue, hay miles de personas que están desaparecidas, otros están detenidos en condiciones infrahumanas en sótanos donde no tienen luz ni sol, no tienen derecho a que el abogado converse con ellos. Y lo pensé muy bien y dije yo me voy”.

Salir no fue un acto impulsivo. Fue una conclusión dolorosa: quedarse era más peligroso que cruzar la selva del Darién -ubicada entre el sur de Panamá y el norte de Colombia-  es conocida por los riesgos extremos que enfrentan quienes la cruzan: presencia de animales ponzoñosos y salvajes, condiciones naturales hostiles y el control que ejerce el crimen organizado, que cobra por permitir el paso.

En ese lugar, Alba tuvo que enfrentar policías desconocidos, dormir en lugares improvisados o avanzar por carreteras donde nadie responde por nadie. Tomó a sus dos hijos, de 14 y 28 años, y comenzaron una ruta terrestre que prometía ser larga, pero no imaginaban qué tan oscura podía llegar a ser.

Apenas cruzaron a Colombia enfrentaron la primera extorsión. Alba lo recuerda con la conciencia fría del que aprende rápido las reglas del camino: “Gracias a Dios ahí tenía dinero”.

Sabía que, sin pagar, no seguirían. Y sabían también que estaban solos: la ley en tránsito es débil, impredecible y, a veces, parte del mismo riesgo.

Pero lo verdaderamente inimaginable para ella llegó en México, un país del que nadie le habló con la crudeza necesaria. Venía mentalizada para atravesar dificultades, pero no para vivir lo que vivió.

En cuestión de horas fue secuestrada junto a su familia en Suchitlán. Pasó cinco días con un grupo que la movía de un lugar a otro, prostíbulos simulados, moteles, habitaciones de paso. La sometían, tocaban y amenazaban.

“Estuve cinco días secuestrada donde hacían la simulación de ir a un prostíbulo y después ir a un motel donde me metían las manos a mis partes, me rompían el sostén y entonces así estuve hasta que tenía los 12,000 dólares y nos dejaron ir”.

Ese horror, donde los cuerpos de las mujeres se convierten en territorio de intercambio o de castigo. En 2024, la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem) documentó que entre las mujeres migrantes registradas en sus albergues, los tipos de violencia denunciados en su tránsito incluyen secuestro (50.8 %), agresiones físicas (31 %), violencia sexual (14.3 %) y tortura psicológica (9.5 %).

Según el Instituto para las Mujeres en la Migración, A.C. (IMUMI): “la violencia de la que están escapando no termina en el cruce de una frontera, sino que las va persiguiendo a lo largo de su tránsito”. 

México suele representar el punto más crítico, como lo resume Mariangel Vielma mujer migrante de Venezuela e integrante de Caminantas, la cual es una organización en Guadalajara que acompaña y orienta a las mujeres migrantes y refugiadas: “Muchas personas nos han reportado que han hecho el viaje completo desde Colombia, cruzando el Darién, Panamá y llegan a México, y dicen que la parte más difícil es México”.

En esas condiciones, denunciar no es una opción real. Las mujeres que viajan sin papeles enfrentan la paradoja de necesitar protección de un sistema que, en la práctica, las excluye. Alba lo expresa así:

“Si fuera por mí denunciaría, pero quién resguarda la integridad de mi familia y de mis hijos, aun cuando yo ya tenga un permiso de permanencia o voto o una identidad aquí, ¿realmente van a ocurrir acciones o sencillamente va a haber una resolución en contra mía?”

El miedo a denunciar no sólo nace de la desconfianza institucional: proviene también de la experiencia empírica de quienes desaparecen sin dejar rastro, como explica Gauri Porras Co-directora ejecutiva de FM4 Paso Libre (organización que en Jalisco ofrece atención humanitaria, jurídica y psicosocial a personas migrantes en tránsito y refugiadas dentro del estado): “ya no es necesario borrarles la identidad, porque están sin identidad”. 

Para personas en tránsito, no figurar en el sistema significa estar al margen, incluso, de su propia desaparición. Y aun así, el motivo que las empuja a huir suele ser más grande.

Para algunas mujeres es escapar del crimen organizado, de un esposo violento, del abuso sexual, de la censura, del hambre o del simple estancamiento en un país sin futuro posible para ellas o para sus hijos. Migran porque quedarse significa morir de alguna forma y migrar significa al menos intentarlo.

Estos hechos —la combinación de violencia social de origen, violencia en ruta, violencia sexual, secuestros, extorsiones y desapariciones— muestran que migrar implica jugarse la vida con la esperanza de salvarla. La migración forzada ocurre entre la necesidad de encontrar un lugar seguro y el riesgo constante del camino: para muchas mujeres no se trata de buscar una vida mejor, sino de mantenerse con vida. Salen porque las condiciones en sus países son más peligrosas que cualquier ruta, y el objetivo es tan básico como urgente: sobrevivir. Tal y como quería hacerlo Alba.

 México y Guadalajara como punto de tránsito prolongado

El mapa migratorio en México ha cambiado. En los últimos años, el país ha presenciado el incremento del flujo de mujeres en situación de movilidad humana. De acuerdo con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México, desde hace al menos una década, son de mujeres.

Es decir, el 40% de las solicitudes de asilo”, explica Miriam González, coordinadora de IMUMI. Aclara que esta presencia ayuda a entender la migración con otros matices:

“Las mujeres han estado vinculadas a la migración históricamente. Muchas quizás no realizaron directamente los procesos migratorios, pero siempre ha habido un vínculo cercano, y eso genera dinámicas distintas”. 

Estas dinámicas tienen múltiples raíces: Las personas migran por diversos temas, en mi caso fue toda la situación de mi país. Yo me fui de Venezuela porque ya era muy complicado vivir”, menciona Mariangel Vielma.

El panorama de la migración en el país revela un movimiento que se ha extendido y diversificado. Según los registros disponibles del Gobierno Federal, la mayoría de las mujeres en situación migratoria, por lo menos en el 2024, son principalmente de Sudamérica y Centroamérica, siendo países como Venezuela, Ecuador, Honduras, Colombia y Guatemala los principales lugares de origen de las personas migrantes.

Mapa mundial del origen de las mujeres migrantes registradas en el país por “Eventos de personas en situación migratoria irregular en México en 2024 por país de origen”.

En este contexto, emerge otro panorama para las personas en situación de movilidad humana en su paso por México: los tránsitos prolongados. 

Ahora el país se ha convertido también en un territorio de espera y es que la llegada de nuevas políticas migratorias de Estados Unidos ha impuesto un cambio en las dinámicas de movilidad, ocasionando que las personas migrantes tengan que aplazar, en la mayoría de los casos, su estancia en los países que inicialmente eran de paso.

De acuerdo con la investigadora Iliana Martínez, del Programa de Asuntos Migratorios del ITESO, con el cambio de administración, los programas para pedir asilo en EU fueron cancelados, por lo que las personas ahora tienen que reformular sus planes migratorios”. 

Además agrega que parte de estos cambios incluye evaluar si la mejor opción es cruzar sin documentos o quedarse en México bajo protección internacional. Esto ha modificado profundamente los planes y posibilidades de quienes migran.

El cambio ha transformado la estancia de migrantes en los distintos estados de la república como Jalisco, que ha dejado ser únicamente un punto de paso.

Karina Arias, también investigadora del ITESO, lo resume así:  En Jalisco se dan las cuatro facetas de la movilidad humana: es un estado de origen, de tránsito, de destino y ahora también de retorno”. 

En Guadalajara, estas funciones dan paso a entenderlo como una ciudad con distintas oportunidades, como educativas y laborales. Mariangel comenta que: algunas mujeres migran aquí por estudios y porque es un lugar donde hay empresas transnacionales que buscan a gente de todas partes, muy especializadas en ciertas áreas”. 

Sin embargo:

“muchas veces, cuando no tienes apoyo, se pueden aprovechar de ti en estas áreas, y la gente también pues agarra el trabajo que encuentra. Vamos a estar claros que aquí en México se trabaja muchas horas y la remuneración, por lo menos en Guadalajara, no es alta”, afirma. 

Estas experiencias que reflejan la complejidad de permanecer en un territorio desconocido y ahora este tránsito prolongado, abren distintas situaciones, pues la realidad es que para las migrantes, el llegar y permanecer en México significa enfrentar riesgos que surgen desde el desplazamiento de su región, en el proceso de tránsito y en la llegada al país.

Foto: Mario Marlo.

Mujeres y familias, el cambio en el perfil migratorio 

En la última década, la migración en México se ha transformado. Lo que antes se percibía como un fenómeno masculino ahora incluye cada vez más a mujeres que viajan solas, mujeres que sostienen a sus familias y familias enteras que se mueven juntas.

Este cambio, observado en albergues, así como en los testimonios y organizaciones civiles, responde a motivos diversos: conflictos políticos, desigualdad, falta de acceso a la educación, el crimen organizado, crisis económicas, desplazamiento forzado,  persecuciones y, como es evidenciado en este trabajo, también se da a causa de la violencia de género, pues de acuerdo a los datos recabados por REDODEM de mujeres que ingresan en albergues en México, algunas razones que motivaron su migración fueron: la violencia doméstica, así como el haber sido víctimas de agresión y violencia sexual.

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Mariangel, explica que hace 10 o 15 años “la migración que se veía era puro hombre”, pero hoy es evidente el aumento de mujeres que viajan solas o acompañadas de toda su familia.

Este cambio, asegura, responde a presiones extremas: la violencia política, la inseguridad y las crisis económicas, circunstancias que  han vuelto “invivible” la vida cotidiana en los países de origen, empujando a familias enteras a abandonar sus hogares. En otros casos, comenta: son madres jefas de hogar quienes migran solas, dejando a sus hijos al cuidado de abuelas, tías o hermanas”. 

Aunque muchas mujeres migran por violencia o necesidad, también existen trayectorias marcadas por estudios, becas y oportunidades académicas. Sin embargo, incluso en estos casos, las mujeres enfrentan barreras legales, económicas y simbólicas que complejizan su integración en México.

Marina, originaria de Lima, Perú, desde niña sabía que quería estudiar fuera: Siempre fui muy ñoña, o como decimos en Perú, chancona. Me gustaba aprender, viajar y saber más”. 

Su primer acercamiento a México fue por una estancia de investigación, eligió Guadalajara porque buscaba un ritmo menos asfixiante que el de una capital. “Quedé enamorada del plan de estudios y de toda la dinámica”, con el tiempo logró estabilidad, aunque sigue enfrentando retos cotidianos como los traslados: Para entrar a las ocho tengo que tomar el camión a las cinco y media”.

A la par está la historia de Laura Mahecha, médica originaria de Bogotá, Colombia:

“Vine a estudiar la especialidad en pediatría, fue por una beca, y aunque tuve el privilegio de migrar por estudios, no fue fácil”. 

Fue la única extranjera en su especialidad y eso complicó su adaptación: “Hablábamos el mismo idioma, pero no entendía muchas cosas. Yo decía términos que aquí no se usan. Ahorita ya me adapté, pero al principio sí fue duro”.

A esa adaptación profesional se sumaron estereotipos y violencias simbólicas vinculadas a su nacionalidad. Normalizas mucho el cuidarte. Ser colombiana implica muchos clichés”, explica.

Esa hipersexualización aparece en redes, en la convivencia cotidiana e, incluso, en su entorno laboral: A veces hacían chistes pasados de tono, como si todas las colombianas fuéramos calientes”. 

También percibe trato desigual en espacios como aeropuertos: Siento que a mí me revisan más que a otros extranjeros”. Por eso Laura, muchas veces, modifica su forma de hablar o de presentarse para pasar desapercibida.

El nivel educativo y la condición económica también influyen en las posibilidades de integración. En el caso venezolano, por ejemplo, han migrado tanto mujeres con estudios superiores como mujeres jóvenes con escolaridad básica, lo que condiciona su inserción laboral en México.

Heriberto Vega Villaseñor  investigador del albergue El Refugio Casa del Migrante, ubicado en Tlaquepaque, Jalisco, confirma esta tendencia. Desde su apertura en 2011, la presencia femenina ha aumentado: si al inicio solo representaban el 5%, hoy llegan mujeres solas, con hijos y familias completas. La llegada de núcleos familiares refleja una problemática mayor en el lugar de origen”.

Instituciones como Casa del Migrante Scalabrini A.C. (Institución que acoge y prepara a migrantes solicitantes de refugio, y connacionales deportados de Estados Unidos, ofrece acompañamiento psicológico, legal y atención humanitaria) también observan que, si bien, casi no llegan mujeres adultas mayores, hay muchas niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres adultas en movilidad.

“Hubo situaciones en las que fui muy vulnerable como mujer jóven” comenta Laura Lopez, originaria de Colombia, cuyo desplazamiento comenzó desde su adolescencia en búsqueda de su supervivencia, en esta búsqueda tuve la oportunidad de acceder a una educación de bajo costo y de calidad en el municipio de Manizales al oeste de Colombia”. 

Sin embargo, en esta ciudad fue víctima de delitos de violencia de género. Su búsqueda en torno a la estabilidad continuó hasta que tuvo la oportunidad de un intercambio académico: Decidí buscar un país que estuviera cercano y en donde se hablara español, entre esos estaba México”.

En Jalisco, las nacionalidades se han diversificado, además de la presencia histórica de centroamericanos, han aumentado los grupos venezolanos, colombianos y haitianos. La investigadora Iliana Martínez, comenta que a partir de 2018, con las caravanas, comenzó a hablarse de la feminización y familiarización de las migraciones”, que son mujeres solas, madres con hijos y familias completas que forman parte de desplazamientos masivos que ya no duran días, sino semanas o meses.

Siguiendo los registros de Redodem, esta diversidad de nacionalidades, al menos en los distintos albergues socios, incluye países como: Brasil, Ecuador, Perú, Honduras y Nicaragua, entre otros.

Mujeres migrantes que ingresaron a albergues socios de la Redodem

El cierre de la frontera estadounidense con la llegada de Trump en 2025, la saturación de las solicitudes de asilo y el aumento del cobro por parte de traficantes orillan a muchas personas a quedarse varadas en México.

De acuerdo con el reporte anual estadístico de 2024 de Redodem, las mujeres migrantes viajan acompañadas por una mayor proporción de menores, especialmente niñas de 0 a 10 años.

En 2024, el 85% viajó con su familia y solo el 20% lo hizo sola. Esta carga de cuidados profundiza la desigualdad, sin apoyos, les resulta casi imposible trabajar o rentar una vivienda.

La llegada de más mujeres migrantes a Jalisco evidencia una realidad migratoria que ha cambiado de forma significativa: mujeres que huyen de violencias extremas, familias que escapan de contextos invivibles y niñas que transitan rutas peligrosas.

La combinación de violencia de género, discriminación estructural y ausencia de apoyos en cuidados impide que las mujeres migrantes se integren plenamente, incluso cuando desean quedarse, trabajar y construir una vida segura. 

Muchas mujeres en situación de movilidad humana huyen de violencia familiar, de género, económica, sexual o psicológica en sus países de origen, pero vuelven a vivir situaciones violentas durante su tránsito, dificultando el acceso a la justicia y la protección. Este trayecto es especialmente vulnerable, donde el miedo y la amenaza son constantes, tanto en espacios públicos como en los entornos más íntimos.

“No es un secreto que el paso más complicado donde se vulneran a los migrantes, sobre todo a las mujeres, es el paso por México. Se les vulnera ya sea por delincuencia organizada o por autoridades corruptas y pues sí, la invisibilización y las violaciones tanto físicas como a sus derechos”, explican integrantes de Casa del Migrante Scalabrini.

Las mujeres en tránsito sufren extorsiones constantes por parte de autoridades a lo largo de sus rutas migratorias. Aunque la aparición de las caravanas migrantes después de 2018 aparentó ser una forma más segura de migrar, en ocasiones, se presentan situaciones de violencia dentro de estos mismos grupos, incluso, cometidas por compañeros migrantes:

“Hasta octubre del 2018, lo que nosotras habíamos encontrado es que las mujeres hacían una migración a través de carretera y esto implicaba que esos viajes a veces se vinculaban con alguna persona, como algo con algún trailero, por ejemplo, que les aseguraba este intercambio (sexual)”, precisa Miriam González. 

Por otro lado, Mariangel comenta que ser mujer te expone a violencias distintas, te sientes más vulnerable, especialmente, en un país donde no conoces nada, no tienes redes de apoyo ni sabes cómo resolver las cosas, y donde alguien que parece ofrecerte una mano amiga también podría ser quien te meta en problemas.



Violencias que enfrentan las mujeres migrantes en el tránsito 

De acuerdo con datos del informe de Redodem, el crimen organizado fue señalado en el 62.7% de los secuestros, consolidándose como el principal agresor de personas migrantes en tránsito, en 2024.

“Las mujeres están muy expuestas a las mafias internas que trafican con sus cuerpos en un mercado negro presente en México y otros países” Mariangel destaca esta situación. 

En casos más específicos, las víctimas de trata requieren protección y asesoría jurídica especializada. Heriberto comenta que en ocasiones se les otorga protección discreta para que el trámite legal no las exponga.

Tipos de violencia que sufren las mujeres durante proceso de migración

En 2024, el secuestro fue la violencia más mencionada por mujeres migrantes, con 32 casos reportados, hecho de suma importancia al no haberse documentado en 2023. La extorsión, en cambio, disminuyó notablemente en los reportes. También se registraron aumentos significativos en tortura psicológica (9.5%), violencia sexual (14.3%) y agresiones físicas o verbales (31.7%), con incrementos con respecto al año previo.

Además de la violencia directa, las mujeres migrantes enfrentan condiciones particulares de vulnerabilidad, como la amenaza relacionada con la presencia de sus hijos, o las dificultades para recibir atención médica y educativa. La invisibilización y la falta de rutas oficiales para buscar a mujeres migrantes desaparecidas agravan aún más estas situaciones. 

La complejidad de esta violencia hace que muchas mujeres lleguen mentalizadas para enfrentarse a la condición de estar expuestas a abusos o a tener que negociar su protección a través de intercambios no deseados, comparte Scalabrini.

Asimismo, el personal de Scalabrini comenta que el problema de la desaparición es especialmente grave debido a la falta de documentación oficial de mujeres migrantes. Muchas mujeres desaparecidas no se contabilizan ni son localizadas porque no se tiene registro de ellas, algunas pueden encontrarse atrapadas en redes de trata sin que nadie se entere. La violencia que enfrentan las mujeres migrantes en tránsito es diversa, constante y se manifiesta de forma sistémica y estructural.



¿Y cómo es el panorama para las mujeres migrantes en Jalisco?

La violencia no solo se queda en el tránsito, la violencia cruza fronteras como fue el caso de Alba quien migró con su hijo de 14 años, quien estaría en secundaria; sin embargo, no puede acceder a esta educación ya que no cuenta con una identificación oficial, lo cual desencadena una serie de violencias institucionales.

La Ley de Protección y Atención de los Migrantes en Jalisco promulgada en 2016  establece que el acceso de las infancias a la educación debe de garantizarse sin discriminación. Cuando un niño que migra con su madre cabeza de familia no tiene acceso a continuar su educación, la madre se enfrenta a complicaciones laborales y de cuidados.

La familiarización de la migración ha colocado nuevas preguntas en las políticas públicas, FM4 en 2024 tuvo una composición de 40% hombres, 40% mujeres y 20% niños, niñas y adolescentes. Actualmente reporta tener alrededor de 21 infancias en el albergue. 

En Jalisco existe una carencia de políticas públicas de cuidado no solo para madres mexicanas, sino también para madres en situación de movilidad humana, lo que agrava la situación.

Mariangel Vielma identifica los siguientes obstáculos para una buena inserción en la ciudad: acceso a guarderías, impacto laboral, falta de documentación, rezagos en la escuela y complicaciones de inscripción, aspectos que la actual legislación no contempla.

Aunque las madres estén en proceso de regularización, el Estado no acepta a los niños en guarderías porque carecen de un documento oficial que los identifique:

 “La falta de identificación oficial para los niños migrantes es como un castillo, donde la CURP es la llave maestra. Si no tienen esa llave, se les niega la entrada a servicios básicos como las guarderías y las escuelas, lo que a su vez encierra a sus madres en casa, impidiendo su integración económica en Guadalajara”, comenta Karina Arias. 

Pese a las reformas a las normas de control escolar (2015) y a la Ley General de Educación (2017) que buscan la igualdad en el acceso a la educación, siguen existiendo trabas para la inscripción de niñas, niños y adolescentes migrantes, incluso, para algunos nacidos en México cuyos padres son extranjeros, comparte Miriam de IMUMI.

Esto impide que las madres puedan trabajar formalmente, acceder a vivienda digna, servicios de salud y ser sustento de sus hijos, lo que en algunos casos hace aún más fuerte la dependencia económica hacia sus parejas.

Organizaciones como FM4 están trabajando con  DIF Jalisco para que las guarderías puedan recibir a los NNA en situación de movilidad humana sin requerir inmediatamente un documento probatorio de identidad, permitiendo a las madres buscar empleo e integrarse, así comenta Gauri Porras.

Por otra parte, los niños que sí logran acceder a la educación, se enfrentan a un rezago escolar, ya sea por la brecha entre los temas y las experiencias a las que se enfrentan, lo que coloca una responsabilidad más en el proceso de educación en la mamá.

Caminantas identifica estos retos por lo que proponen actividades en las que las madres puedan vender y trabajar mientras sus hijos están en talleres, esta organización ofrece esa red de apoyo que tanto necesitan las madres migrantes alrededor de todo el país donde constantemente se enfrentan a una violencia institucional.



“Moverse entre violencias: ser mujer y migrar en México”

#Reportaje

En los últimos años, el tránsito de mujeres migrantes por México se ha incrementado de manera sostenida, en un contexto marcado por la violencia en los países de origen, el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos y la precariedad de los sistemas de protección en las rutas migratorias. De acuerdo con datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México corresponden a mujeres, muchas de ellas acompañadas por hijas e hijos.

Este reportaje documenta, a través de testimonios de mujeres migrantes y de especialistas, las distintas violencias que enfrentan antes de salir de sus países, durante su tránsito por Centroamérica y México, y en su llegada a territorios como Jalisco. Secuestros, extorsiones, violencia sexual, discriminación institucional y obstáculos para el acceso a derechos básicos forman parte de un entramado que convierte la movilidad humana en una experiencia de alto riesgo para miles de mujeres.

Por Nubia Villaseñor / @nubiavillaseñor (IG), Grecia Zamarripa / @greciazamaa (IG), Paola Del Río / @pao.delrio (IG), Montserrat Aburto / @montse.aburtoo, Valeria Álvarez / @vale_alpez y Sofia Arana / @sofia.aranaa (IG)

Fotografías: Mario Marlo/@Mariomarlo

Para muchas mujeres migrantes, la frontera más difícil no es la que se cruza con los pies, sino la que se cruza con el miedo. Antes de salir de sus países, se enfrentan a una violencia tan cotidiana y extrema que migrar deja de ser un proyecto y se convierte en una necesidad de supervivencia. La certeza brutal de que, si se quedan, la vida puede acabarse no solo para ellas, sino también para su familia.

En Venezuela, Alba lo entendió mucho antes de empacar una parte de sus cosas. La vigilancia, la presión institucional y el acoso laboral habían dejado de ser señales aisladas: se habían vuelto un mensaje directo del Estado hacia ella y muchos otros. Pertenecía al grupo de venezolanos que no estaban de acuerdo con el Gobierno y lo pagó con sospechas, recortes y hostigamientos.

La denuncia que presentó no la protegió. Al contrario, la colocó en una posición aún más vulnerable. Con las elecciones venezolanas  del 2025 a la vuelta de la esquina, Alba sintió que la ciudad en la que había vivido toda su vida cambiaba de temperatura.

“Aquí va a suceder un desastre y pues así fue, hay miles de personas que están desaparecidas, otros están detenidos en condiciones infrahumanas en sótanos donde no tienen luz ni sol, no tienen derecho a que el abogado converse con ellos. Y lo pensé muy bien y dije yo me voy”.

Salir no fue un acto impulsivo. Fue una conclusión dolorosa: quedarse era más peligroso que cruzar la selva del Darién -ubicada entre el sur de Panamá y el norte de Colombia-  es conocida por los riesgos extremos que enfrentan quienes la cruzan: presencia de animales ponzoñosos y salvajes, condiciones naturales hostiles y el control que ejerce el crimen organizado, que cobra por permitir el paso.

En ese lugar, Alba tuvo que enfrentar policías desconocidos, dormir en lugares improvisados o avanzar por carreteras donde nadie responde por nadie. Tomó a sus dos hijos, de 14 y 28 años, y comenzaron una ruta terrestre que prometía ser larga, pero no imaginaban qué tan oscura podía llegar a ser.

Apenas cruzaron a Colombia enfrentaron la primera extorsión. Alba lo recuerda con la conciencia fría del que aprende rápido las reglas del camino: “Gracias a Dios ahí tenía dinero”.

Sabía que, sin pagar, no seguirían. Y sabían también que estaban solos: la ley en tránsito es débil, impredecible y, a veces, parte del mismo riesgo.

Pero lo verdaderamente inimaginable para ella llegó en México, un país del que nadie le habló con la crudeza necesaria. Venía mentalizada para atravesar dificultades, pero no para vivir lo que vivió.

En cuestión de horas fue secuestrada junto a su familia en Suchitlán. Pasó cinco días con un grupo que la movía de un lugar a otro, prostíbulos simulados, moteles, habitaciones de paso. La sometían, tocaban y amenazaban.

“Estuve cinco días secuestrada donde hacían la simulación de ir a un prostíbulo y después ir a un motel donde me metían las manos a mis partes, me rompían el sostén y entonces así estuve hasta que tenía los 12,000 dólares y nos dejaron ir”.

Ese horror, donde los cuerpos de las mujeres se convierten en territorio de intercambio o de castigo. En 2024, la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem) documentó que entre las mujeres migrantes registradas en sus albergues, los tipos de violencia denunciados en su tránsito incluyen secuestro (50.8 %), agresiones físicas (31 %), violencia sexual (14.3 %) y tortura psicológica (9.5 %).

Según el Instituto para las Mujeres en la Migración, A.C. (IMUMI): “la violencia de la que están escapando no termina en el cruce de una frontera, sino que las va persiguiendo a lo largo de su tránsito”. 

México suele representar el punto más crítico, como lo resume Mariangel Vielma mujer migrante de Venezuela e integrante de Caminantas, la cual es una organización en Guadalajara que acompaña y orienta a las mujeres migrantes y refugiadas: “Muchas personas nos han reportado que han hecho el viaje completo desde Colombia, cruzando el Darién, Panamá y llegan a México, y dicen que la parte más difícil es México”.

En esas condiciones, denunciar no es una opción real. Las mujeres que viajan sin papeles enfrentan la paradoja de necesitar protección de un sistema que, en la práctica, las excluye. Alba lo expresa así:

“Si fuera por mí denunciaría, pero quién resguarda la integridad de mi familia y de mis hijos, aun cuando yo ya tenga un permiso de permanencia o voto o una identidad aquí, ¿realmente van a ocurrir acciones o sencillamente va a haber una resolución en contra mía?”

El miedo a denunciar no sólo nace de la desconfianza institucional: proviene también de la experiencia empírica de quienes desaparecen sin dejar rastro, como explica Gauri Porras Co-directora ejecutiva de FM4 Paso Libre (organización que en Jalisco ofrece atención humanitaria, jurídica y psicosocial a personas migrantes en tránsito y refugiadas dentro del estado): “ya no es necesario borrarles la identidad, porque están sin identidad”. 

Para personas en tránsito, no figurar en el sistema significa estar al margen, incluso, de su propia desaparición. Y aun así, el motivo que las empuja a huir suele ser más grande.

Para algunas mujeres es escapar del crimen organizado, de un esposo violento, del abuso sexual, de la censura, del hambre o del simple estancamiento en un país sin futuro posible para ellas o para sus hijos. Migran porque quedarse significa morir de alguna forma y migrar significa al menos intentarlo.

Estos hechos —la combinación de violencia social de origen, violencia en ruta, violencia sexual, secuestros, extorsiones y desapariciones— muestran que migrar implica jugarse la vida con la esperanza de salvarla. La migración forzada ocurre entre la necesidad de encontrar un lugar seguro y el riesgo constante del camino: para muchas mujeres no se trata de buscar una vida mejor, sino de mantenerse con vida. Salen porque las condiciones en sus países son más peligrosas que cualquier ruta, y el objetivo es tan básico como urgente: sobrevivir. Tal y como quería hacerlo Alba.

 México y Guadalajara como punto de tránsito prolongado

El mapa migratorio en México ha cambiado. En los últimos años, el país ha presenciado el incremento del flujo de mujeres en situación de movilidad humana. De acuerdo con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), cuatro de cada diez solicitudes de asilo en México, desde hace al menos una década, son de mujeres.

Es decir, el 40% de las solicitudes de asilo”, explica Miriam González, coordinadora de IMUMI. Aclara que esta presencia ayuda a entender la migración con otros matices:

“Las mujeres han estado vinculadas a la migración históricamente. Muchas quizás no realizaron directamente los procesos migratorios, pero siempre ha habido un vínculo cercano, y eso genera dinámicas distintas”. 

Estas dinámicas tienen múltiples raíces: Las personas migran por diversos temas, en mi caso fue toda la situación de mi país. Yo me fui de Venezuela porque ya era muy complicado vivir”, menciona Mariangel Vielma.

El panorama de la migración en el país revela un movimiento que se ha extendido y diversificado. Según los registros disponibles del Gobierno Federal, la mayoría de las mujeres en situación migratoria, por lo menos en el 2024, son principalmente de Sudamérica y Centroamérica, siendo países como Venezuela, Ecuador, Honduras, Colombia y Guatemala los principales lugares de origen de las personas migrantes.

Mapa mundial del origen de las mujeres migrantes registradas en el país por “Eventos de personas en situación migratoria irregular en México en 2024 por país de origen”.

En este contexto, emerge otro panorama para las personas en situación de movilidad humana en su paso por México: los tránsitos prolongados. 

Ahora el país se ha convertido también en un territorio de espera y es que la llegada de nuevas políticas migratorias de Estados Unidos ha impuesto un cambio en las dinámicas de movilidad, ocasionando que las personas migrantes tengan que aplazar, en la mayoría de los casos, su estancia en los países que inicialmente eran de paso.

De acuerdo con la investigadora Iliana Martínez, del Programa de Asuntos Migratorios del ITESO, con el cambio de administración, los programas para pedir asilo en EU fueron cancelados, por lo que las personas ahora tienen que reformular sus planes migratorios”. 

Además agrega que parte de estos cambios incluye evaluar si la mejor opción es cruzar sin documentos o quedarse en México bajo protección internacional. Esto ha modificado profundamente los planes y posibilidades de quienes migran.

El cambio ha transformado la estancia de migrantes en los distintos estados de la república como Jalisco, que ha dejado ser únicamente un punto de paso.

Karina Arias, también investigadora del ITESO, lo resume así:  En Jalisco se dan las cuatro facetas de la movilidad humana: es un estado de origen, de tránsito, de destino y ahora también de retorno”. 

En Guadalajara, estas funciones dan paso a entenderlo como una ciudad con distintas oportunidades, como educativas y laborales. Mariangel comenta que: algunas mujeres migran aquí por estudios y porque es un lugar donde hay empresas transnacionales que buscan a gente de todas partes, muy especializadas en ciertas áreas”. 

Sin embargo:

“muchas veces, cuando no tienes apoyo, se pueden aprovechar de ti en estas áreas, y la gente también pues agarra el trabajo que encuentra. Vamos a estar claros que aquí en México se trabaja muchas horas y la remuneración, por lo menos en Guadalajara, no es alta”, afirma. 

Estas experiencias que reflejan la complejidad de permanecer en un territorio desconocido y ahora este tránsito prolongado, abren distintas situaciones, pues la realidad es que para las migrantes, el llegar y permanecer en México significa enfrentar riesgos que surgen desde el desplazamiento de su región, en el proceso de tránsito y en la llegada al país.

Foto: Mario Marlo.

Mujeres y familias, el cambio en el perfil migratorio 

En la última década, la migración en México se ha transformado. Lo que antes se percibía como un fenómeno masculino ahora incluye cada vez más a mujeres que viajan solas, mujeres que sostienen a sus familias y familias enteras que se mueven juntas.

Este cambio, observado en albergues, así como en los testimonios y organizaciones civiles, responde a motivos diversos: conflictos políticos, desigualdad, falta de acceso a la educación, el crimen organizado, crisis económicas, desplazamiento forzado,  persecuciones y, como es evidenciado en este trabajo, también se da a causa de la violencia de género, pues de acuerdo a los datos recabados por REDODEM de mujeres que ingresan en albergues en México, algunas razones que motivaron su migración fueron: la violencia doméstica, así como el haber sido víctimas de agresión y violencia sexual.

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Mariangel, explica que hace 10 o 15 años “la migración que se veía era puro hombre”, pero hoy es evidente el aumento de mujeres que viajan solas o acompañadas de toda su familia.

Este cambio, asegura, responde a presiones extremas: la violencia política, la inseguridad y las crisis económicas, circunstancias que  han vuelto “invivible” la vida cotidiana en los países de origen, empujando a familias enteras a abandonar sus hogares. En otros casos, comenta: son madres jefas de hogar quienes migran solas, dejando a sus hijos al cuidado de abuelas, tías o hermanas”. 

Aunque muchas mujeres migran por violencia o necesidad, también existen trayectorias marcadas por estudios, becas y oportunidades académicas. Sin embargo, incluso en estos casos, las mujeres enfrentan barreras legales, económicas y simbólicas que complejizan su integración en México.

Marina, originaria de Lima, Perú, desde niña sabía que quería estudiar fuera: Siempre fui muy ñoña, o como decimos en Perú, chancona. Me gustaba aprender, viajar y saber más”. 

Su primer acercamiento a México fue por una estancia de investigación, eligió Guadalajara porque buscaba un ritmo menos asfixiante que el de una capital. “Quedé enamorada del plan de estudios y de toda la dinámica”, con el tiempo logró estabilidad, aunque sigue enfrentando retos cotidianos como los traslados: Para entrar a las ocho tengo que tomar el camión a las cinco y media”.

A la par está la historia de Laura Mahecha, médica originaria de Bogotá, Colombia:

“Vine a estudiar la especialidad en pediatría, fue por una beca, y aunque tuve el privilegio de migrar por estudios, no fue fácil”. 

Fue la única extranjera en su especialidad y eso complicó su adaptación: “Hablábamos el mismo idioma, pero no entendía muchas cosas. Yo decía términos que aquí no se usan. Ahorita ya me adapté, pero al principio sí fue duro”.

A esa adaptación profesional se sumaron estereotipos y violencias simbólicas vinculadas a su nacionalidad. Normalizas mucho el cuidarte. Ser colombiana implica muchos clichés”, explica.

Esa hipersexualización aparece en redes, en la convivencia cotidiana e, incluso, en su entorno laboral: A veces hacían chistes pasados de tono, como si todas las colombianas fuéramos calientes”. 

También percibe trato desigual en espacios como aeropuertos: Siento que a mí me revisan más que a otros extranjeros”. Por eso Laura, muchas veces, modifica su forma de hablar o de presentarse para pasar desapercibida.

El nivel educativo y la condición económica también influyen en las posibilidades de integración. En el caso venezolano, por ejemplo, han migrado tanto mujeres con estudios superiores como mujeres jóvenes con escolaridad básica, lo que condiciona su inserción laboral en México.

Heriberto Vega Villaseñor  investigador del albergue El Refugio Casa del Migrante, ubicado en Tlaquepaque, Jalisco, confirma esta tendencia. Desde su apertura en 2011, la presencia femenina ha aumentado: si al inicio solo representaban el 5%, hoy llegan mujeres solas, con hijos y familias completas. La llegada de núcleos familiares refleja una problemática mayor en el lugar de origen”.

Instituciones como Casa del Migrante Scalabrini A.C. (Institución que acoge y prepara a migrantes solicitantes de refugio, y connacionales deportados de Estados Unidos, ofrece acompañamiento psicológico, legal y atención humanitaria) también observan que, si bien, casi no llegan mujeres adultas mayores, hay muchas niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres adultas en movilidad.

“Hubo situaciones en las que fui muy vulnerable como mujer jóven” comenta Laura Lopez, originaria de Colombia, cuyo desplazamiento comenzó desde su adolescencia en búsqueda de su supervivencia, en esta búsqueda tuve la oportunidad de acceder a una educación de bajo costo y de calidad en el municipio de Manizales al oeste de Colombia”. 

Sin embargo, en esta ciudad fue víctima de delitos de violencia de género. Su búsqueda en torno a la estabilidad continuó hasta que tuvo la oportunidad de un intercambio académico: Decidí buscar un país que estuviera cercano y en donde se hablara español, entre esos estaba México”.

En Jalisco, las nacionalidades se han diversificado, además de la presencia histórica de centroamericanos, han aumentado los grupos venezolanos, colombianos y haitianos. La investigadora Iliana Martínez, comenta que a partir de 2018, con las caravanas, comenzó a hablarse de la feminización y familiarización de las migraciones”, que son mujeres solas, madres con hijos y familias completas que forman parte de desplazamientos masivos que ya no duran días, sino semanas o meses.

Siguiendo los registros de Redodem, esta diversidad de nacionalidades, al menos en los distintos albergues socios, incluye países como: Brasil, Ecuador, Perú, Honduras y Nicaragua, entre otros.

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El cierre de la frontera estadounidense con la llegada de Trump en 2025, la saturación de las solicitudes de asilo y el aumento del cobro por parte de traficantes orillan a muchas personas a quedarse varadas en México.

De acuerdo con el reporte anual estadístico de 2024 de Redodem, las mujeres migrantes viajan acompañadas por una mayor proporción de menores, especialmente niñas de 0 a 10 años.

En 2024, el 85% viajó con su familia y solo el 20% lo hizo sola. Esta carga de cuidados profundiza la desigualdad, sin apoyos, les resulta casi imposible trabajar o rentar una vivienda.

La llegada de más mujeres migrantes a Jalisco evidencia una realidad migratoria que ha cambiado de forma significativa: mujeres que huyen de violencias extremas, familias que escapan de contextos invivibles y niñas que transitan rutas peligrosas.

La combinación de violencia de género, discriminación estructural y ausencia de apoyos en cuidados impide que las mujeres migrantes se integren plenamente, incluso cuando desean quedarse, trabajar y construir una vida segura. 

Muchas mujeres en situación de movilidad humana huyen de violencia familiar, de género, económica, sexual o psicológica en sus países de origen, pero vuelven a vivir situaciones violentas durante su tránsito, dificultando el acceso a la justicia y la protección. Este trayecto es especialmente vulnerable, donde el miedo y la amenaza son constantes, tanto en espacios públicos como en los entornos más íntimos.

“No es un secreto que el paso más complicado donde se vulneran a los migrantes, sobre todo a las mujeres, es el paso por México. Se les vulnera ya sea por delincuencia organizada o por autoridades corruptas y pues sí, la invisibilización y las violaciones tanto físicas como a sus derechos”, explican integrantes de Casa del Migrante Scalabrini.

Las mujeres en tránsito sufren extorsiones constantes por parte de autoridades a lo largo de sus rutas migratorias. Aunque la aparición de las caravanas migrantes después de 2018 aparentó ser una forma más segura de migrar, en ocasiones, se presentan situaciones de violencia dentro de estos mismos grupos, incluso, cometidas por compañeros migrantes:

“Hasta octubre del 2018, lo que nosotras habíamos encontrado es que las mujeres hacían una migración a través de carretera y esto implicaba que esos viajes a veces se vinculaban con alguna persona, como algo con algún trailero, por ejemplo, que les aseguraba este intercambio (sexual)”, precisa Miriam González. 

Por otro lado, Mariangel comenta que ser mujer te expone a violencias distintas, te sientes más vulnerable, especialmente, en un país donde no conoces nada, no tienes redes de apoyo ni sabes cómo resolver las cosas, y donde alguien que parece ofrecerte una mano amiga también podría ser quien te meta en problemas.

Mujeres migrantes en el paso de la Caravana Migrante en Oaxaca (Foto: Mario Marlo).

Violencias que enfrentan las mujeres migrantes en el tránsito 

De acuerdo con datos del informe de Redodem, el crimen organizado fue señalado en el 62.7% de los secuestros, consolidándose como el principal agresor de personas migrantes en tránsito, en 2024.

“Las mujeres están muy expuestas a las mafias internas que trafican con sus cuerpos en un mercado negro presente en México y otros países” Mariangel destaca esta situación. 

En casos más específicos, las víctimas de trata requieren protección y asesoría jurídica especializada. Heriberto comenta que en ocasiones se les otorga protección discreta para que el trámite legal no las exponga.

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En 2024, el secuestro fue la violencia más mencionada por mujeres migrantes, con 32 casos reportados, hecho de suma importancia al no haberse documentado en 2023. La extorsión, en cambio, disminuyó notablemente en los reportes. También se registraron aumentos significativos en tortura psicológica (9.5%), violencia sexual (14.3%) y agresiones físicas o verbales (31.7%), con incrementos con respecto al año previo.

Además de la violencia directa, las mujeres migrantes enfrentan condiciones particulares de vulnerabilidad, como la amenaza relacionada con la presencia de sus hijos, o las dificultades para recibir atención médica y educativa. La invisibilización y la falta de rutas oficiales para buscar a mujeres migrantes desaparecidas agravan aún más estas situaciones. 

La complejidad de esta violencia hace que muchas mujeres lleguen mentalizadas para enfrentarse a la condición de estar expuestas a abusos o a tener que negociar su protección a través de intercambios no deseados, comparte Scalabrini.

Asimismo, el personal de Scalabrini comenta que el problema de la desaparición es especialmente grave debido a la falta de documentación oficial de mujeres migrantes. Muchas mujeres desaparecidas no se contabilizan ni son localizadas porque no se tiene registro de ellas, algunas pueden encontrarse atrapadas en redes de trata sin que nadie se entere. La violencia que enfrentan las mujeres migrantes en tránsito es diversa, constante y se manifiesta de forma sistémica y estructural.

Foto: Mario Marlo.

¿Y cómo es el panorama para las mujeres migrantes en Jalisco?

La violencia no solo se queda en el tránsito, la violencia cruza fronteras como fue el caso de Alba quien migró con su hijo de 14 años, quien estaría en secundaria; sin embargo, no puede acceder a esta educación ya que no cuenta con una identificación oficial, lo cual desencadena una serie de violencias institucionales.

La Ley de Protección y Atención de los Migrantes en Jalisco promulgada en 2016  establece que el acceso de las infancias a la educación debe de garantizarse sin discriminación. Cuando un niño que migra con su madre cabeza de familia no tiene acceso a continuar su educación, la madre se enfrenta a complicaciones laborales y de cuidados.

La familiarización de la migración ha colocado nuevas preguntas en las políticas públicas, FM4 en 2024 tuvo una composición de 40% hombres, 40% mujeres y 20% niños, niñas y adolescentes. Actualmente reporta tener alrededor de 21 infancias en el albergue. 

En Jalisco existe una carencia de políticas públicas de cuidado no solo para madres mexicanas, sino también para madres en situación de movilidad humana, lo que agrava la situación.

Mariangel Vielma identifica los siguientes obstáculos para una buena inserción en la ciudad: acceso a guarderías, impacto laboral, falta de documentación, rezagos en la escuela y complicaciones de inscripción, aspectos que la actual legislación no contempla.

Aunque las madres estén en proceso de regularización, el Estado no acepta a los niños en guarderías porque carecen de un documento oficial que los identifique:

 “La falta de identificación oficial para los niños migrantes es como un castillo, donde la CURP es la llave maestra. Si no tienen esa llave, se les niega la entrada a servicios básicos como las guarderías y las escuelas, lo que a su vez encierra a sus madres en casa, impidiendo su integración económica en Guadalajara”, comenta Karina Arias. 

Pese a las reformas a las normas de control escolar (2015) y a la Ley General de Educación (2017) que buscan la igualdad en el acceso a la educación, siguen existiendo trabas para la inscripción de niñas, niños y adolescentes migrantes, incluso, para algunos nacidos en México cuyos padres son extranjeros, comparte Miriam de IMUMI.

Esto impide que las madres puedan trabajar formalmente, acceder a vivienda digna, servicios de salud y ser sustento de sus hijos, lo que en algunos casos hace aún más fuerte la dependencia económica hacia sus parejas.

Organizaciones como FM4 están trabajando con  DIF Jalisco para que las guarderías puedan recibir a los NNA en situación de movilidad humana sin requerir inmediatamente un documento probatorio de identidad, permitiendo a las madres buscar empleo e integrarse, así comenta Gauri Porras.

Por otra parte, los niños que sí logran acceder a la educación, se enfrentan a un rezago escolar, ya sea por la brecha entre los temas y las experiencias a las que se enfrentan, lo que coloca una responsabilidad más en el proceso de educación en la mamá.

Caminantas identifica estos retos por lo que proponen actividades en las que las madres puedan vender y trabajar mientras sus hijos están en talleres, esta organización ofrece esa red de apoyo que tanto necesitan las madres migrantes alrededor de todo el país donde constantemente se enfrentan a una violencia institucional.

Talleres con mujeres migrantes y refugiadas. Cortesía Caminantas.

Xenofobia, sexualización y discriminación problemáticas a las que resiten las mujeres migrantes en Jalisco

Además de la violencia institucional, y la deficiencia de las políticas públicas existentes en el estado, Alba se enfrentó a casos de xenofobia y discriminación mientras trabajaba en un restaurante.

“Tenía compañeros que no me dejaban tomar agua mientras trabajaba porque soy migrante”, comparte Alba.

Para Karina Arias la respuesta está en cómo diferenciamos entre migrantes y extranjeros, usualmente cuando piensas en extranjeros, piensas en europeos y cuando piensas en migrantes las personas suelen pensar en países de Sudamérica”. 

Mariangel, quien es venezolana, cuenta desde su propia experiencia:

 “el mexicano suele ver al europeo hacia arriba y al resto de nosotros hacia abajo, es una experiencia internalizada. Yo soy una mujer profesional, soy blanca, tengo amigos aquí, si yo fuera negra y sin estudios universitarios, a mí no me hubiesen extendido la mano todas las personas que me han ayudado”.

Caminantas define a la xenofobia como el pensamiento discriminatorio y los miedos infundados de que la gente migrante llegue a “quitar lo que es mío”. Esta propagación de narrativas que alimentan a la discriminación buscan deshumanizar al migrante.

“Las consecuencias de estas narrativas van para las personas que se creen los discursos políticos, para los que no creemos en la figura de los políticos, sino que creemos en la organización comunitaria, vamos a seguir desmintiendo esas narrativas”, declara Mariangel. 

***

Las experiencias de Alba, Mariangel, Laura, Marina y de tantas otras mujeres que atraviesan México muestran que la violencia que enfrentan no es un hecho aislado, sino un patrón recurrente documentado por organizaciones civiles, instituciones de derechos humanos y agencias internacionales. Los riesgos que viven —extorsiones, agresiones, abusos, falta de servicios y ausencia de protección— se repiten a lo largo de las rutas y se agravan por la falta de políticas integrales con perspectiva de género.

En el caso de México, y particularmente en ciudades como Guadalajara, los espacios de tránsito y espera se han convertido en puntos críticos donde persisten vacíos de atención. A pesar de los esfuerzos de albergues y organizaciones locales, la cobertura sigue siendo insuficiente frente al aumento de llegadas y a la complejidad de las necesidades específicas de las mujeres migrantes: acceso a refugio seguro, atención médica y psicológica, acompañamiento legal, mecanismos de denuncia y alternativas laborales temporales.

La evidencia recabada en este reportaje confirma que la protección depende, en gran medida, de redes comunitarias y de apoyo civil más que de una respuesta institucional. Las mujeres continúan sus trayectorias en condiciones de vulnerabilidad que podrían mitigarse con acciones coordinadas entre gobiernos locales, federales y organismos internacionales: protocolos de atención, servicios especializados, financiamiento sostenido para albergues y políticas que reconozcan que México es hoy un país de tránsito, retorno y permanencia.

Las historias reunidas aquí muestran que migrar no es solamente cruzar fronteras, sino enfrentarse a sistemas que todavía no garantizan seguridad, derechos ni condiciones dignas. Los datos, testimonios y contextos analizados apuntan a una misma conclusión: mientras estas fallas estructurales persistan, las mujeres migrantes seguirán expuestas a riesgos evitables en cada etapa del recorrido.

***

Si eres una mujer migrante que requiere ayuda o conoces a alguien mas que lo necesita, aquí compartimos los datos de organizaciones que pueden brindar asesoría y ayuda humanitaria. 

Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem)  

Correo electrónico: vinculacion@redodem.org

Facebook: REDODEM

X: RedodemMX

Instagram: redodemmx

Instituto para las Mujeres en la Migración A.C. (IMUMI)

Correo electrónico: contacto@imumi.org

Facebook: Instituto para las Mujeres en la Migración, AC (IMUMI)

X: IMUMIDF

Instagram: imumi_mx

Caminantas

Correo electrónico: caminantasred@gmail.com

Facebook: Caminantas

X: caminantasred

Instagram: caminantasred

El Refugio Casa del Migrante

Correo electrónico: elrefugiocomunica@gmail.com

Facebook: El Refugio Casa Del Migrante

X: elrefugiogdl

Instagram: elrefugiogd

Casa del Migrante Scalabrini A.C

Número telefónico: +523326961132

FM4 – Paso Libre 

Correo electrónico: contacto@fm4pasolibre.org

Facebook: FM4 Paso Libre

X: FM4PasoLibre

Instagram: fm4pasolibre

***
Este reportaje fue elaborado en el marco del Laboratorio de Información, el cual es parte del proceso formativo de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.


Este es un texto original de Zona Docs, un medio independiente de Territorial-Alianza de Medios, de la cual formamos parte, y lo reproducimos con su autorización.

 

 

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