Este Día de Muerto consume cempasúchil mexicano, te decimos como identificarlo

La semilla modificada genéticamente amenaza a la flor nativa


Texto: José Miguel Sánchez

Fotografía: Arturo de Dios / Archivo

Chilpancingo

 

Cada año, en los meses de octubre y noviembre las casas y espacios públicos de todo el país se tapizan de color amarillo y naranja con la flor de Cempasúchil que caracteriza las fechas cercanas al día de muertos.

Desde un mes antes es común ver diferentes espacios de venta de esta flor, de la cual varían los precios, tamaños y presentaciones.

Esto se debe a que existen diferentes tipos de cempasúchil, entre ellos está el cempasúchil chino que amenaza la especie nativa de la planta.

De acuerdo con la bióloga Natividad Herrera Castro, directora del Herbario de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro), las variantes que existen de la flor de cempasúchil se deben a una razón; la alteración genética de las semillas para crear productos que respondan a fines estéticos y de comercialización.

Es común ver en los viveros y en las calles de la ciudad la venta de estas flores características de los meses de octubre y noviembre, pero si prestamos atención a los diferentes tipos de flores que hay en venta, veremos que son diferentes.

“El cempasúchil nativo de México es silvestre, el tallo puede alcanzar dos metros de alto y en Guerrero es producto del trabajo de agricultores locales principalmente de Tixtla y Chilapa”, comenta Herrera Castro.

“La semilla utilizada para su reproducción es de origen mexicano y se ha utilizado por generaciones para cosecharla en los meses de octubre y noviembre”, agregó.

Estas flores de origen mexicano y guerrerense están a la venta en los mercados locales, los propios productores y sembradores de Tixtla se trasladan a Chilpancingo a venderla.

En tanto, si ponemos atención al cempasúchil de los viveros, veremos que las flores son muy uniformes, las venden en maceta y son producto de grandes invernaderos ubicados en Xochimilco, Morelos y el Estado de México, y utilizan semillas mejoradas en laboratorios extranjeros.

A continuación te contamos como puedes diferenciar el cempasúchil mexicano del extranjero.

De acuerdo con los datos proporcionados por Herrera Castro, en la actualidad el cempasuchil mejorado genéticamente en el extranjero tiene su propia versión modificada de la semilla; aunque en aspecto es similar, posee algunas diferencias notables a la vista.

El primero es el tamaño de la flor, el cual es considerablemente más grande, generalmente se vende en macetas pequeñas, sus semillas son incapaces de germinar, su color tiende a tener tonos más fosforescentes en comparación con las silvestres y el olor que emiten es mucho menor al de la originaria de México.

En el caso de la flor originaria, ¿en qué se diferencia el cempasúchil mexicano?

El color llamativo de sus pétalos varía entre el anaranjado rojizo y el amarillo, su tallo es largo y erguido, al germinar, las flores del cempasúchil mexicanas no son idénticas entre sí y pueden tener pétalos largos y pequeños, por lo que no son uniformes ni en tamaño ni en forma.

Por último su venta es común en ramos y generalmente se vende en los mercados como un ramo de flores y no en maceta.

Para Herrera Castro no existe motivo para consumir la flor traída de grandes invernaderos, porque los efectos negativos superan las ventajas que puede tener la flor alterada.

“La única ventaja de consumir flores perfectas que fueron alteradas es la comodidad de entregarlas en maceta”, sentenció Herrera Castro.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), el cempasúchil es endémico del continente americano y se compone de 58 especies, de las que 35 se dan en el país, por lo que México es considerado centro nativo.

Eso no impide que países como China, India y Perú sean los principales productores del cempasúchil, que además de tener una función ornamental se ocupa en la industria textil y alimentaria, en México sólo se cubre el consumo para el Día de Muertos.

 

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Lauro Miranda, el último tejedor de rebozo de Chilapa

Texto y fotografía: Luis Daniel Nava

Chilapa

 

Lauro Miranda Miranda conoce todo el proceso del rebozo, desde su elaboración hasta su venta.
A mediados de los años 50, junto a su padre, Genaro Miranda, caminaba tres días cargando en la espalda una caja de unos 40 kilos, de Chilapa a Tlapa.

“Cada hora nos íbamos cambiando, cuando mi papá se cansaba decía ‘ahora si hijo, carga’. Me cansaba y ya después él cargaba hasta que llegábamos”, recuerda Lauro.

En el camino de veredas se topaban con toda clase de peligros, desde culebras, amenazas de soldados y asaltantes.

Una noche llegando a la “subida del tigre”, delante de Petatlán, Atlixtac, un par de bandoleros se les cruzó en el camino pero lograron escabullirse.

“Nos querían quitar la caja de rebozo”, rememora.

Ahora, Lauro Miranda tiene 84 años. Junto a sus cuatro hermanos trabajó en el taller que encabezó su padre desde los años 20.

Elaboraban los rebozos de bola, oriundo de Chilapa, el de media bola, el torsal, de niña, el coyote y el de lagrimita.

A mediados del siglo pasado y con una industria en auge, era uno de los 15 talleres familiares de rebozo que existían en la ciudad.

Aparte existían cinco talleres de empresarios que fabricaban a gran escala y empleaban a más personal.
En los 70, Lauro formó un matrimonio con Elia Rendón. Aunque los recién casados vivían aparte, Lauro continuó trabajando en taller de su padre tejiendo durante jornadas completas. Sólo iba a su hogar a comer y a descansar.

Lauro aprendió a elaborar diferentes tipos de rebozo, como el de tres óvalos, de principio a fin, paso a paso. Desde colgar las telas, remojar el hilo, cortarlo, tenderlo en un calegual, esperar a que secara para hacer cañones y urdir.

En ese tiempo, Chilapa ya era famoso en el estado, también en el Estado de México, Puebla y Veracruz por la calidad y belleza de sus rebozos.

En esos años, era característico que en las calles hubiera tiras de hilo teñidas de unos 30 metros que se colocaban a lo largo de las banquetas y fuera de las casas.

Ahí los obreros amarraban y desataban la hilaza. Los reboceros de esa época jugaron un papel importante en la historia de la ciudad: ayudaron con mano de obra a construir la actual catedral.

Trabajo para hombres

Elia Rendón recuerda que el oficio de rebocero no era para mujeres. “Elaborarlo era cosa de los hombres”.

Su trabajo consistía en ayudarle a vender a Lauro. El matrimonio distribuía su producto artesanal en Tlapa, Xalpatlahuac, Igualita, Xochihuehutlán, Colotitlipa.

En el centro de la ciudad tenían un puesto de tres por cuatro metros en un corredor comercial instalado en la avenida José María Andraca, fuera de la Ferretería Villalva de Don Chanito. Ahora venden al interior del mercado nuevo.

Me hubiera gustado seguirlo

Lauro Miranda Rendón es el único hijo varón de don Lauro y Elia. A él ya no le tocó el proceso de elaboración, pero conserva recuerdos de aquella época: como que su papá siempre andaba con las manos pintadas del añil al grado que la gente no lo saludaba porque temía contagiarse de tinta azul.

En esos años, dice, el rebozo era asequible para las personas de todas las clases sociales. Era parte de la vestimenta para ir a misa, cargar niños, comprar y para hacer ver más elegante a la mujer.

Del rebozo de bola elaborado en el taller de su abuelo Genaro recuerda:

“La punta es fina, tiene que pasar por un anillo. Significa que el hilo es delgado, el empuntado es delgado. Cuando ya está elaborado se dobla y a pesar que es rebozo entero queda bien dobladito y cabe en tu mano. Cosas que hacen extraordinario al rebozo”, dice.

Lauro hijo describe el oficio como muy bonito y que lo marcó.

“A mí me ha marcado, porque me hubiera gustado seguirlo pero ahora que entiendo el procedimiento del rebozo, sé que no es fácil y se necesita mucha inversión”.

Actualmente, dice, ya no es tan fácil vender o ver a alguien portando un rebozo.

“La moda, los estereotipos actuales ya no te llevan a utilizar un rebozo, ya no es parte de la vestimenta.

“Una que otra mujer utiliza su rebozo, otras utilizan mantas o rebozo de estambre pero un rebozo fino caro, ya muy poca gente”.

El precio de un rebozo similar al de bola y con punta fina oscila en 1,500 pesos pero ya no son producidos en Chilapa.

Ahora, lamenta, todo es comercializado, y en Chilapa ya no hay quien lo teja.

“Se desconoce el procedimiento del rebozo, no hay quien te amarre, no hay quien te ate, quien te hurda, quien te haga los cañones, quien azote el hilo, quien lo achine, ya no existe el procedimiento”.

Incluso, dice, si se hiciera una inversión monetaria sería difícil reactivar la industria del rebozo.

El declive

Lauro hijo estima que el declive de la industria empezó hace por lo menos 20 años cuando empezó a llegar a Chilapa una variedad y cantidad de rebozo de otros lugares.

Pero también ve otro factor:

“Empezaron a morir las personas de mayor edad que lo trabajaban y de ahí el negocio del rebozo de vino para abajo”.

Su papá es el único de los cinco hermanos que vive, y aunque ya no elabora sigue tiñendo, planchando y vendiendo rebozo. Y Emilio Barrera, un heredero del oficio en otra parte de la ciudad, que elabora el rebozo de Acatlán.

Para el historiador Jesús Hernández Jaimes la industria del rebozo en Chilapa estuvo muy vinculada con la cultura pues hubo un momento que la religiosidad era muy fuerte.

“A las mujeres se les exigía y estas acataban la disposición eclesiástica de usar la mayor parte del tiempo el rebozo para cubrir la cabeza, particularmente para entrar al templo”, explica.

De ahí que cuando estos hábitos comenzaron a modificarse, continúa el catedrático de la UNAM, el mercado del rebozo cayó.

“Ahora pocas mujeres se cubren la cabeza para asistir al templo y eso explica el declive de la producción en serie que afecto muchísimo la actividad artesanal”, comenta Hernández Jaimes.

Un nuevo auge

El rescate, indica el académico, lo ve muy difícil porque con el paso del tiempo es difícil restaurar hábitos de tal forma que el rebozo vuelva a ser parte de la vestimenta, una prenda utilitaria o de necesidad.

No obstante, dice Jesús Jaimes, ve más posibilidades que el rebozo retome un impulso pero como artesanía de lujo.

“Es decir, el rebozo como una prenda elegante, sofisticada, que acompaña cierto tipo de vestimenta con propósitos artísticos o artesanales.

“Un accesorio, una prenda suntuaria, elegante, lujosa. De hecho hoy el rebozo sigue provocando cierta sensación, como un elemento estético muy notorio. Es ahí que el rebozo puede tener un nicho de mercado importante”, explica.

La resistencia del oficio

Un día de enero de 2022, la familia Miranda Rendón se organiza para una jornada laboral. Teñir los paños, planchar, extender, rociar y doblar rebozos negros que venden en el mercado de Chilapa.

Entre los tres le dan vueltas a las dos estrellas de un antiguo y pesado tórculo de madera de unos dos metros de altura. Ahí planchan los famosos rebozos que identifican a las mujeres de la zona de San Jerónimo Palantla, municipio de Chilapa.

Son vendidos en el mercado nuevo junto a otros modelos de estambre, de artícela o los de puntas finas como el Nevado, el Tenancingo o el Santamaría, estos últimos rebozos son similares a los que Lauro, sus hermanos y padre produjeron hace décadas pero que ahora son traídos del Estado de México.

En la despedida de este reportero a la familia, una comerciante de Atliaca llega para escoger y comprar decenas de rebozos por una cantidad de 10 mil pesos.

Parece que los años no han pasado en este hogar chilapeño que aún se sostiene de un oficio que se niega a desaparecer.

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El Calehual, la galería urbana que concentra a Guerrero sin salir de Chilpancingo

El mezcal, las máscaras y la buena charla son la personalidad de este espacio 


Texto: Margena de la O

Fotografía: Oscar Guerrero 

Chilpancingo

 

José Luis Correa Catalán llena dos botellas de mezcal, una natural y otra con un preparado de cajel, al fotógrafo Pedro Agüayo, quien visita por primera vez El Calehual.

Él y una mujer que lo acompaña recorren el primer nivel de la casa del anfitrión, un espacio con 450 máscaras de diferentes puntos de las siete regiones del estado, y decenas de litros de mezcal de Axaxacualco (Eduardo Neri) y Apango (Mártir de Cuilapan), dos elementos simbólicos de Guerrero, los que, a la vez, configuran la historia del linaje de los Correa.

Una vez servidos los mezcales, Correa explica las diferencias entre las máscaras de los tecuanes, según la región del estado en que fueron elaboradas. Después intercambian comentarios del uso ritual de la máscara, en particular de Acatlán, Chilapa, y de Zitlala, dos lugares nahuas de la Montaña baja de Guerrero donde la ritualidad es muy importante. Lo hacen mientras recorren el lugar.

El Calehual es una habitación con paredes cubiertas por el casi medio millar de máscaras de todos los tamaños, sin contar las miniaturas que cubren los arcos de unas de las divisiones, y algunas antigüedades. Ante eso, es casi imposible no engancharse y preguntar, y preguntar, y preguntar.

La mujer comentó al principio que sería una visita rápida, la que se alargó para escuchar atentos a Correa. Les dijo, por ejemplo, que algunas máscaras son decorativas u ornamentales, como las que elaboran los artesanos en San Francisco Ozomatlán, Huitzuco y de Ayahualulco, Chilapa, “la nueva tendencia de la máscara en Guerrero a partir de los setentas” que nunca perdió su valor artesanal.

También les compartió sobre la importancia de los saberes y las técnicas empleadas en los tres grupos en que divide su colección: las auténticas asociadas a una danza tradicional, las réplicas que mantiene para fines de archivo, y las decorativas que también tienen alguna asociación con las danzas y ritualidades, con las adecuaciones de las nuevas generaciones de mascareros y sus contextos.

Cuando los visitantes se despiden –asegurándose de llevar las dos botellas de mezcal que compraron–, anticipan a Correa que volverán, porque a El Calehual siempre se regresa. Para construir este texto, por ejemplo, se visitó el lugar más de un par de veces, la primera para conocerlo, las siguientes sólo por gusto.

Pedro Agüayo expuso, como argumento para una siguiente visita, su deseo por aprender más sobre las máscaras y las danzas de Guerrero.

Un dato que se conoce al visitar El Calehual es que la máscara de diablo colgada cerca de la ventana, desde donde se ve la calle 18 de marzo, es de las primeras que obtuvo Correa para su colección. Se trata de un diablo hecho por los artesanos de San Francisco Ozomatlán, una comunidad nahua ubicada a orilla del río Mezcala, considerada como el lugar del país donde se producen más máscaras de madera, de acuerdo con lo que han documentado algunos medios de comunicación.  

O que la máscara más antigua en la colección es un diablo de un pueblo de  Teloloapan, hecha en los años veinte.

Es probable que se asombre después de saber que en 2020, después de tres años de buscarlo en San Martín, Quechultenango, Correa logró que don Cuco Gudiño, uno de los dos últimos mascareros sanadores –que fungen como una especie de chamán en sus comunidades– de los que sabe sobreviven en el estado, le traspasara una colección de siete máscaras originales de la generación de danzantes de los años cincuentas. Son máscaras que corresponden a los danzantes originales de esa época, una de ellas es la de un hombre apellidado Bello, la gente lo reconoció porque la máscara tenía los ojos muy juntos, como él.

 La visita de la pareja ocurrió la tarde del 29 junio pasado, pero así suelen ser todas las visitas a El Calehual, que el mismo Correa define como una galería urbana, donde confluyen una especie de simbiosis que superan la degustación y la contemplación, porque queda de manifiesto la manera en que otros saberes se expresan.

Además, compartió más adelante, después de atender a sus clientes, es fundamental entender las máscaras y las danzas como dos eslabones contiguos, y a las máscaras con el mezcal, como un eterno ritual de Guerrero.

Para que estos elementos tengan ese sentido, Correa juega un papel muy importante, de entrada, garantiza una amena charla, por todo su bagaje intelectual y artístico, y todo su conocimiento sobre las máscaras, tema que ha abordado hasta en un plano académico. Su investigación de maestría lleva por título La vida social de las máscaras en Guerrero, 1970-1990.

Después, una degustación de un buen mezcal. En El Calehual ofrecen y sirven cuatro gamas de mezcal: el natural o blanco; los destilados, como el de borrego y el de pechuga; los macerados, como el amargo, el de damiana, el de hierbas, y por último, los licores que son hechos con frutas de la región. En total, unos 150 tipos de mezcales.

El elemento incorporado más reciente al mezcal, las máscaras y la charla en El Calehual, son los quesos de prensa que la familia de Correa trae de Chichihualco y Tlacotepec para ofrecerlo en venta; siempre hay prueba. Este complemento es otra ala de su historia familiar, porque está conectado a la Sierra de la zona Centro, donde se mantiene parte de la familia de su madre, Nohemí Catalán García.

Una mezcalería convertida en galería

La historia de El Calehual comenzó hace varias décadas; sólo en su espacio actual lleva 20 años. La abuela paterna inició con la venta de mezcal en la casa familiar, un poco desde la clandestinidad, porque en Chilpancingo se consideraba que era una bebida para peones, cuenta Correa. 

Por esa razón, con el paso de los años, vendían el mezcal a la usanza de las más antiguas pozolerías de Chilpancingo, fundadas por las familias tradicionales de la ciudad, quienes adaptaban una parte de sus casas para el negocio y compartían parte de su intimidad con los clientes.

Además de que hace años el mezcal de Guerrero enfrentó la estigmatización de que no era bueno y la familia de Correa, a través del El Calehual, se sumó a la tarea de cambiar esa idea. “Nos tuvimos que volver anfitriones para explicarles qué era el mezcal, qué era lo que se estaban tomado”, comenta.

Ahora, con un espacio propio, pero dentro del perímetro familiar, ofrece a sus visitantes y clientes la posibilidad de conocer diferentes lugares de Guerrero sin salir de Chilpancingo, de reconocerse a través del mezcal y las máscaras, convirtiéndose a la vez en un recinto que responde a “contextos, memorias, ritualidades” del estado.

Está en el primer nivel de una estructura modificada, con frente tanto a la avenida Ignacio Ramírez como a la calle 18 de marzo, en el centro de la ciudad.

Correa es quien está al frente del proyecto en la actualidad, pero sus padres, José Luis Correa Rivera y Nohemí Catalán García, también tienen el crédito del arranque y de que se mantenga, porque tienen una conexión familiar con el mezcal. El 13 de julio pasado, en su perfil personal de Facebook, Correa publicó una fotografía de su padre en el esplendor de El Calehual, con el siguiente pie de foto: “La mano detrás de El Calehual. Mi alquimista favorito”.

Aquí algunos datos de la tradición mezcalera de la familia de Correa. De lado de su padre solían tener mezcal en casa para elaborar remedios, amargos o licores, por la tradición que les traspasaron sus bisabuelos de Tixtla y Mochitlán. De ahí mismo proviene el hábito de elaborar licores con almíbar, propio de las frutas tradicionales, como el cajel, un cítrico ya complicado de conseguir en Guerrero. Su abuela, cuenta Correa, solía preparar antes esos licores con agua ardiente.

En La Reforma, un pueblo de Heliodoro Castillo, su bisabuelo y su abuelo materno producían mezcal para intercambiarlo en Chichihualco, cabecera de Leonardo Bravo, por insumos para alimentar a su familia.

El nombre de la galería está asociado al maguey, planta con la que se produce el mezcal. El calehual es el quiote que crece en medio de la planta cuando ya es veterana y puede alcanzar varios metros de altura; cuando ese tallo florece anuncia la muerte del agave, según se lee en una ficha sobre agroalimentación difundida por el gobierno federal.

Entre los mezcaleros de Guerrero se supo que en los plantíos, al calehual lo dejan crecer sólo entre algunas plantas para garantizar la reproducción silvestre del maguey. Para abastecer la demanda de El Calehual, Correa y su familia mantiene relación con productores de Axaxacualco y Apango, sus principales proveedores.

En El Calehual prevalece la idea inicial (y quizá ese es el motivo de que se mantenga) de ofrecer una buena bebida y un espacio íntimo de diálogo que inicia sobre las tradiciones y costumbres de un pueblo y puede concluir en un debate sobre temas políticos o sociales.

El lugar es recomendado de boca en boca por los clientes que, al salir de ahí, se convierten en amigos. Para llegar ahí hay que conocer a Correa, a su familia o a sus amigos.

Quizá esa es la razón por la que Correa le da todo el crédito a ellos de la apariencia y el alcance actual de El Calehual. La mayoría forman parte de los círculos en los que se desenvuelve: es historiador, artista plástico y un joven interesado en los sucesos sociales y políticos de Guerrero.

“Los clientes fueron nutriendo el lugar, donando (máscaras y antigüedades), y de ahí me di cuenta que había una posibilidad de hablar del estado, aventurándose a Guerrero a partir de las cosas”.

Los primeros en donarle máscaras fueron Teresa Leyva, quien le llevó 20, y Ricardo Klimek, quien le donó otro número importante; ambos son habitantes conocidos de la ciudad. Otras piezas, él mismo las adquirió o intercambió, al principio por lo estético, después por un interés de estudio.

El intercambio de máscaras sigue haciéndolo con conocidos o curiosos, que después se convierten en aliados porque los mueve el mismo interés de saber más de las máscaras y las danzas de Guerrero.

El 18 de julio pasado, lo dejó asentado en sus redes sociales, hizo un intercambio de máscaras con César Aparicio, un joven originario del barrio de San Antonio de Chilpancingo, quien, según escribió en un posteo, tiene una colección de máscaras específica de danzas de este municipio, como la de Los siete vicios: “Un Abraján por otro Abraján. César me pasó una Diablita tradicional elaborada por don Ernesto Abraján y yo le pasé un diablo, también de don Ernesto Abraján”.

El mezcal y las máscaras, un sincretismo de la ritualidad en Guerrero

Aun cuando Guerrero está en la lista del puñado de estados con denominación de origen del mezcal, lo que les concede al estado supuestos beneficios de desarrollo económico, el mezcal está asociado a un asunto más profundo: la ritualidad de los pueblos que tienen sus maneras particulares de vincularse con el entorno.

Las máscaras también son evidencia de ciertas maneras de interpretación del ambiente, y “tienen también mucho que ver con el mezcal, porque en las fiestas patronales de Guerrero el mezcal está junto con pegado, es parte de la festividad, de la ritualidad. Es una manera de ponerle un lugar donde también hay una eterna ofrenda de las máscaras”, comenta Correa sobre estos elementos vinculados a la manera en que se organizan ciertas comunidades.

Por ejemplo, las máscaras lo llevaron a conocer un mundo menos evidente, que congrega una amalgama de discursos de las comunidades. Son piezas que la misma comunidad crea como depósito de su memoria o como testigas de momentos o procesos históricos importantes, como los étnicos o de conflictos raciales en Guerrero. “Entonces, las máscaras resultan ser también el mejor testimonio de un estado que tiene una gran política de olvido sobre sus raíces”.

Para Correa, las máscaras configuran una vía que permite romper “los bronces” o las versiones institucionales que todo folcloriza y ofrece únicas versiones.

“¡No! Las máscaras hablan de cuestiones mucho más complicadas, inclusive contradictorias, acerca de lo que creemos que es la patria o el territorio”.

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El toronjil, la planta que da identidad a la capital en riesgo de desaparecer

Texto: Itzel Urieta

Fotografía: José Luis de la Cruz

Chilpancingo

El toronjil es una de las plantas más populares en Chilpancingo. Existe una leyenda que dice que quien prueba el té de toronjil con una semita, pan tradicional del estado de Guerrero, se queda o regresa siempre.

Además de ser conocido por esta leyenda, el toronjil es popular por ser una planta que solía ser abundante en la capital y por propiedades curativas.

Su nombre científico es Clinopodium Mexicanum. Se da en climas frescos y crece en los cerros en forma de arbusto, llega a medir unos 80 centímetros.

El toronjil tiene un olor y sabor agradables. Cuando empieza a hervir, su olor parecido al de la menta, se esparce por la cocina de la casa o restaurante donde se degustará. Se toma caliente y tiene un efecto relajante.

Una de sus propiedades curativas es mejorar la digestión y ayuda con problemas de nervios y ansiedad.

De acuerdo con Natividad Herrera Castro, directora del Herbario Universitario, el toronjil es una planta endémica del centro de México que se da en Guerrero, Hidalgo y Oaxaca.

Herrera Castro mencionó que en el estado hay cuatro tipos diferentes de toronjil. En la sierra hay por lo menos tres de los cuatro tipos.

El toronjil que más se da en Chilpancingo es el de flor roja.

El toronjil antes era abundante en los cerros de Chilpancingo, actualmente es difícil hallarlo en los alrededores de la ciudad.

“Actualmente se puede conseguir en el mercado, pero son plantas que la gente cultiva en sus casas. En la naturaleza de manera silvestre la planta ya no se encuentra”, afirma la investigadora de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro).

La sobreexplotación de la planta y la urbanización de la capital provocaron que la planta ya no esté en vida silvestre.

El toronjil es una planta que ayuda a algunas personas a mantenerse económicamente.

Se vende en los mercados y en el centro de la capital. Los ramos o manojos de toronjil cuestan entre 10 y 20 pesos. Una ramita sirve para preparar alrededor de cinco tasas del té.

A pesar de que ya no se produce como antes, quienes tienen la planta en sus casas la llevan a vender, la venta es buena porque el toronjil se da en temporada de lluvias y muchas personas lo compran para guardarlo y tener reserva para después.

“No es fácil encontrar toronjil en vida silvestre, y tampoco se le da a cualquiera, es importante que la planta tenga los cuidados adecuados para que se pueda reproducir”.

Al ser una especie de planta poco conocida es difícil determinar su estado actual, es decir, no hay estudios suficientes para asegurar que está en riesgo.

Herrera Castro menciona que es una planta muy difícil de reproducir, por lo que su preservación es muy importante para el ecosistema de Chilpancingo.

La flor del toronjil son pequeñas flores rojas que crecen en el arbusto, existe una versión, no comprobada, que Chilpancingo no significa lugar de avispas, si no lugar de banderitas rojas, por la cantidad de toronjil que abundaba en la zona.

 

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Sanzekan Tinemi: el mezcal colectivo

Sanzekan Tinemi busca a través de proyectos de reforestación de maguey, de producción del mezcal y elaboración de artesanías con diferentes tipos de palma, crear mejores condiciones económicas para la población dedicada al campo.


Texto y fotografía: José Miguel Sánchez

Chilapa

 

Sanzekan Tinemi, palabras en náhuatl que significan en español siempre juntos, es una asociación civil campesina que ha establecido un trabajo colectivo, comunitario y sustentable en apoyo, principalmente, a los productores mezcaleros de Guerrero.

Su principal producto es el mezcal, el trabajo es colectivo a través de 32 fábricas ubicadas en la región Centro del estado que se aglutinan en la marca Sanzekan Tinemi con la intención de comercializar y dignificar la tradición del mezcal.

El mezcal y su marca son lo más visible de la asociación, sin embargo Sanzekan Tinemi apoya a los campesinos en la construcción de huertos familiares para garantizar un sistema de alimentación sustentable, sistemas de riego, proyectos de reforestación, talleres para la creación de abono e insecticida orgánico y la conservación de alimentos tradicionales.

“La organización cuenta con 1,200 agremiados a los cuales el apoyo les beneficia directamente, pero cada uno de ellos tiene familia y si lo vemos de esa manera al final resultan beneficiadas 30,000 personas”, explica la presidenta de Sanzekan Tinemi, Sofía García.

Sanzekan Tinemi también apoya en la confección de artesanías con palma: bolsas, tortilleros y sombreros, así como en su comercialización dentro y fuera del estado.

García cuenta que esta agrupación surgió en 1990 con el objetivo de organizar y garantizar a los campesinos de la región los apoyos económicos a los que difícilmente podían acceder, como el fertilizante y productos de Diconsa y créditos.

Ahora, a través de Sanzekan Tinemi, los campesinos se organizan para gestionar fertilizante gratuito, así como de una caja popular, tiendas rurales y la cría de pollos o puercos.

Mezcal en colectivo

Dentro de la marca Sanzekan Tinemi hay 32 mezcales. Todos son diferentes. De entrada porque lo elaboran maestros mezcaleros diferentes.  Cada uno lo produce de forma distinta: unos utilizan el agave cupreata (papalote), otros el espadín y unos más los endémicos de la región.

De esta forma se protegen las tradiciones de las distintas familias que desde hace siglos trabajan el maguey, cada una con sus propias recetas.

La etiqueta del mezcal es genérica pero respeta la identidad de cada productor: viene el nombre y firma del maestro mezcalero que lo elaboró, además de nombre de la localidad de origen, la cosecha y el número de hornada de producción, todo eso está escrito a mano en color rojo.

El objetivo es hacer patente que se trata de una elaboración artesanal.

En las oficinas centrales, ubicadas en la ciudad de Chilapa, hay estantes con botellas de todos los tamaños, desde los 100 mililitros hasta los 750.

El precio puede variar, de 300 pesos a granel a  750 y los 950 el envasado, dependiendo de la cosecha y el tiempo de maduración. La cosecha más antigua es del 2007.

Emiliano Cerros Nava es fundador de Sanzekan Tinemi, actualmente dirige el área de producción de mezcal. Explica que los precios fueron establecidos de esa manera porque cuentan con todos los permisos oficiales para su venta al mercado.

Cada maestro mezcalero produce su mezcal, a su gusto y condiciones, a partir de 100 litros se lo vende a Sanzekan Tinemi y la organización se encarga de certificarlo luego lo envasa y lo comercializa.

A las afueras de Chilapa,  se ubica la cava de Sanzekan Tinemi, un monumental edificio construido exclusivamente para resguardar alrededor de 1,800 litros de mezcal que producen al año.

La bodega tiene forma piramidal, una altura de alrededor de veinte metros y en la puerta principal recibe una pintura de Mayahuel, Dios del mezcal.

Dentro, la temperatura es de diez grados, “para resguardar las propiedades del mezcal, además de cuidar la temperatura se tiene que tener lo mínimo de luz”, explica Cerros Nava.

El mezcal es almacenado en garrafones de vidrio, en altos estantes, todo tiene un tamaño descomunal, la razón: conservar el frío y la oscuridad

Cada garrafón tiene todos los datos del maestro mezcalero que lo elaboró.

Cerros Nava cuenta que todo el proceso de producción del  mezcal es supervisado por los propios agremiados.

Desde la semilla

El maguey que se utiliza para el mezcal tarda en madurar entre siete y trece años, y se reproduce únicamente por semillas, por lo que Sanseka Tinemi cultiva plantas en sus propios viveros y tienen un sistema de reforestación que garantiza su uso sustentable.

“Para su producción utilizamos magueyes papalote silvestres (agave cupreata), esta especie es endémica de la zona y su crecimiento se da entre los 1,400 y los 2,000 metros sobre el nivel del mar, entre encinares pastizales y selvas bajas. El maguey papalote necesita entre siete hasta trece años en madurar y se reproduce únicamente por semillas, por eso aquí en Sanzekan cultivamos plantas en viveros y cuenta con un programa de reforestación”, explica Cerros Nava.

A través de proyectos de reforestación de maguey, de producción del mezcal y para la elaboración de artesanías con diferentes tipos de palma, Sanzekan Tinemi pretende crear mejores condiciones económicas para la población dedicada al campo.

Sanzekan Tinemi agrupa a maestros mezcaleros de Chilapa, Zitlala, Ahuacuotzingo y Tixtla.

“Los mezcales de la marca colectiva Sanzekan Tinemi son elaborados de manera artesanal siguiendo la tradición de siglos, la cual se ha ido transmitiendo y respetando de generación en generación”, comenta el fundador.

Sanzekan Tinemi se considera una empresa responsable, apuestan por el manejo racional y sustentable de los recursos naturales.

Cuenta con un programa de reforestación de maguey donde anualmente reforestan 1,5 millones de plantas, construye obras de conservación de suelos y retención de agua, el bagazo que resulta de la producción del mezcal lo utiliza como abono en los campos y cada una de las fábricas cuenta con biofiltros para el tratamiento de aguas residuales.

La esencia de Sanzekan Tinemi es el trabajo colectivo y responsable.

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El Porrazo del tigre en Tixtla: los golpes por la tierra

Se cuenta que el Porrazo de tigre tiene su origen con dos campesinos, uno del Santuario y otro del Fortín, tenían una diferencia por el límite de tierras. No podía arreglarse de ninguna manera, la solución la hallaron en un Porrazo del tigre


Texto: Itzel Urieta

Fotografía: Cortesía y José Miguel Sánchez

30 de marzo del 2022

Tixtla

 

El pitero comienza a tocar su flauta y tambor. Al escuchar la melodía todos saben que llegó la hora del Porrazo del tigre.

El Porrazo del tigre es una tradición emblemática en la región Centro de Guerrero. En TIxtla y Chilpancingo se ha mantenido con el paso del tiempo y se ha convertido para muchos de sus pobladores, en una de las más importantes.

El tigre: un animal fuerte, feroz, ágil e imponente, es representado por dos hombres que luchan para ver quien vence al otro en un duelo que atestiguan cientos de personas. Entre gritos, miradas y la música del pitero comienza la batalla.

Honrar al tigre, a través de diferentes rituales, es una tradición antigua en esta región de Guerrero.

En la mediateca de Guerrero, la explicación ofrecida de esta representación es la siguiente:

“Representa las luchas que enfrentaban entre sí los grupos que habitaban la región Centro del estado, en su afán permanente por la posesión de la tierra, cuya ambición de dominio no les permitía vivir en paz”.

Tixtla y su Porrazo de tigre

En Tixtla, se cuenta que El Porrazo del tigre surgió entre dos de los barrios tradicionales de la ciudad: el Santuario y el Fortín.

La historia del Porrazo del tigre en Tixtla se ubica en 1940, aunque existen datos enfrentamientos entre Tixtla y Jaleaca, Chilpancingo, desde 1890.

Otra historia cuenta que Tixtla y Mochitlán realizaban su Porrazo donde apostaban la fiesta del pueblo, es decir, quién perdiera tenía que realizar la fiesta patronal al otro.

También se cuenta que dos campesinos, uno del Santuario y otro del Fortín, tenían una diferencia por el límite de tierras. No podía arreglarse de ninguna manera, la solución la hallaron en un Porrazo del tigre.

Según el relato, el primero de mayo, en el barrio de San Isidro Labrador, en Tixtla, se realizaba un saludo entre las diferentes danzas de los barrios. Las danzas eran representadas por los campesinos e iban a realizar El saludo con la danza de Los Tlacololeros, otra de las más representativas de la zona Centro.

Uno de los personajes principales de la danza de los Tlacololeros, es el tigre. En ese saludo, los campesinos que tenían rivalidad por los límites de las tierras se vistieron de tigres.

Al verse vestidos de tigre, intentaron ridiculizar tumbándose. Según la historia, en aquella ocasión ganó el tigre del Santuario.

El Maizo del Fortín, otro personaje de la danza de Los Tlacololeros, se sintió ofendido tras ver vencido a su tigre y retó al del Santuario a otro encuentro. Los pobladores del barrio no aceptaron, dijeron que su tigre estaba cansado y pactaron una nueva jugada para el 15 de mayo.

Después de ese acontecimiento, la jugada del 15 de mayo en el barrio de San Isidro era conocida como El reto, mientras que la jugada del 30 de mayo en el barrio del Fortín era conocida como La revancha.

Con el paso del tiempo, más barrios se fueron incorporando a esta tradición para ver pelear a sus tigres.

La forma de llevar a cabo las jugadas, depende de cada municipio. En Tixtla, se realizan en una arena especial ubicadas en las plazuelas de los barrios.

Los jugadores utilizan una máscara que cubre su rostro y simula el rostro del tigre, la vestimenta es un calzón de manta color amarillo con manchas amarillas como las del animal y el torso descubierto.

En un inicio, los jugadores no saben a quién se enfrentarán porque salen a la arena cubiertos con un gabán tipo piñero. Es hasta que están en el corral de tigres cuando los destapan y saben a quién se enfrentarán.

En el Porrazo del tigre estilo Tixtla no hay jueces que determinen al ganador, al corral solamente entran los que jugarán, el pitero que toca la música y los soltadores, estos últimos son los que están pendientes del desarrollo de la jugada y tienen que ver quien gana o si alguno de los combatientes está en peligro, detener el juego y reanudarlo después.

«Lo más importante es la integridad de los jugadores, porque aunque es un juego muy fuerte donde intentamos imitar los movimientos, la fiereza y la fuerza del tigre no deja de ser un juego», comenta René Flores García, jugador del Porrazo del tigre.

Rene Flores Garcia desde hace 22 años es promotor del Porrazo de tigre, tiene 6 títulos de campeón en Tixtla y Chilpancingo y en 2021 participó en las Olipiadas de Juegos Autoctonos en Chiapas donde obtuvo una medalla por su participación.

Preparación de los tigres

Para participar en el Porrazo del tigre, se deben tener más de 17 años, aunque no hay un reglamento que especifique algún rango de edad, esto es para que los jugadores estén más o menos a la par en cuanto a edad y físicamente.

También hay personas mayores y de cuerpos más grandes que participan, de acuerdo con René, que son las que cuentan con más experiencia en su técnica y movimientos.

No hay una base o un manual que los jugadores deban seguir para prepararse, cada jugador establece su forma de entrenamiento, dice René. En su caso, no tiene ningún tipo de entrenamiento físico especial para sus juegos, pero sí cuida su alimentación, sus horas de sueño, realiza actividades en el campo que le permiten tener fuerza y pone en práctica las técnicas y movimientos.

Cada participante es libre de prepararse como considere adecuado.

Sin límite de tiempo

El enfrentamiento no tiene un límite de tiempo, se realiza a tres entres o rounds que empiezan desde que presentan a los tigres y se saludan. Posteriormente, si algún jugador está en una posición incómoda, con peligro de alguna lesión o que les haya entrado tierra en los ojos, los soltadores paran el enfrentamiento y se da un tiempo de descanso de 30 segundos a un minuto, y regresan al enfrentamiento. Eso es considerado un entre normal.

Para ganar el Porrazo del tigre, el oponente debe caer desde arriba y de espalda, puede llevarse al piso boca abajo y voltearlo o cargarlo y bajarlo, depende de la capacidad física de los jugadores.

Partel del mural realizado por el grupo 43 artes, donde plasmaron el tradicional Porrazo de tigre tixtleco

El semillero de tigres

René Flores García es del barrio de San José, en Tixtla. Recuerda que desde pequeño le gustaba ir a los enfrentamientos de Porrazo de tigre.

«Cuando había un enfrentamiento me apuraba a hacer la tarea para ir a ver, y cuando terminaba esperaba a que dijeran cuándo habría otro enfrentamiento», recuerda.

René comenzó a participar como tigre a los 14 años, lleva 22 años en enfrentamientos y se ha convertido en uno de los principales promotores del Porrazo del tigre.

Ha ganado diversos enfrentamientos, tanto en Tixtla como en Chilpancingo. En 2011, ganó el trofeo de Tigre de plata en la capital. En 2014 y 2015, fue campeón del Porrazo del tigre en la tradicional Feria de San Mateo, Navidad y Año Nuevo.

Su más reciente victoria, fue en 2021 en Comitán Chiapas en el Encuentro Nacional de Juegos Autóctonos y Tradicional, donde representó al estado y obtuvo una medalla.

Para René es importante seguir con esta tradición, impulsar y hacer que más jóvenes se interesen, por eso, realiza enfrentamientos de tigres en los cuáles resalta el valor de la tradición.

En 2015 fundó el grupo Barrios Unidos, en el que jóvenes de diferentes barrios de Tixtla que es considerado un semillero de combatientes para el Porrazo del tigre. René se encarga de su preparación.

Es una de sus formas de contribuir en la conservación de la tradición y también porque después de 22 años como tigre y promotor, René piensa que es hora de retirarse.

«Me gustaría dejar bien cimentado de lo que he hecho por esta tradición».

 

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