Los boleros, un oficio que se niega a morir

Texto fotografía: José Miguel Sánchez

19 de mayo del 2021

Chilpancingo

 

La plaza cívica Primer Congreso de Anáhuac, en el corazón de Chilpancingo, es el espacio donde caminan todo el día todo tipo de personas desde banqueros, oficinistas, maestros burócratas o políticos y ciudadanos en general.

 

Entre el caminar de las personas siempre se escucha “una boleada joven” y quien escucha voltea a ver sus zapatos como preguntándose si su calzado está sucio.

 

Los boleros de Chilpancingo forman parte del paisaje de la plaza cívica, ellos se encargan de limpiar, lustrar o depende del caso dejar como nuevo el calzado de las personas.

 

Arnulfo lleva 7 años dedicados a este oficio. La primera vez que trabajó como bolero fue en 1995 pero por motivos personales se retiró y regresó en el 2014, donde ha trabajado hasta la fecha.

 

Recuerda su primer día como bolero. “Me daba mucha pena. Llegó el primer cliente y preguntó por el bolero y le dije: ahorita viene es mi primo, pero si quiere yo le hago el trabajo, yo lo hice y salió bien. Ese día recuerdo que gané cuarenta pesos”, comenta con un poco de nostalgia y alegría.

 

A lo largo de su vida, Arnulfo ha desempeñado otros trabajos; estuvo en un aserradero, también fue policía estatal, actualmente además de dedicarse a ser bolero, es músico, canta y toca la guitarra.

 

“De vez en cuando voy a tocar con grupo, donde me invitaron a cantar”.

 

Pero afirma que en ningún trabajo ha disfrutado más que el ser bolero. Para él sus clientes son lo más importante.

 

“Hay que hacer el trabajo con amor y dedicación para que el cliente se vaya contento”, además de que este oficio le ha permitido conocer a muchas personas e incluso hacerse amigo de algunas de ellas.

 

 

Arnulfo tiene 52 años y llegó a vivir a Chilpancingo desde que tenía ocho. Aquí ha hecho su vida, tiene una familia y él es el sustento. Llega a trabajar a las ocho de la mañana y se va a las tres de la tarde todos los días, aunque los domingos sólo asiste un rato.

 

La pandemia ha afectado su labor, al no estar abierto el zócalo, las personas no pueden entrar y por lo tanto no hay muchos clientes, lo que ha complicado sus ingresos.

 

Al lado derecho de Arnulfo se encuentra Ulises Antaño, quien es compañero de trabajo de Arnulfo. Él comenzó a trabajar como bolero en 1985, estuvo solamente seis años y de ahí volvió a regresar en 2001, y se mantiene hasta la actualidad.

 

Ulises ha trabajado desde que era niño, tenía ocho años y recuerda que ya vendía periódicos y chicles en las calles de la capital, tuvo una infancia difícil, ya que no creció con sus padres, por eso se vio en la necesidad de comenzar a trabajar para obtener sus propios ingresos y solventar sus gastos.

 

Ulises combina su oficio de bolero con su afición por el fútbol. Hace algunos años tuvo un equipo de fútbol para apoyar a jóvenes en situación de vulnerabilidad ya que él pasó por situaciones similares en su adolescencia.

 

Tiene 48 años, es originario de Chilpancingo y él trabaja de lunes a sábado, también se ha visto afectado por la pandemia. “Hay días variados, donde nos va más o menos y otros donde casi no sacamos nada”, comenta Ulises.

 

De los veintiséis boleros que conforman la organización de Arnulfo y Ulises, actualmente sólo laboran 10 en el zócalo.

 

“Hay compañeros que ya no regresaron, que optaron por buscar otros empleos unos se fueron de albañiles, pero ahorita todo está difícil”, comenta Arnulfo.

 

Los boleros son un sector ya conocido en el zócalo capitalino y era normal encontrarlos alrededor de la explanada, la pandemia les ha cambiado la vida completamente porque no pueden quedarse en casa.

 

Todos los días regresan a sus espacios con sus sillas y sus cremas para lustrar el calzado de todo aquel que quiera verse presentable.

 

 

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