La búsqueda de la universitaria Raquel, entre la dilación institucional y la siempre velada amenaza de revictimización

Celia, la madre de Raquel, durante un mitin en el monumento a los 43, en Chilpancingo, como parte de sus acciones por la localización de su hija. Es respaldada por el Colectivo de Desaparecidos Lupita Rodríguez Narcizo. Foto: Especial.

Hoy se cumple un mes de la desapareción de la estudiante de Derecho, de la Uagro, y la Fiscalía sigue sin tomar en cuenta elementos cruciales para las indagaciones, reporta la madre de la joven de 22 años. Guerrero se mantiene en los primeros 10 estados con más casos de mujeres jóvenes desaparecidas y no localizadas durante los últimos años; las estudiantes universitarias forman parte de la estadística


Texto: Margena de la O

Foto: Especial

Chilpancingo

Viernes 27 de febrero del 2026


La tarde del 27 de enero pasado, Raquel Martínez Lázaro estuvo en el CBTIS 134, de Chilpancingo, porque fue a reinscribir a su hermano adolescente, con quien vive en unos cuartos que rentan al oeste de esta ciudad, a donde iría después de que salió del plantel, según le dijo por teléfono a su madre, Celia Martínez, a eso de las 16:00 horas.

Esto es lo último que la familia supo que hizo Raquel antes de su desaparición, ocurrida exactamente hace un mes, pero los investigadores siguen sin pedir los videos a Seguridad Pública de las cámaras ubicadas en la zona escolar para si quiera saber cómo estaba vestida ese día. 

La familia comenzó a atar los cabos de su desaparición hasta el día siguiente que ocurrió, porque su hermano se comunicó con su madre para decirle que no había llegado, que le había prestado dinero y que no tenía para irse a la escuela. El hermano estudia en el turno vespertino.

Esa misma mañana del 28 de enero, el adolescente recibió dos mensajes escritos del número de Raquel.

“Voy a andar fuera unos tres meses, no me escribas. Dile a mamá, no voy a estar, cuando venga les escribo, adiós, estaré bien. Estoy donde quiero estar”, es el primero que recibió, a las 9:36 horas.

Unos minutos después, 9:42 horas, le cayó el otro: “No le cuentes nada a mamá, ya le avisó yo”.

Ahora que Celia los analiza no le hacen mucho sentido, porque no es la manera en que suele referirse Raquel a ella. Comparte que en casa usan la palabra “mami” para hablarse entre las mujeres, sean madres, hijas, hermanas.

El 29 de enero, Celia comenzó a contactar a las personas que conocían a su hija para que le escribieran o llamaran a su teléfono celular, pero el móvil ya no estaba disponible. Hasta ese día su hijo le comentó de los mensajes que recibió.

Aun así, se sostuvo en la idea de que su hija pronto se comunicaría. 

El viernes 30 de enero viajó a Chilpancingo, porque son originarios de Acayahualco, un pueblo de Tepecocuilco, la zona Norte de Guerrero, a donde regresó a vivir hace poco, a presentar la denuncia ante la Fiscalía General del Estado (FGE) por la desaparición–o no localización–de su hija de 22 años, estudiante de la licenciatura de Derecho, de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro).


Integrantes del Colectivo de Desaparecidos Lupita Rodríguez Narcizo, durante una jornada por la ciudad en la que pegaron fichas de búsqueda. Foto: Especial.

Datos recabados aún sin resonancia en la investigación

Celia pensó primero que su hija podría estar en el trabajo, pero pronto lo descartó. Cuenta que muy a su pesar, porque no quería que descuidara la escuela, pero sobre todo por la epilepsia que padece, que le ataca en momentos de tensión, Raquel comenzó a trabajar unos días antes en una fonda del mercado central de Chilpancingo. La joven estaba descargada de la escuela, porque era cambio de semestre.

También que podría estar con quien fue su novio. Raquel había terminado con él apenas unos días antes. Durante enero, aun con el receso de las clases, permaneció en Chilpancingo porque, le dijo a su madre, lo vería. El muchacho estudia fuera de Guerrero, pero estaba en la ciudad por el receso semestral. 

Unos días después le avisó a su mamá que terminaron su relación, sin darle mayores detalles.

Celia lo buscó para preguntarle por su hija y le contó sus razones por las que terminaron la relación, lo que podría ser importante para la investigación. Unos días después la madre del joven, o sea quien fue la suegra de Raquel, le llamó a Celia para ofrecerle su apoyo y decirle que su hija fue muy amable con ellos.

En sus propias indagaciones, Celia dio con una de las amigas de Raquel, quien tuvo contacto con ella por teléfono el lunes por la noche, dos días antes de su desaparición; le dijo que le pidió 500 pesos prestados y se los prestó.

Entre las cosas del cuarto de Raquel, al que ya habían acudido investigadores de la FGE, Celia halló el comprobante de un retiro de cajero de banco por 100 pesos, del 26 de enero, un día ates de su desaparición, el cual ofreció para las indagaciones oficiales, al igual que el número de cuenta bancaria. Considera que si las autoridades revisan las cámaras donde su hija hizo el retiro o si detectan movimientos en su cuenta bancaria podría conducirles a su paradero.

El 9 de febrero pasado que los universitarios de Guerrero volvieron a clases, Celia visitó a los compañeros de Raquel en la facultad de Derecho, que ese día iniciaron su cuarto semestre, y habló con los pocos que estaban.

Uno de ellos le reclamó a Celia no estar al pendiente de su hija. Un par de meses antes, Raquel tuvo una crisis epiléptica en la facultad; esta condición la desarrolló de niña, después de la muerte de uno de sus tíos, en Tijuana, al intentar cruzar la frontera de Estados Unidos de manera ilegal. 

Celia, dice, que no vino a ver a Raquel por la distancia, el trabajo y la falta de dinero; es docente en Iguala–la principal ciudad de zona Norte–, pero recién logró formalidad laboral después de años de servicio.

Fuera del reclamo, ningún estudiante ofreció mayor información, pero uno mencionó tres nombres de sus compañeros más cercanos que, quizá, podrían saber algo.

Celia reportó también ese dato a la FGE, pero tampoco obtuvo resonancia en la indagación que, a su juicio, es lenta, lo que le provoca frustración. Sabe que cualquier dato durante los primeros días es fundamental, sin que esto signifique que esté señalando a alguien como presunto responsable.

“Todavía la semana pasada me dicen (de la Fiscalía) qué quiere que hagamos (…). Yo no soy la que está investigando, yo no sé cómo hacer esto, yo que más quisiera tener la herramienta para decirle por aquí, por aquí y llegar hasta donde está mi hija”, comenta.

Solo durante los primeros días la dependencia investigadora le proporcionó la sábana de llamadas del teléfono de Raquel, pero sin un análisis de contexto, lo que permitiría reconstruir una cronología de eventos, ubicar patrones o vínculos entre personas. Ella se movió para que la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas Guerrero mandara la información a otros estados y circulara en otros lugares la ficha de búsqueda de su hija.

El 16 de febrero pasado, el rector de la Uagro, Javier Saldaña Almazán, en una entrevista con reporteros en Chilpancingo dijo que en el caso de la estudiante de Derecho desaparecida, la FGE le reportó que “agarró una ruta de aquí a Michoacán, de Michoacán a Guadalajara”, basado en el movimiento de su celular.

También dijo que la estudiante tenía “una cuestión familiar” que pudiera ser una de las líneas de investigación.

Celia conoce por el rastreo oficial que el teléfono de su hija marca fuera de Guerrero, sin que eso signifique que son los movimientos reales de Raquel. Razón por la que exige celeridad en la investigación y actuación de la FGE.

Expuso, además, que como ocurre en muchos casos, su familia no es perfecta, pero eso no indica nada ni es motivo suficiente para dejar de buscarla. 

Ya le había dicho su prima Gisela, a quien no veía de hace tiempo, pero que viajó a Chilpancingo desde Cuajinicuilapa, donde vive, para apoyarla, cuando supo de la desaparición de Raquel. “No te sientas culpable”, recuerda que le dijo, porque, también le advirtió, la iban a hacer dudar de todo, en particular, de conocer a su hija.

Celia y Gisela tienen una coincidencia más fuerte que la del parentesco, enfrentan y sobreviven a la desaparición de sus hijas.


La imagen salió de un video difundido en redes sociales sobre una jornada en que familiares e integrantes del Colectivo Lupita Rodríguez pegaron fichas de búsqueda de Raquel, en colonias de Chilpancingo.

Un patrón de desaparición y una relación familiar

Raquel Martínez Lázaro y Karen Melissa Peñaloza Martínez son primas, porque sus madres , Celia y Gisela, también lo son, pero no convivieron demasiado, más que algunas veces de niñas. Pero el destino las puso en circunstancias similares: las dos, aunque en momentos diferentes, porque no se cruzaron como estudiantes, ingresaron a la Facultad de Derecho de la Uagro, y ambas desaparecieron en contextos que coinciden de cierto modo.

Karen Melissa, con 20 años, desapareció el 31 de enero del 2023. Lo que supo su familia es que tomó un taxi rumbo a Petaquillas, el pueblo más cercano a la ciudad de Chilpancingo, por el extremo sur. 

Antes, pero el mismo 31, se mudó de domicilio, de lo que nunca enteró a su madre, con quien también se comunicó durante el día por teléfono y le avisó que más tarde le haría una videollamada, que nunca realizó. 

En este último dato, Celia ubica una coincidencia con el contexto en que desapareció su hija. Raquel, mediante una cuenta de Facebook diferente a su perfil habitual, buscaba una casa con alberca para rentarla. Celia y su familia no tienen el presupuesto financiero para costear la renta de una vivienda con esas características, por tanto desconocen por qué buscaría un lugar así.

Esa cuenta de Facebook es parte de las razones por las que Raquel y su novio terminaron. Ese perfil le sembró dudas al joven sobre su novia, de acuerdo con lo que él mismo le dijo a Celia, lo que le hace suponer que su hija pudiera ser forzada a un trabajo sexual.

Como muchas personas en esa incertidumbre construye otros escenarios, como que pudo ser presa de una red de venta de órganos, pero piensa, a manera de consuelo, “sus órganos no sirven”. Por la epilepsia de ausencia que desarrolló buscaron otro tratamiento durante la pandemia por Covid-19, lo que le provocó una reacción severa: quemó un porcentaje de sus órganos. 

Piensa que si eso lo dice de manera pública podrían dejarla abandonada en algún lugar. 

Después replantea y agrega tajante que cualquier circunstancia que provocó la desaparición de su hija, las autoridades responsables están obligadas a investigar y fincar responsabilidades.

Tal como se lo advirtió su prima y le dijeron en el Colectivo de Desaparecidos Lupita Rodríguez Narcizo, al cual pidió respaldo, van a tratar de revictimizarla con argumentos como que “se fue con el novio”, “tenía problemas en casa” o “andaba en malos pasos”. 

Pero la pregunta que cabe y que aún no responden autoridades con la responsabilidad de esclareser, Raquel y Karen Melissa, además de primas, desaparecieron siendo estudiantes de la Facultad de Derecho de la Uagro.


La ficha del Protocolo Alba  sobre Raquel Martínez.

Las víctimas y las cifras 

Daniela Figueroa Navarrete, de 18 años, es estudiante de la licenciatura de Enfermería, de la Uagro, en Acapulco. Desapareció, de acuerdo con la información que circuló en redes sociales, porque no hubo ficha oficial de búsqueda, el miércoles 11 de febrero. 

En la misma entrevista al rector de la Uagro que dio a periodistas a mediados de este mes dijo que la estudiante “de Enfermería parece que está con su pareja”, según la había reportado la Fiscalía, más allá de dar a conocer cuáles son las circunstancias de la joven. 

Daniela y Raquel representan los casos casos más recientes de estudiantes de la Uagro desaparecidas, pero hay más. Otro es el de Karen Melissa, desaparecida desde 2023.

Leslie Berenice y Andrea Monserrat desaparecieron en 2021 y en 2022, ambas fueron localizadas; a la primera la localizaron un par de semanas después, y a la segunda un mes después, golpeada y desorientada.

Otra estudiante de la Facultad de Derecho de nombre Celia fue reportada como desaparecida en octubre de 2021, mientras viajaba de San Marcos hacia Chilpancingo, a quien localizaron al siguiente día.

De acuerdo con las cifras del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (Rnpdno), correspondientes a 2025 y lo que va 2026, Guerrero forma parte de la lista de los 10 estados con más mujeres desaparecidas y no localizadas, pero ese comportamiento lo ha tenido al menos desde 2020. Pone el énfasis de la desaparición en mujeres jóvenes, entre los 15 a 25 años.

Tan solo en lo que va de este año, la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas Guerrero emitió 36 fichas de mujeres desaparecidas o no localizadas, de diferentes edades, la mayoría jóvenes, de acuerdo a un conteo basada en sus redes sociales. 

De éstos casos, 19 corresponden a desapariciones ocurridas desde que arrancó el año hasta hoy–incluida la de Raquel–de las cuales han localizado a siete mujeres. Casi todas estas desapariciones, 17 del total, están centradas en niñas y mujeres jóvenes, desde los tres a 23 años.

Las cifras de la desaparición podrían llevar escenarios cruentos. “La desaparición en una puerta al feminicidio”, dice la directora de la Asociación Guerrerense contra la Violencia hacia las Mujeres (Agcvim), quien por cuenta propia, basado en un recuento de medios de comunicación y redes sociales, lleva las cifras de homicidios dolosos de mujeres con presunción de feminicidio, que en 10 años (del 2016 al 26 de febrero del 2026) tiene un acumulado de 1,620 casos.

Si bien esta cifra podría resultar fuerte por ser la violencia más extrema que puede enfrentar una mujer, la cifra negra, es decir los casos que no son denunciados en un estado con alerta de género en nueve de sus municipios más grandes, podría ser mucho mayor.

Las cifras también cuenta una historia sobre patrones de violencia contra mujeres.

 

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