Cine Hidalgo: el legado familiar que perdura en la Montaña

La fachada de cine Hidalgo, en la cabecera de Huamuxtitlán, ubicado a unos metros del jardín municipal.

Guillermo del Toro lo ha escogido para estrenar sus últimas películas, Pinocho y Frankenstein


Texto: Margena de la O 

Foto: Especial

Chilpancingo

Miércoles 10 de diciembre del 2025


En 2016, las notas instrumentales de El tercer hombre (también conocida como The Harry Lime Theme), el tema musical que Anton Karas creó para la cinta del mismo nombre, estrenada en 1949, se escucharon nuevamente en la cabecera municipal de Humauxtitlán. 

Esta peculiar canción, no era indiferente para la gente de La Cañada, una subregión en Guerrero, que conforman, en su mayoría, pueblos de Huamuxtitlán y algunos de Alpoyeca, en la Montaña. Desde 70 años atrás representa un anuncio en particular:

“Estimado público, con ustedes su propaganda del cine Hidalgo, que les invita a disfrutar de las mejores producciones mexicanas y extranjeras en una pantalla grande, en Huamuxtitlán”, dice la voz pausada y ceremoniosa de una mujer.

“Funciones: sábado, domingo, lunes y martes. Y los domingos, sensacional matinée a las 11 de la mañana”, rompe la segunda voz animosa de un hombre.

“¡Asista con su familia y diviértase en nuestro cine!”, vuelve a decir la voz de mujer con un ligero sobresalto, sin perder la cadencia de la calma.

Era el nuevo promocional del cine Hidalgo que en una segunda vuelta generacional reabría en la cabecera.

Uriel Hidalgo Castellanos decidió, después de jubilarse, volver al pueblo donde está el ombligo de su abuela paterna para reavivar el proyecto que iniciaron su padre y su tío, Uriel y Héctor Hidalgo Tenorio, a finales de los años cuarentas del siglo pasado, como un cine ambulante.

La etapa vigente de estos días está curtida por la melancolía. La voz de mujer, ahora apacible es la de María Luisa Castellanos Garnelo, madre de Uriel Hidalgo Castellanos, que tenía en ese momento 84 años, ahora rebasa los 90. Desde mitad del siglo pasado, la primera transformación del cine, es la voz oficial del proyecto. 

Las funciones comenzaban y terminaban con una rúbrica donde convergía su voz –con la modulación ideal y la imaginación pulida para narrar adelantos de las películas, de acuerdo con su hijo Uriel– y la melodía instrumental de Anton Karas.

Cuando Uriel Hidalgo Tenorio y María Luisa Castellanos Garnelo se casaron, junto a los hijos que procrearon, convirtieron el emprendimiento de juventud de dos hermanos en una parte importante de sus vidas, y para Uriel Hidalgo Castellanos y sus cuatro hermanos, en un legado que cuidar.

Aquel primer cine ambulante en la región ha virado a un cine independiente que resiste, con todo el esfuerzo de Uriel hijo, a las grandes cadenas comerciales desde La Cañada de Guerrero, elemento en el que radica su fortaleza actual, rasgo que el cineasta Guillermo del Toro ha valorado para estrenar sus películas, como Frankenstein, hace unas semanas.


Los Hidalgo Castellanos.

La historia en retrospectiva 

Uriel Hidalgo Tenorio de niño hacía unos dibujos en papel celofán con tinta china y los proyectaba en la pared con una caja de zapatos oscura, una lupa y algo de luz. Sus trazos infantiles a gran escala entretenían a sus dos hermanos menores y a los vecinitos, a quienes les cobraba una moneda por función. Era una imitación de lo que veía en las matinée de las salas de cine en Puebla, donde vivían con su padre, desde que su madre falleció. Para su hijo Uriel, quien ahora comparte la historia del cine Hidalgo, ahí está el comienzo de todo.

Cuando Uriel y su hermano Héctor (el segundo) crecieron –a finales de los cuarentas– regresaron a Huamuxtitlán, el pueblo de su madre que dejaron de niños. Puebla conecta con Guerrero y tiene una gran influencia en la región Montaña. 

Los hermanos volvieron con el emprendimiento de un cine ambulante, con el que recorrieron La Cañada y sus alrededores: iniciaban en Huamuxtitlán y sus pueblos y seguían hasta Tlapa, Olinalá, Cualac, Zapotitlán Tablas y Tlalixtaquilla.

Cada vez que llegaban a un pueblo, los hermanos conseguían prestado un lote baldío, colgaban una tela blanca de dos morillos que clavaban en el suelo. Después montaban unas bocinas tradicionales, que todavía usan en muchos pueblos, en el árbol más alto para hacer la promoción. Comenzaban con música y siempre incluyeron la instrumental de El tercer hombre desde que Uriel vio la película en Puebla.

Eran tiempos en los que no había luz en la región. Tardó más de una década, desde que iniciaron con el cine ambulante, para que los pueblos de La Cañada tuvieran este servicio. En la camioneta de redilas de la que se hicieron los hermanos, cargaban, además, con una pesada planta de luz con motor de un cilindro, que echaban a andar al tirar de una piola. El resto del equipo lo componía un proyector 16 milímetros marca AMPRO, que demandaba una atención permanente durante la función.

En las noches estos terrenos se convertían en salas de cine. Todos llegaban con sus sillas y tapetes para ver la función. Algunos se aventaban la función parados.

Una de la primeras cintas que llevó el cine Hidalgo a La Cañada de la Montaña fue Tarzán, con Johnny Wes Miller, en blanco y negro, grabada en 1942. En esa época, donde ni siquiera había luz, se proyectaban las película con varios años de distancia del estreno. “Íbamos retrasados unos 15 años”, aclara Uriel.

La dupla que llevó el cine ambulante a La Cañada no duró mucho. Avanzados los años cincuentas cada quien hizo su vida por separado. Héctor volvió a Puebla, y Uriel se casó y se mudó a Santa Cruz, un pueblo al otro lado del río de Huamuxtilán. También se quedó con el cine ambulante.


Una estampa del cine Hidalgo del siglo pasado. Foto: Especial.

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Los Hidalgo Castellanos entre los cincuentas y sesentas transitaron, en tres años, a tener instalaciones propias. Desde que vivían en Santa Cruz, Ulises y María Luisa compraron un predio en la cabecera municipal, donde de a poco, según sus ingresos, que no salían precisamente del cine, construyeron una sala.

Uriel Hidalgo Tenorio tenía un jeep Willys que usaban para hacer viajes especiales a la gente del pueblo. Llevo y trajo enfermos hasta que llegó la energía eléctrica a la región –en la primera mitad de los sesentas– y consiguió empleo en la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Iniciaron con las paredes y el techo, lo necesario para dar funciones, hasta construir una cabina para el proyector y butacas.

Con instalaciones propias y con la familia Hidalgo Castellanos mudada a la cabecera comenzó la nueva etapa que involucraba a todos. María Luisa encargada de la cartelera, la hija mayor, Mynú,  de la taquilla, y el hijo Uriel, que en ese entonces cursaba la secundaria, operaba el proyector. Uriel padre solo supervisaba el funcionamiento en sus tiempos libres.

El cine comenzó a operar sábados y domingos, con dos funciones, la principal siempre a las ocho de la noche. Lunes y martes solo con su función nocturna, y el resto de la semana recorrían La Cañada con la modalidad itinerante.

La voz de María Luisa distinguió esta nueva etapa.

Eventos adversos 

Como en toda historia, las piedras en el camino son elementos irrenunciables, en la del cine Hidalgo las hay.

Este cine no fue el único que funcionó en La Cañada de la Montaña, pero sí el primero. La familia Hidalgo Castellanos lidió, de acuerdo con la relatoría que tiene la familia, con una competencia un tanto desleal. Al principio de todo, Cayetano Romero solía rentarle a Uriel padre un solar para dar las funciones en la cabecera municipal, pero de un día para otro se lo negó. Resulta que uno de sus hermanos decidió probar suerte en el negocio.

Pero la competencia marcada en la época de Uriel padre fue con los del cine México, que Abel Orduña, el dueño, abrió en el auditorio de la iglesia principal, con el respaldo del cura del pueblo, Luis Acevedo, que solía hacerles promoción en misa. “Desconozco cuáles eran las diferencias que tenía el cura con mi familia, pero siempre nos buscó los pies. Incluso ese padre (el cura), tiraba (imprimía) un periodiquito dominical, y en ese periódico le tiraba mucho al Hidalgo”, cuenta Uriel hijo.

El México abrió con mejor equipo que el Hidalgo, un proyector 35 milímetros que les permitía ofrecer casi todas las funciones con películas a color en una pantalla más grande. 

Era muy inusual que en esa época hubiera copias a color en 16 milímetros, el proyector que en ese tiempo tenía el cine Hidalgo. Uriel padre lo cambió años después, por un trueque que hizo con unos “húngaros” (gitanos que se asentaban en los pueblos con alguna novedad o atracción) que llegaron a Huamuxtitlán con un cine ambulante. 

Aun cuando eran competencia, no fueron desleales. Uriel y dos familias de húngaros, tejieron una amistad por encima del negocio. Uriel les compartió lo que sabía sobre cine y proyectores, y terminaron por canjearle dos 16 milímetros, un equipo de sonido, y una planta de luz, por un proyector 35 milímetros. 

Con esto, ambos ganaron: cada familia de los gitanos tuvo su propio cine ambulante, y Uriel un mejor proyector con el que elevó su oferta, pasó de las películas blanco y negro a las de color en una pantalla más grande. 

La competencia, de algún modo, son normales y Uriel padre supo lidiar con ellas, pero hubo otras situaciones con las que no tuvo más opción que volver a comenzar.

Como la vez que un sismo derribó una parte del edificio del cine recién construido, que arrancaba desde la calle dos poniente, número seis, en el barrio de las Ánimas. Era una tarde de domingo, recuerda Uriel hijo, porque su padre, su madre, sus hermanos y él, estaban en el zócalo. Después de la vibración del sismo, unos niños les avisaron que la caseta, el sitio donde tenían el proyector, se había caído.

Uriel hijo recuerda a su padre recogiendo los escombros de la caseta y del aparato que recién había estrenado y “que, por cierto, todavía debía, porque lo había comprado a crédito”. Y el olor a líquido de aparatos descompuestos, como el aceite de las máquinas de coser cuando están averiadas.


Una de las fotografías más recientes donde están Uriel hijo y sus hermanos Mynú y Jorge Luis, y su madre María Luisa.

Algunos saltos de la historia

Quienes son de La Cañada creen que Huamuxtitlán es la zona de Guerrero más sísmica, pero todo el estado lo es. El edificio del cine que se salvó en los sesenta no resistió el sismo del 24 de octubre de 1980, lo que significó otro golpe para Uriel padre, porque tuvo que demolerlo. 

En marzo de 1982, Uriel hijo terminó su carrera como ingeniero civil fuera de la región, pero volvió a Huamuxtitlán para levantar el cine en el mismo sitio. El nuevo edificio abrió en febrero del siguiente año y desde entonces está en pie.

Los ochentas fue la gran época para el cine. Uriel hijo explica así esos años: “en cada pueblo había un cine”. Cree que en esa década cine Hidalgo llegó a ser “uno de los mejores de Guerrero”, por encima de los que había en Chilpancingo.

Pero para los noventas todo cambió, Uriel hijo también tiene ubicadas las razones: fue el mayor acceso a la televisión –surgió en México a mitad del siglo pasado– en las comunidades del estado, el avance de la tecnología y la migración de los jóvenes. Las últimas dos las asocia: cuando los jóvenes de Huamuxtitlán emigraron a los Estados Unidos comenzaron a enviar las videocaseteras, porque los videocentros– lugares donde la gente rentaban películas en formato Beta y VHS– estaban en su apogeo. 

Las grandes cadenas de cines viraron, además, a formatos de salas múltiples, cuando en los cines pequeños apenas tenían salas unitarias, lo que representó otro impacto.

Todas estas novedades y las complicaciones cerebrovasculares de Uriel padre –de las que no se recuperó y murió después– generaron  que el cine Hidalgo cerrara sus puertas en 2004.



La segunda vuelta…un cine que resiste

En el laboratorio de Víctor Frankenstein, ubicado en una antigua torre de agua, con pisos de mármol, resuena con furia la lluvia. Era una noche de tormenta que estrepitosamente azota la torre convertida en un centro de experimentos, con una ingeniería deslumbrante para la época (siglo XVIII), donde se desafía –en todo lo que implica esta palabra– a la muerte. Los rayos que centellan iluminan de manera discontinuada un enorme cuerpo reconstruido que yace sobre la mesa de operaciones. Es un rompecabezas humano de piel pálida e inanimada, un cuerpo resucitado, hecho con las partes de cadáveres de soldados

Esta es una de la escenas cumbres de la película más reciente del cineasta mexicano Guillermo del Toro, Frankenstein, quien antes del estreno global por una plataforma de contenido multimedia, hizo un lanzamiento en México mediante un pequeño grupo de cines independientes. Entre ellos el cine Hidalgo, en  La Cañada, para su estreno en Guerrero.

Cuando Uriel Hidalgo Castellanos nos compartió la historia del cine estaba en medio de los preparativos, dudoso de que tuvieran convocatoria suficiente; Huamuxtitlán apenas tiene 17,000 habitantes. La estrenaron el viernes 24 de octubre pasado, “afortunadamente (hubo) mucha gente”, diría después; les llegó gente desde Chilpancingo, la capital.

Tenía razones para tener dudas. Desde que reabrió el cine,  hace nueve años, cada función es un reto, porque se hace cargo de todo: limpia el lugar, imprime y vende los boletos, hace la promoción, hace cuentas y proyecta la película. Además, todo cambió en la industria, y debe reportar a diario a las distribuidoras el pago de los porcentajes por exhibición.

Uriel reabrió el cine después de unos 12 años de pausa. Sus hermanos, en particular, Jorge Luis, quien le sigue en edad, como la historia de su padre y su tío Héctor, lo impulsaron a hacerlo conscientes del legado. Uriel debió asimilar, en particular, el avance tecnológico.

Arrancó con un proyector semiprofesional que le mantuvo los primeros años con un desfase amplio en las proyecciones. Fue hasta 2022 que ingresó a una convocatoria para exhibidores de cine y logró hacerse de un proyector profesional, que le abría apenas la brecha.

Pero la visión de Guillermo del Toro siempre ha alcanzado al cine Hidalgo. Existe una experiencia anterior que comenzó abrirle el camino en esta nueva etapa. Sí, antes de Frankenstein.

En 2022, el Hidalgo fue uno de los cines que estrenó Pinocho, el anterior filme taquillero del cineasta mexicano, oportunidad que lo puso al ritmo de los estrenos como los grandes cines, aunque el reto mayor es lograr una audiencia fluida.

La segunda vuelta del cine en realidad apenas comienza.


En el video se observa la sala del cine Hidalgo con sus 400 butacas.


 

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